lunes, 1 de noviembre de 2010

Libro del mes (noviembre 2010): Tauroética


Traemos, este mes, a nuestro blog el libro recientemente publicado por el filósofo Savater, Tauroética. En lugar de redactar sólo un fragmento del mismo libro, lo hacemos acompañado de una crítica de José Javier Esparza.




De toros, ministras y filósofos.


Sobre la polémica actual acerca de los toros, nadie ignora su verdadero fondo: es una ofensiva del separatismo catalán contra todo cuanto huela a español. En ese plano, el asunto tiene poco más recorrido. Ahora bien, la polémica subsiguiente ha abierto un campo de reflexión muy interesante, a saber: ¿tienen derechos los animales? ¿Cuáles y por qué? ¿Y pueden los derechos de los animales equipararse a los derechos de los humanos?
En esa estela, Fernando Savater acaba de publicar un librito muy interesante: “Tauroética”, que aporta enfoques sugestivos.
Es interesante repasar los argumentos de los antitaurinos en las jornadas prohibicionistas del parlamento catalán. Jorge Wagensberg, por ejemplo, es un sabio al que los lectores habituales de los “metatemas” de Tusquets debemos muy buenos ratos, pero su discurso ante el Parlament fue de una simpleza y un ternurismo más propio de modistillas. Otro tanto puede decirse de Jesús Mosterín, filósofo de la ciencia que en este trance prefirió razonar como un contertulio de “Sálvame”. Ambos piensan que hay que extender a los animales los derechos que adornan a los humanos. Mosterín, concretamente, es un destacado promotor del Proyecto Gran Simio. Curiosamente, ambos son partidarios del aborto libre; es decir, que niegan a los humanos el derecho que otorgan a los animales. En esto es particularmente primario el amigo Mosterín: “Los derechos no existen, se crean” afirma el sabio. Y, naturalmente, los crea él.
Lo que hay en el fondo es un viejísimo problema: cómo pensar nuestra relación con la materia. Desde Descartes , la relación la pensamos con dos términos “res cogitans”, que son las cosas del intelecto, y “res extensa”, que son las cosas de la materia. Las cosas del intelecto son superiores a las de la materia y, por tanto, deben dominarlas. Esas cosas del intelecto tienen, por supuesto, un aliento divino. Descartes era un católico irreprochable y su sistema es una aplicación estricta de la literatura bíblica, que prescribe a los hombres la misión de dominar la Tierra. El problema es que basta con quitar a Dios de ese paisaje para que el resultado sea un materialismo desbocado. Por eso Marx decía que Descartes fue el primer materialista.
Después, al compás de la industrialización y la consiguiente crisis ecológica, se hizo urgente replantear el problema: necesitamos una nueva forma de pensar nuestra relación con la naturaleza y ahí surgieron perspectivas generalmente bienintencionadas, pero que en realidad seguían atadas al viejo materialismo, porque lo que hacen es extender a la naturaleza los prejuicios humanos.





Incapaces de ver la materia como algo autónomo, de puro dominada que está, los hombres empezamos a verla como prolongación de nuestra propia humanidad. Y, por eso, en vez de seguir dándole martillazos, nos permitimos darle derechos. Eso no deja de ser una ilusión porque, a fin de cuentas, la materia no cambia de cualidad- y nosotros tampoco.
La argumentación animalista es, en rigor, puro antropocentrismo; es decir, una visión de la realidad deformada por el hombre que proyecta su ego sobre todo cuanto existe. Así, terminamos atribuyendo a la naturaleza, por ejemplo al toro, cualidades humanas. Es la actitud propia de un hombre que ya no tiene que luchar contra la naturaleza. Desde que el hombre se hizo hombre, ha tenido que enfrentarse a la naturaleza para sobrevivir: matar animales para comer y vestirse, dominar el fuego para vencer al frío, talar árboles para construir refugios, horadar montañas, cambiar el curso de los ríos.

Lo más hermoso de esta guerra sin cuartel es que, en su transcurso, nació una forma propiamente religiosa de entender la naturaleza, y esto no es solo cosa de los tiempos paganos: los más veteranos hemos alcanzado a ver nuestros campesinos trazando una cruz en un árbol antes de talarlo o llevando el ganado a la iglesia el día de San Antón. Naturalmente, eso no impedía coger el cochino el día de San Martín y degollarlo vivo ante la mirada de todo el pueblo. Aún hay un par de generaciones que guardan- guardamos- en nuestros oídos el horrísino chillido del cerdo cuando el matarife le corta el cuello. La relación del hombre con la naturaleza está-estaba- hecha de esa mezcla de amor y guerra. Pero, como dice Savater, para el hombre actual- el occidente moderno y urbano- nada de todo esto tiene ya sentido. Ese hombre ha nacido con calefacción y aire acondicionado. Tampoco tiene que matar animales para comer: los encuentra ya despiezados en el “súper” donde los recolecta como Adán y Eva debían de recoger los frutos del Paraíso. La naturaleza ya no es algo contra lo que debemos luchar: la damos por vencida. Cuando un río se desborda no pensamos en la naturaleza como rival, sino que echamos la culpa al que diseñó la presa. En un animal no vemos a un competidor de nicho ecológico, sino a un ser cuyo destino natural es el ámbito doméstico o el zoológico. El proteccionismo es el lujo moral que se permite el vencedor. Pero, ojo, todo esto no es más que una ilusión del espíritu: la cualidad del hombre no ha cambiado, y tampoco la de la naturaleza. Y ahí es donde mete la “cuchara” Savater en Tauroética. Savater se hace la pregunta fundamental ¿Son los animales tan humanos como los humanos animales?
-La respuesta es no. El animalismo pretende atribuir a los animales derechos que no pueden tener.
¿Por qué no pueden?
-Por la conciencia: el titular de un derecho debe ser consciente de ello, pero los animales no pueden ser conscientes. Esto tiene su importancia cuando pensamos en el equilibrio entre derechos y deberes. Al animal no podemos exigirle otro deber que el del instinto.

Tengo que reconocer que he experimentado hacia Savater sentimientos más bien ásperos, pero lo cabal es reconocer la razón allá donde se despliega y, en ese sentido, estas páginas de Tauroética son impecables.







Dice Savater:
“La diferencia de los humanos con los animales es la forma en que vivimos. Nosotros renunciamos a nuestra animalidad en nuestra conducta; ellos no, y por eso nosotros podemos tener derechos y ellos no”.

¿Por qué, entonces, hay tanta gente dispuesta a conceder derechos a los animales?
-Savater subraya el efecto perverso de la domesticación: los animales “han pasado de ser bestias a pobres animalitos, el hombre ya es vencedor de antemano ante ellos, por eso no se comprende la batalla del hombre contra el toro.

¿Es esto un progreso?
-Savater cree que no, al revés: atribuir ese nuevo estatuto a los animales es tanto como degradar nuestra condición humana. En cuanto a los toros, dice algo sugestivo “lo que pasa en la plaza no es bárbaro; lo bárbaro es confundir la sangre del toro con la sangre del hombre.


Conclusión: está muy bien proteger a la naturaleza, toros incluidos, pero no perdamos de vista que hacemos eso porque somos humanos. Conceder a los animales el estatuto de los humanos es tanto como permitir a los humanos que se comporten como animales.



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