jueves, 23 de junio de 2011

2º Comentario de Filosofía y Ética.

"Las antiguas cuestiones de Epicuro-escribió Hume por
boca del personaje Filón de sus Diálogos sobre la religión natural (Parte X)- «continúan sin ser res­pondidas. ¿Quiere prevenir el mal, pero no puede?, entonces es impoten­te. ¿Puede, pero no quiere?, entonces es malévolo. ¿Puede y quiere?, enton­ces ¿de dónde procede el mal?».
Pese a lo declarado por Hume, no han faltado intentos a lo largo de los tiempos de responder a estas dificilí­simas preguntas de Epicuro. Entre las respuestas propuestas destaca, por su hondura metafísica y su solidez, el ar­gumento que hace del libre albedrío el fundamento de la permisión divina del mal. En esta respuesta, en efecto, se otorga a la libertad tal alcance me­tafísico, que, al afirmarla como pro­piedad de la voluntad humana, se roza hasta el misterio de los designios divinos sobre la creación.
El mencionado argumento tiene raíces antiguas: se encuentra acaso en Panecio, el fundador de la llamada Stoa media, del que pasó, entre otros, a Clemente de Alejandría. Lo defen­dieron vigorosamente Agustín de Hi­pana y, tras sus huellas, Anselmo de Canterbury y Tomás de Aquino. En­contró expresión literaria en los in­mortales poemas de Dante y de Mil­ton. Más recientemente, incluso Chesterton, el gran escritor católico, concibió una obra de teatro para po­ner ante los ojos, por así decirlo, la fuerza explicativa de este razonamien­to. Y en los últimos decenios, en fin, la prueba ha sido objeto, bajo la deno­minación de free will defense, de nue­vas explicaciones por parte de filóso­fos de orientación analítica, que han suscitado, a su vez, renovados debates.
El argumento en cuestión es sus­ceptible de diversas formulaciones y conoce numerosas variantes, que de­penden, como es claro, de los diferen­tes supuestos filosóficos sobre los que puede construirse. Presentaré una formulación posible del argumento, que dividiré en dos partes: una serie de afirmaciones sobre el libre albe­drío y una argumentación, construi­da sobre esas afirmaciones, para ex­culpar a Dios, en tanto que ser omni­potente e infinitamente bueno, de la existencia del mal en el mundo.

Del libre albedrío se afirma, en pri­mer lugar, que es un hecho. Este he­cho, que, según se dice a veces, se da con plena evidencia, consiste en que el hombre posee, gracias a su volun­tad, una doble capacidad: la capaci­dad de ser causa de su propio querer o no querer y la capacidad de obrar por sí mismo o llevar a cabo acciones en el mundo que son fruto de sus vo­liciones. Por su libre albedrío, el hom­bre es, pues, un ser capaz de decidir y de actuar por sí mismo, un ser que no depende en todos sus actos de querer y en todas sus acciones de causas de­terminantes ni extrínsecas ni intrín­secas.
También se afirma del libre albe­drío, en segundo lugar, que es un bien, y ello en el preciso sentido de que es la condición necesaria de posi­bilidad tanto de la moralidad, es decir, de que en el hombre se encarnen va­lores morales al querer lo bueno y al traer al ser estados de cosas moral­mente valiosas o moralmente rele­vantes, cuanto de la religiosidad, es decir, de que el hombre entre en una relación recíproca de amor con Dios mismo. En este sentido, es preferible la existencia de seres dotados de libre albedrío que la existencia de seres cuyo querer y obrar está siempre afectado por alguna necesidad. El li­bre albedrío es, por tanto, un bien, porque es la condición del máximo valor que puede alcanzar el hombre: «El grado supremo de la dignidad en los hombres» -acertó a señalar To­más de Aquino (en su Comentario a la Carta de San Pablo a los Romanos, Il, lect. 3, n. 217)- «es que sean con­ducidos al bien no por otros, sino por sí mismos», se entiende al bien moral yal Bien que es Dios mismo.
Pertenece al libre albedrío, se afir­ma en tercer lugar, el estar en cone­xión esencial con la posibilidad de la existencia del mal moral, es decir, del mal que alguien obra. El libre albe­drío es un bien, en el sentido antes se­ñalado, porque lo bueno moral o el amor a Dios que por su medio pue­den venir al ser no se darían si no se diera también la posibilidad del mal moral o del rechazo a Dios. Un albe­drío humano que no pudiera elegir entre obrar lo moralmente bueno y lo moralmente malo, o entre adorar a Dios u odiarle, carecería de todo va­lor respecto de la consecución de la suprema dignidad del hombre: el hombre no sería conducido al bien por sí mismo.
Del libre albedrío se afirma, en fin, en cuarto lugar, que se halla asimismo en conexión esencial con la posibilidad de la existencia de los males físicos o los padecimientos, es decir, de los males que alguien sufre. En efecto, en mu­chas ocasiones, si es que no siempre, la acción moralmente mala o la acción que supone un rechazo del amor de Dios, no consiste sino en causar o no impedir sufrimientos o perjuicios a otras personas o a otros seres vivos. De este modo, el libre albedrío, al hacer posibles las acciones moralmente ma­las o las acciones de oposición a Dios hace igualmente posible el surgimien­to de los males físicos o sufrimientos de factura humana.
Sobre la base de esta concepción del libre albedrío el argumento trata de dar solución a los citados interro­gantes de Epicuro. A la pregunta: ¿De dónde nacen los males que existen en el mundo?, se responde: del mal uso que el hombre hace de su libre albe­drío. «La mala voluntad» -afirma Agustín de Hipona (Sobre el libre al­bedrío, IlI, XVII, 48)- «es la causa de todos los males» (improba voluntas malorum omnium causa est). A la cuestión: ¿Por qué Dios no elimina todo género de mal, dado que, por su poder, puede suprimir todos los ma­les y, por su bondad, no ha de querer sino evitarlos?, se contesta que por el bien que representa la existencia del libre albedrío como condición nece­saria de posibilidad del bien absoluto de la moralidad y de la reciprocidad amorosa de Dios y el hombre. «Ni Epicuro ni ningún otro vio» -escri­bió el padre apologeta latino Lactan­cia en su tratado De ira Dei (cap. XIII)- «que, si se suprimen los ma­les, se suprime igualmente la sabidu­ría y que no quedaría ningún vestigio de virtud en el hombre».


A la luz de estas razones, cabe de­cir que, en cierto sentido, Dios «no puede» evitar los males, sin que por ello quepa calificado de impotente: es lógicamente imposible querer que haya seres libres y no querer, a la vez, que quede realmente abierta la posi­bilidad del mal moral y del rechazo al amor divino y, por tanto, del sufri­miento que todo ello lleva aparejado. «Lo que implica contradicción» ­enseña Tomás de Aquino (Suma teo­lógica, 1, q. 25, a. 3)- «no está conte­nido bajo la omnipotencia divina». Asimismo, cabría afirmar que, en cierto modo, Dios «quiere» los males, sin que por ello quepa acusarlo de malvado: no los impide en vista del bien mayor del libre albedrío y de la vida moral y religiosa que hace posi­ble. «La responsabilidad» -enseñaba ya Clemente de Alejandría (Stromata, 1, XVII, 82, 3)- «se encuentra en el hacer una cosa, exigida y tomar la iniciativa; mas no impedirla no es, en sí mismo, una participación en el acto». En definitiva, Dios permite los males en razón de los frutos que aporta el libre albedrío, los cuales, sin él, no podrían venir al ser. Permitir, en efecto, no es «no poder evitar», ni tampoco «querer», «consentir» o «to­leran>; es sencillamente dejar que algo ocurra, no impedir algo.

Una de las tareas más apasionantes que, desde hace unos años, ha em­prendido cierto sector de la reflexión filosófica actual es la renovación de este antiguo argumento, asegurando los fundamentos que lo sostienen y defendiéndolo contra múltiples obje­ciones. A esta empresa han dedicado sus esfuerzos, entre otros, pensadores como Alvin Plantinga (véase su libro de 1977 God, Freedom and Evil), Ri­chard Swinburne (autor de muchos escritos sobre este asunto, como su obra de 1998 Providence and the Pro­blem of Evil) o Armin Kreiner (cuyo importante libro de 2005 Dios en el sufrimiento podemos desde hace poco leer en español). La renovada meditación sobre este venerable ar­gumento muestra ya inequívocamen­te el alcance que la admisión del libre albedrío tiene en la búsqueda de una solución del problema de Epicuro. Por ello, esos esfuerzos filosóficos ac­tuales permiten abrigar la esperanza de que sea posible encontrar también respuesta a las nuevas dificultades, que al hombre reflexivo siguen pre­sentándosele cuando medita en la po­sibilidad de conciliar la presencia del mal en el mundo con la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno.

En cualquier caso, tanto a los inte­rrogantes de Epicuro que recordaba al comienzo de estas páginas cuanto al argumento que he expuesto como posible respuesta a ellos cabe aplicar­les, punto por punto, aquellas pala­bras que, según el Fedón (85 c 1-85 d 4) de Platón, dirigió Simmias a Só­crates cuando éste, en las horas cerca­nas a su muerte, se afanaba por des­entrañar con sus amigos el misterio del destino ultraterreno del alma: «A mí me parece, ¡oh, Sócrates!, sobre las cuestiones de esta índole tal vez lo mismo que a ti, que un conocimiento exacto de ellas es imposible o suma­mente difícil de adquirir en esta vida, pero que el no examinar por todos los medios posibles lo que se dice sobre ellas, o el desistir de hacerla, antes de haberse cansado de considerarlas bajo todos los puntos de vista, es pro­pio de hombre muy cobarde. Porque lo que se debe conseguir con respecto a dichas cuestiones es una de estas co­sas: aprender o descubrir por uno mismo qué es lo que hay de ellas, o bien, si esto es imposible, tomar al menos la tradición humana mejor y más difícil de rebatir y, embarcándo­se en ella, como en una balsa, arries­garse a realizar la travesía de la vida, si es que no se puede hacer con mayor seguridad y menos peligro en navío más firme, como, por ejemplo, una revelación de la divinidad (lógos theiout», (Acontecimiento nº 97). Profesor Rogelio Rovira.

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