El autor de este libro es Roberto L. Blanco Valdés, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela.
Este libro, editado en 2001, trata de aclarar el déficit democrático de los partidos políticos y su incidencia en el sistema de la democracia actual.
Veamos un texto sacado del capítulo 1º titulado LEY DE HIERRO, PARTIDOS DE HOJALATA.
"Para Offe, las formas de participación política de la sociedad civil canalizadas a través de los tradicionales sistemas de partidos habrían «agotado mucha de su eficacia para reconciliar el capitalismo con la política de masas», lo que haría «plausible que el declive del sistema de partidos dé paso a que surjan prácticas menos encorsetadas y reguladas de participación y conflicto político, de las que podría resultar el potencial con el que desafiar eficazmente y superar los supuestos institucionales de la forma capitalista de organización social y económica. Tales prácticas menos encorsetadas estarían representadas, según Offe, por los denominados nuevos movimientos sociales (feminismo, ecologismo, pacifismo, movimientos juveniles, etc.), formas de organización que habrían de permitir, a su juicio, la recuperación de las identidades colectivas que la consolidación de los partidos que Otro Kirchheimer llamara catch-all parties, "partidos atrapalotodo" había contribuido decisivamente a disolver.
Frente a esas previsiones, y por más que sea indiscutible la importancia creciente de ciertos movimientos sociales y de ciertos grupos de acción ciudadana en el desarrollo de la vida política, no parece que vaya a suceder.
En tal sentido, el politólogo Ludolfo Paramio ha desarrollado rigurosa y convincentemente la hipótesis de que los nuevos movimientos sociales son una variante de los grupos de interés, cuyo auge durante los años setenta debe ser puesto en relación con la crisis de un sistema político dual, basado, de un lado, en la democracia de partidos y, de otro, en un pacto corporativo entre los grupos de interés dominantes hasta entonces: los sindicatos y la patronal. Así las cosas, «los movimientos sociales no pueden verse como una superación del sistema de partidos, en el sentido en que algunos autores lo han venido interpretando. En una palabra, y por decirlo con las de quien es hoy una autoridad en toda Europa, K1aus von Beyme, resulta demasiado pronto para proclamar el "fin de los partidos".
La experiencia histórica del ecologismo sueco o alemán, que, como un Guadiana, desaparece y reaparece, sin que en todo caso su presencia llegue a suponer un cambio cualitativo y de irreversibles consecuencias para las organizaciones políticas históricas, constituye la mejor prueba de lo que acabo de apuntar. También contribuye a apoyar esta impresión el hecho, no menos notorio, de que en el único caso en el que las fuerzas antipartidistas parece haber sido capaces de desplazar de forma definitiva a las fuerzas tradicionales conformadoras del sistema de partidos, en el de Italia, los partidarios del derrumbe no hayan sido en caso alguno organizaciones encuadrables dentro del conjunto de los nuevos movimientos sociales. Como certeramente subrayaba Salvatore Lupo para Italia, según pudimos ver páginas anteriores, lo que define a las ligas al contrario de lo que caracteriza a los movimientos sociales nacidos en la década de los setenta, es precisamente el que todos esos movimientos, lejos de pretender su reconstrucción, dan por descontado el fin de las identidades colectivas. No parece, en suma, que éste vaya a acabar por ser el camino para superar la crisis partidista.
Una de la reformas que se postulan para salvar esa crisis partidista es abrir las candidaturas y ensanchar los vínculos de unión, control y dependencia entre partidos y electores, por medio de reformas tendentes, bien a abrir las listas, donde son cerradas, bien a superar el propio sistema de listas, mediante la introducción de sistemas de tipo mayoritario que funcionen con distritos electorales uninominales. Se trataría, en una palabra de aumentar las posibilidades de elegir del cuerpo electoral.
No creo que sea tampoco en el ámbito de la ingeniería electoral en donde debamos de centramos para hacer frente a los problemas que tenemos planteados. A continuación intentaré justificar por qué.
Para mí, ha acabado por tener razón Kirchheimer con su formulación, no menos conocida, de la progresiva generalización en las modernas sociedades industriales del modelo del partido atrapalotodo. Según Kirchheimer, tras la Segunda Guerra mundial los antiguos partidos de masas de base clasista o confesional quedaron sometidos a una presión que los puso en vías de convertirse en partido "de todo el mundo", partidos estos cuyas características definidoras serían las siguientes: a) una desradicalización de los componentes ideológicos del partido; b) un fortalecimiento progresivo de sus dirigentes, cuya labor se juzgará más en función de su contribución a la solución de los problemas generales que de su lealtad a los fines del partido; c) un correlativo debilitamiento del papel de los miembros del partido; d) una ampliación de su base electoral, que permitiría pasar de un partido de base «confesional» o «clasista a uno que que pretende con su propaganda electoral abarcar a todo el mundo; y e) finalmente, una búsqueda consciente por establecer lazos estables con los grupos de interés.
Panebianco cita las dos características de los cambios producidos en las sociedades europeas que conllevan el cambio de modelo de partidos:
-el proceso de homogeneización a nivel económico, social y cultural que se ha venido produciendo en las sociedades de Occidente desde después de la Segunda Guerra Mundial.
- la profunda remodelación producida en el ámbito de la información y la comunicación en general, bajo el efecto de los mass media y muy especialmente el espectacular impacto de la televisión.
En el nuevo partido -escribe Panebianco- los "expertos", los técnicos que dominan una serie de conocimentos especializados son los que desempeñan un papel cada vez más importante y que son tanto más útiles cuando más se desplaza el centro de gravedad de la organización de los afiliados a los electores.
Aunque las consecuencias de la aparición de este nuevo modelo de partido profesional-electoral son muy notables desde el punto de vista de la dinámica o, según veremos en el próximo capítulo, desde la perspectiva de los medios de financiación de los partidos, lo único que ahora me interesa destacar es el hecho de que ni los cambios descritos en su día (1972) por Kirchheimer ni los delineados después (1982) por Panebianco favorecieron un proceso de democratización de las organizaciones partidistas. Por el contrario se tradujeron en términos generales, en un reforzamiento de las tendencias a la oligarquización que ya fueran denunciadas por Michels u Ostrogorski .
Pero al igual que antes señalé al referirme a las propuestas de modificación del sistema electoral (introducción de listas abiertas o de distritos uninominales ), tampoco en este ámbito existen, a mi juicio, demasiadas razones para el optimismo Ciertamente, las experiencias europeas comparadas tan bien estudiadas en obras exhaustivas como las de Cárdenas, Pinelli o Katzy y Mair han venido a demostrar que, incluso en aquellos casos en que el legislador ha optado por establecer normas disciplinadoras del funcionamiento interno de las organizaciones partidistas, tales normas ha obtenido un escaso nivel de cumplimiento.
Veamos el caso español:
Pese a la disposición de que la estructura interna y el funcionamiento de los partidos deberán ser democráticos, contenida en el artículo 6º de nuestra Constitución, pese a las previsiones, ciertamente muy laxas, en tal sentido establecidas en la Ley de Partidos de 4 de Diciembre 1978; y pese, finalmente, a que se han ido produciendo algunos pronunciamientos judiciales que han anulado actos internos de órganos dirigentes de organizaciones partidistas por suponer tales actos una vulneración de alguno de los derechos fundamentales consagrados en la Constitución, lo cierto es que, también en España y al igual que ha venido ocurriendo en Alemania y en los restantes países europeos, los partidos han funcionado en general de forma escasamente democrática sin que un posible y eventual control judicial de la vida interna partidista haya podido evitarlo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario