jueves, 7 de julio de 2011

Revista Acontecimiento. 2º Trimestre de año 2011.

Com sabéis, nuestro departamento de Filosofía recibe trimestralmente la revista "Acontecimiento", canal importante del movimiento personalista llevado en España magistralmente por Carlos Díaz.
Muchas veces hemos comentado sus artículos en clase, pero ahora vamos a tenerla en nuestro blog, como un epígrafe más.Todos los trimestres reproduciremos un artículo que nos servirá en el curso de comentario y debate.

Espero que os guste.


LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA CIENCIA Y DE LA TÉCNICA

Las civilizaciones clásicas- griega y romana- tenían, mayoritaria­mente, una postura favorable ha­cia la técnica, aun con importantes salvedades, como las de los cínicos o Séneca, para quien los avances tecno­lógicos podían fomentar la pereza y la auto-complacencia.
Son varios los mitos griegos rela­cionados con la aparición de la técni­ca, ligados a dioses como Atenea, He­festo, Prometeo, o con héroes como Dédalo. De entre ellos, para lo que aquí nos atañe, el más interesante es el mito platónico del origen de la civili­zación en el diálogo de Protágoras. Cuando los dioses decidieron crear a los hombres -moldeados con una mezcla de tierra y fuego-, al mismo tiempo que a los animales, encarga­ron al titán Prometeo y a Epimeteo la distribución de capacidades entre las distintas especies. De esta labor se ocupó primeramente Epimeteo, con­cediendo a unas especies velocidad, a otras fortaleza, etc.; pero se olvidó del hombre. Cuando Prometeo se dio cuenta de lo desamparado que queda­ba el hombre frente al resto de seres, y animado por su fuerte espíritu filan­trópico, robó el fuego (téchne) para dárselo al hombre pero no sólo, sino acompañado de la «habilidad técnica» (éntechnos sophía).
El mito Prometeico de Platón nos enseña, pues, dos aspectos cruciales del sentido de la técnica:
En un pri­mer lugar, la técnica cumple un papel defensivo: nos permite sobrevivir en un mundo en el que el ser humano no aparece especialmente dotado, en lo fisiológico, respecto de otros seres vi­vos.
En un segundo lugar, la técnica sólo nos sirve si poseemos la habilidad de usarla, digámoslo en términos mo­dernos, con la ciencia que nos propor­ciona el conocimiento para manejar­la.
La fábula no acaba aquí. Los hom­bres, en posesión de la técnica, empe­zaron a organizarse en ciudades, pero en ellas reinaba la injusticia ya que ca­recían del «sentido moral y la justicia» (aidós y díke). Por lo que, para evitar su destrucción, Zeus les mandó, por medio del mensajero Hermes, la «ha­bilidad política» (politiké téchne). Si la técnica es una herramienta inútil sin la ciencia, la ciencia y la técnica, sin la ética, son herramientas que conducen a la destrucción. Con todo, interesa aquí, subrayar la primera enseñanza del mito: La técnica y la ciencia cum­plen una importante función social, y renunciar a este cometido sería con­denar a la humanidad al sufrimiento.
De esta postura defensiva ante la naturaleza, el devenir histórico evolu­cionaría hacia actitudes abiertamente más ofensivas. En los albores de la mo­dernidad, Francis Bacon, escribiría en su Novum Organum: «Como nuestro principal objeto es hacer servir la na­turaleza para los asuntos y necesida­des del hombre, nada más lógico que observar y contar las conquistas ya por el hombre adquiridas». El hombre ya no tiene únicamente que defender­se de la naturaleza, sino que debe con­vertirla en su sierva. Esta perspectiva es también compartida por Ortega y Gasset, para quien la técnica es «la re­forma que el hombre impone a la na­turaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades».
Injusto sería, sin embargo, conti­nuar la crítica acerada que se ha hecho de Bacon, como fundador ideológico de los abusos tecnológicos de la mo­dernidad. Conviene recordar, en su defensa, que Bacon actuaba en reac­ción a cierto inmovilismo del pensa­miento escolástico, anquilosado en una ciencia demasiado especulativa, y poco motivada a buscar soluciones a las muchas, y legítimamente necesa­rias, necesidades materiales de los se­res humanos.
Herederos de Bacon, sus más fieles discípulos serían los marxistas. Con­viene recordar entre ellos a Iohn Des­mond Bernal (1901-1971), eminente científico, pionero en los estudios cristalográficos que dieron nacimien­to a la biología molecular, Bernal re­flexionó en profundidad sobre la acti­vidad científico-técnica. Bernal escri­bió: «En la teoría marxista, la ciencia siempre tuvo un importante lugar. El ideal de Bacon -el uso de la ciencia para el bienestar de los seres huma­nos- era de hecho uno de los princi­pios rectores del lado constructivo de la ciencia marxista»."

Bernal plantea tres fines para la ciencia: 1) la realización intelectual del científico, 2) el avance en el conoci­miento del mundo, 3) la aplicación de este conocimiento al bienestar social. Tres ámbitos, pues, de finalidad: el psicológico-personal, el epistemológi­co y el social. Partiendo de esto, Ber­nal acentuó, como obligación de su tiempo, promocionar la finalidad so­cial de la ciencia. Es, por tanto, una re-actualización del programa Baco­niano llevado hasta sus últimas conse­cuencias, ya que para Bernal «el en­tendimiento y control de la naturaleza y del hombre propiamente dicho, es meramente la expresión consciente de la tarea de la sociedad humana. Los métodos por los que esta tarea es em­prendida, aun llevados a cabo de ma­nera imperfecta, son los métodos por los que la humanidad probablemente asegure su futuro. En esta empresa la ciencia es comunismo»"
La transformación de la naturaleza y la sociedad, bajo el prisma científico, es en consecuencia, para Bernal, una tarea intrinseca de la sociedad huma­na. Bernal se plantea la sugerente pre­gunta: «¿Es mejor ser intelectualmen­te libre pero socialmente ineficiente o formar parte de un sistema donde co­nocimiento y acción se unen con una finalidad social común?
Se puede decir que el marxismo, en su materialización histórica, fallida o no, ejecutó de manera eficaz el pro­grama baconiano de dominio de la naturaleza al servicio del hombre.
Los resultados históricos son cono­cidos. Si bien el sistema soviético al­canzó grados de cultura científico-téc­nica nunca alcanzados antes en ningu­na sociedad, también fue capaz de cometer barbaridades sin parangón."

La economía capitalista, la sociedad de mercado, también ha ejecutado y transformado, a su manera, el proyecto baconiano. El principio utilitarista se ha preservado, pero la finalidad de lo útil ha mutado de las necesidades humanas a los beneficios empresariales. El dogma es el siguiente: una tecnología sólo penetra en la sociedad si es inyectada por el mercado.

Lo que ocurrió, como señala Hans Jonas es que «La profunda paradoja -no sospechada por Bacon- del po­der aportado por el saber radica en que, si bien ha conducido a algo similar a un «dominio» sobre la naturale­za (esto es, a su mayor aprovecha­miento), ha llevado, al mismo tiempo, a su completo sometimiento a sí mis­mo»."
La economía capitalista, la socie­dad de mercado, también ha ejecuta­do y transformado, a su manera, el proyecto baconiano. El principio uti­litarista se ha preservado, pero la fina­lidad de lo útil ha mutado de las ne­cesidades humanas a los beneficios empresariales. El dogma es el siguien­te: una tecnología sólo penetra en la sociedad si es inyectada por el merca­do.
Aunque la función social de la ciencia y de la técnica ha acabado de­generándose en las manifestaciones históricas tanto del comunismo como del capitalismo, ¿podemos ser tan orgullosos como para rechazada? Sin duda, la solución empieza por evitar los dos extremos del péndulo. Primero, no caer en un utilitarismo ciego de la tecno-ciencia, pero des­pués, tampoco limitar el conocimien­to científico-técnico a una mera fun­ción epistemológica y psicológica, sin dejar de estimular uno de sus fines fundamentales, que es resguardar al hombre de las inclemencias de la na­turaleza, la enfermedad y el sufri­miento. Una ciencia y técnica, por tanto, que no se olvide de curar el cáncer y de construir puentes, pero atemperada por el sentido moral y la justicia y un profundo respeto a la naturaleza.

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