Com sabéis, nuestro departamento de Filosofía recibe trimestralmente la revista "Acontecimiento", canal importante del movimiento personalista llevado en España magistralmente por Carlos Díaz.
Muchas veces hemos comentado sus artículos en clase, pero ahora vamos a tenerla en nuestro blog, como un epígrafe más.Todos los trimestres reproduciremos un artículo que nos servirá en el curso de comentario y debate.
Espero que os guste.
LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA CIENCIA Y DE LA TÉCNICA
Las civilizaciones clásicas- griega y romana- tenían, mayoritariamente, una postura favorable hacia la técnica, aun con importantes salvedades, como las de los cínicos o Séneca, para quien los avances tecnológicos podían fomentar la pereza y la auto-complacencia.
Son varios los mitos griegos relacionados con la aparición de la técnica, ligados a dioses como Atenea, Hefesto, Prometeo, o con héroes como Dédalo. De entre ellos, para lo que aquí nos atañe, el más interesante es el mito platónico del origen de la civilización en el diálogo de Protágoras. Cuando los dioses decidieron crear a los hombres -moldeados con una mezcla de tierra y fuego-, al mismo tiempo que a los animales, encargaron al titán Prometeo y a Epimeteo la distribución de capacidades entre las distintas especies. De esta labor se ocupó primeramente Epimeteo, concediendo a unas especies velocidad, a otras fortaleza, etc.; pero se olvidó del hombre. Cuando Prometeo se dio cuenta de lo desamparado que quedaba el hombre frente al resto de seres, y animado por su fuerte espíritu filantrópico, robó el fuego (téchne) para dárselo al hombre pero no sólo, sino acompañado de la «habilidad técnica» (éntechnos sophía).
El mito Prometeico de Platón nos enseña, pues, dos aspectos cruciales del sentido de la técnica:
En un primer lugar, la técnica cumple un papel defensivo: nos permite sobrevivir en un mundo en el que el ser humano no aparece especialmente dotado, en lo fisiológico, respecto de otros seres vivos.
En un segundo lugar, la técnica sólo nos sirve si poseemos la habilidad de usarla, digámoslo en términos modernos, con la ciencia que nos proporciona el conocimiento para manejarla.
La fábula no acaba aquí. Los hombres, en posesión de la técnica, empezaron a organizarse en ciudades, pero en ellas reinaba la injusticia ya que carecían del «sentido moral y la justicia» (aidós y díke). Por lo que, para evitar su destrucción, Zeus les mandó, por medio del mensajero Hermes, la «habilidad política» (politiké téchne). Si la técnica es una herramienta inútil sin la ciencia, la ciencia y la técnica, sin la ética, son herramientas que conducen a la destrucción. Con todo, interesa aquí, subrayar la primera enseñanza del mito: La técnica y la ciencia cumplen una importante función social, y renunciar a este cometido sería condenar a la humanidad al sufrimiento.
De esta postura defensiva ante la naturaleza, el devenir histórico evolucionaría hacia actitudes abiertamente más ofensivas. En los albores de la modernidad, Francis Bacon, escribiría en su Novum Organum: «Como nuestro principal objeto es hacer servir la naturaleza para los asuntos y necesidades del hombre, nada más lógico que observar y contar las conquistas ya por el hombre adquiridas». El hombre ya no tiene únicamente que defenderse de la naturaleza, sino que debe convertirla en su sierva. Esta perspectiva es también compartida por Ortega y Gasset, para quien la técnica es «la reforma que el hombre impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades».
Injusto sería, sin embargo, continuar la crítica acerada que se ha hecho de Bacon, como fundador ideológico de los abusos tecnológicos de la modernidad. Conviene recordar, en su defensa, que Bacon actuaba en reacción a cierto inmovilismo del pensamiento escolástico, anquilosado en una ciencia demasiado especulativa, y poco motivada a buscar soluciones a las muchas, y legítimamente necesarias, necesidades materiales de los seres humanos.
Herederos de Bacon, sus más fieles discípulos serían los marxistas. Conviene recordar entre ellos a Iohn Desmond Bernal (1901-1971), eminente científico, pionero en los estudios cristalográficos que dieron nacimiento a la biología molecular, Bernal reflexionó en profundidad sobre la actividad científico-técnica. Bernal escribió: «En la teoría marxista, la ciencia siempre tuvo un importante lugar. El ideal de Bacon -el uso de la ciencia para el bienestar de los seres humanos- era de hecho uno de los principios rectores del lado constructivo de la ciencia marxista»."
Bernal plantea tres fines para la ciencia: 1) la realización intelectual del científico, 2) el avance en el conocimiento del mundo, 3) la aplicación de este conocimiento al bienestar social. Tres ámbitos, pues, de finalidad: el psicológico-personal, el epistemológico y el social. Partiendo de esto, Bernal acentuó, como obligación de su tiempo, promocionar la finalidad social de la ciencia. Es, por tanto, una re-actualización del programa Baconiano llevado hasta sus últimas consecuencias, ya que para Bernal «el entendimiento y control de la naturaleza y del hombre propiamente dicho, es meramente la expresión consciente de la tarea de la sociedad humana. Los métodos por los que esta tarea es emprendida, aun llevados a cabo de manera imperfecta, son los métodos por los que la humanidad probablemente asegure su futuro. En esta empresa la ciencia es comunismo»"
La transformación de la naturaleza y la sociedad, bajo el prisma científico, es en consecuencia, para Bernal, una tarea intrinseca de la sociedad humana. Bernal se plantea la sugerente pregunta: «¿Es mejor ser intelectualmente libre pero socialmente ineficiente o formar parte de un sistema donde conocimiento y acción se unen con una finalidad social común?
Se puede decir que el marxismo, en su materialización histórica, fallida o no, ejecutó de manera eficaz el programa baconiano de dominio de la naturaleza al servicio del hombre.
Los resultados históricos son conocidos. Si bien el sistema soviético alcanzó grados de cultura científico-técnica nunca alcanzados antes en ninguna sociedad, también fue capaz de cometer barbaridades sin parangón."
La economía capitalista, la sociedad de mercado, también ha ejecutado y transformado, a su manera, el proyecto baconiano. El principio utilitarista se ha preservado, pero la finalidad de lo útil ha mutado de las necesidades humanas a los beneficios empresariales. El dogma es el siguiente: una tecnología sólo penetra en la sociedad si es inyectada por el mercado.
Lo que ocurrió, como señala Hans Jonas es que «La profunda paradoja -no sospechada por Bacon- del poder aportado por el saber radica en que, si bien ha conducido a algo similar a un «dominio» sobre la naturaleza (esto es, a su mayor aprovechamiento), ha llevado, al mismo tiempo, a su completo sometimiento a sí mismo»."
La economía capitalista, la sociedad de mercado, también ha ejecutado y transformado, a su manera, el proyecto baconiano. El principio utilitarista se ha preservado, pero la finalidad de lo útil ha mutado de las necesidades humanas a los beneficios empresariales. El dogma es el siguiente: una tecnología sólo penetra en la sociedad si es inyectada por el mercado.
Aunque la función social de la ciencia y de la técnica ha acabado degenerándose en las manifestaciones históricas tanto del comunismo como del capitalismo, ¿podemos ser tan orgullosos como para rechazada? Sin duda, la solución empieza por evitar los dos extremos del péndulo. Primero, no caer en un utilitarismo ciego de la tecno-ciencia, pero después, tampoco limitar el conocimiento científico-técnico a una mera función epistemológica y psicológica, sin dejar de estimular uno de sus fines fundamentales, que es resguardar al hombre de las inclemencias de la naturaleza, la enfermedad y el sufrimiento. Una ciencia y técnica, por tanto, que no se olvide de curar el cáncer y de construir puentes, pero atemperada por el sentido moral y la justicia y un profundo respeto a la naturaleza.
jueves, 7 de julio de 2011
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