domingo, 21 de septiembre de 2008

El poder del deseo y el miedo a la libertad.(1ª Parte)

El deseo es una de las dimensiones que nos constituye como humanos. El animal no desea, simplemente reacciona a sus impulsos.
El deseo anticipa la posibilidad de lo que todavía no existe y diagnostica la contingencia de lo que existe. El deseo humano subvierte la existencia natural porque la siente insuficiente y la transforma en una experiencia de esperanza.
Los animales viven impulsados por el mero instinto natural, sin embargo el ser humano trasciende el instinto y constituye el deseo. El deseo levanta al ser humano del mero impulso natural y lo convierte en un ser que se eleva sobre-la-naturaleza. Un ser único porque al desear instituye la búsqueda de un sentido sobre-natural para sí mismo, no se conforma con ser mera naturaleza. El ser humano es el único que no está atado a las cadenas de la mera existencia natural y puede pensar el mundo y su relación con el otro como una experiencia de alteridad, de un otro que le instituye como sujeto.
El deseo humano está atravesado por el sentido que damos a la vida, por la valoración que hacemos de las cosas, por la significación con que impregnamos cada circunstancia de nuestra existencia.
El deseo hace que el ser humano se trascienda permanentemente en la búsqueda de una plenitud existencial que nunca consigue obtener plenamente en la historia. Su esperanza futura, meta-histórica, de plenitud, no es absurda; es inherente al ser humano y se anticipa como experiencia de búsqueda de plenitud, algo que ningún otro animal tiene porque viven inmersos en la mera naturaleza.
El deseo es el núcleo más íntimo de la persona. En él se identifican casi de forma intuitiva la libertad con aquello que se desea.
Esta identificación somera de la libertad con el deseo fue descubierta por las sociedades capitalistas como el punto crucial a través del cual se puede influenciar la voluntad de los sujetos sin utilizar dispositivos autoritarios propios de sociedades consideradas no libres. Si alguien tuviese poder de inducir el deseo de otra persona, se produciría una situación muy paradójica, pues esa otra persona al hacer lo que desea se siente libre, pero su libertad consiste en hacer lo que otro ha conseguido que ella quiera desear. O sea, la realización del deseo le da una sensación de libertad, cuando en realidad al realizar sus deseos se está sujetando a la voluntad externa de otro.
Las sociedades capitalistas han constituido el deseo humano en uno de los espacios políticos más importantes de nuestras sociedades contemporáneas. El deseo se ha convertido en el campo de disputa de los nuevos dispositivos de poder. Para ello, la modernidad ha fabricado un nuevo concepto de libertad. Para la modernidad una persona es libre cuando hace lo que quiere, cuando realiza sus deseos y así esta vinculación de la libertad con la realización del deseo sumerge a la persona en una maraña de contradicciones, cuyo resultado final es la vivencia de una libertad ficticia compaginada con su sujeción efectiva a las demandas del sistema.
Pero, como hemos indicado al principio, el deseo es extremadamente paradójico y una de sus paradojas es que, el ser humano, por su in-finitud radical, siempre será un ser deseante, o sea nunca se sentirá plenamente satisfecho con nada porque nada consigue ofrecerle la experiencia definitiva de plenitud. Esta paradoja es aprovechada por los dispositivos de poder contemporáneo para instigar en él deseos de todo tipo. Su estrategia es conectar los estímulos externos que le hacen desear algo con las expectativas de felicidad y plenitud existencial del sujeto. Esto es lo que sucede en la sociedad actual nuestra y que recibe el nombre de sociedad de consumo, que es la lógica que sustenta los valores del capitalismo. El vínculo del deseo con la libertad legitima el actual modelo de civilización occidental y sus instituciones, cuyo objetivo principal es producir necesidades, inducir deseos, adiestrar voluntades, fabricar conductas, dirigir tendencias. Para ello, se vale de un sofisticado aparato de técnicas de intervención sobre la subjetividad que son auténticas técnicas de poder.

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