martes, 1 de marzo de 2011

Libro del mes (marzo 2011): La rebelión de las masas.


Como ya conocemos a Ortega, en nuestros comentarios y en nuestro estudio del tercer trimestre, vamos a detenernos a leer un fragmento de este libro de Ortega que puede ayudarnos a entender la masificación actual como peligro para la verdadera cultura.

“Esta experiencia básica modifica por completo la es­tructura tradicional, perenne, del hombre-masa. Por­que éste se sintió siempre constitutivamente referido a limitaciones materiales y a poderes superiores so­ciales. Esto era, a sus ojos, la vida. Si lograba mejo­rar su situación, si ascendía socialmente, lo atribuía a un azar de la fortuna, que le era nominativamente favorable. Y cuando no a esto, a un enorme esfuerzo que él sabía muy bien cuánto le había costado. En uno y otro caso se trataba de una excepción a la ín­dole normal de la vida y del mundo; excepción que, como tal, era debida a alguna causa especialísima.

Pero la nueva masa encuentra la plena franquía vital como estado nativo y establecido, sin causa especial ninguna. Nada de fuera la incita a reconocerse lími­tes y, por tanto, a contar en todo momento con otras instancias, sobre todo con instancias superiores. El labriego chino creía, hasta hace poco, que el bien­estar de su vida dependía de las virtudes privadas que tuviese a bien poseer el emperador. Por tanto, su vida era constantemente referida a esta instancia suprema de que dependía. Mas el hombre que analizamos se habitúa a no apelar de mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Ingenua­mente, sin necesidad de ser vano, como lo más natu­ral del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos. ¿Por qué no, si, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales fun­da tal afirmación de su persona?

Nunca el hombre-masa hubiera apelado a nada fue­ra de él si la circunstancia no le hubiese forzado vio-

lentamente a ello. Como ahora la circunstancia no le obliga, el eterno hombre-masa, consecuente con su Índole, deja de apelar y se siente soberano de su vida. En cambio, el hombre selecto o excelente está cons­tituido por una Íntima necesidad de apelar de sí mis­mo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que, al co­mienzo, distinguíamos al hombre excelente del hom­bre vulgar diciendo: que aquél es el que exige mucho a sí mismo, y éste, el que no exige nada, sino que se contenta con lo que es y está encantado consigo. Contra lo que suele creerse, es la criatura de selec­ción, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman.

Esto es la vida como disciplina -la vida noble-o La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige. "Vivir a gusto es de plebeyo: el noble aspira a ordenación y a ley" (Goethe). Los privilegios de la nobleza no son origina­riamente concesiones o favores, sino, por el contrario, son conquistas. Y, en principio, supone su manteni­miento que el privilegiado sería capaz de reconquistar­las en todo instante, si fuese necesario y alguien se lo disputase". Los derechos privados o privi-legios no son, pues, pasiva posesión y simple goce, sino que repre­sentan el perfil adonde llega el esfuerzo de la persona. En cambio, los derechos comunes, como son los "del hombre y del ciudadano", son propiedad pasiva, puro usufructo, don generoso del destino con que todo hombre se encuentra y que no responde a esfuerzo alguno, como no sea el respirar y el evitar la demencia”.

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