Este libro fue escrito por Edmundo Burke (1729/1797), uno de los filósofos políticos
más importantes, considerado el padre del liberalismo-conservadurismo inglés.
Entre sus obras más importantes destacan: Relexiones sobre la revolución
francesa, Vindicación de la sociedad natural y nuestra obra que señalamos “El descontento
político”.
Veamos un fragmento del libro:
"Es empresa harto delicada examinar la causa de los desórdenes públicos. Si acaece que
un hombre fracasa en tal investigación, se le tachará de débil y visionario; si
toca el verdadero agravio, existe el peligro de que roce a personas de peso e
importancia, que se sentirán más bien exasperadas por el descubrimiento de sus
errores que agradecidas porque se les presenta ocasión de corregirlos. Si se ve
obligado a censurar a los favoritos del pueblo, se le considerará instrumento
del poder; si censura a quienes lo ejercen dirán de él que es un instrumento de
facción. Pero hay que arriesgar algo siempre que se ejercita un deber. En los
casos de tumulto y desorden nuestro derecho ha investido, en cierta medida, a
todo hombre de la autoridad de un magistrado. Cuando los asuntos de la nación
se encuentran en desorden, los particulares están justificados por el
espíritu de ese derecho cuando se salen un poco de su esfera normal. Gozan de
un privilegio que tiene alguna mayor dignidad y efectos que la lamentación
ociosa de las calamidades del país. Pueden examinarlas de cerca; pueden razonar
liberalmente acerca de ellas y si tienen la fortuna de descubrir la verdadera
causa de los males y de sugerir algún método probable de eliminarla, sirven
ciertamente a la causa del gobierno, aunque puedan desagradar a los gobernantes
del momento. El gobierno está profundamente interesado en cualquier cosa que,
aunque sea a costa de una incomodidad temporal, pueda finalmente tender a
componer las mentes de los súbditos y a conciliar sus afectos. No tengo nada
que decir aquí acerca del valor abstracto de la voz del pueblo. Pero mientras
la reputación —que es la posesión más preciosa de cada individuo— y la opinión
—el gran apoyo del Estado— dependan únicamente de esa voz, no podrá ser
considerada nunca como cosa de poca monta, ni para los individuos ni para el
gobierno. Las naciones no se rigen primordialmente por medio de las leyes, ni
mucho menos por la violencia. Cualquiera que sea la energía original que se
pueda suponer en la fuerza o en las normas, la eficacia de ambas es, en
realidad, meramente instrumental. Las naciones se gobiernan por los mismos
métodos y siguiendo los mismos principios por los cuales un individuo sin
autoridad es capaz de gobernar, a menudo, a quienes son sus iguales o sus
superiores; mediante el conocimiento de su temple y una utilización juiciosa
del mismo; quiero decir, cuando los asuntos públicos son dirigidos firme y
tranquilamente; y cuando no, el gobierno no es otra cosa sino una continuada
lucha tumultuaria entre el magistrado y la multitud, en la cual unas veces es
el uno y otras el otro quien predomina; en la que alternativamente cada uno de
ellos se somete y prevalece, en una serie de victorias despreciables y de
sumisiones escandalosas. Por ello el temple del pueblo al que preside debería
ser siempre el primer tema de estudio del hombre de Estado. Y el conocimiento
de ese temple no es, en modo alguno, imposible de alcanzar, de no tener interés
en ignorar lo que es su deber conocer. Quejarse de la edad en que vivimos,
murmurar de los actuales poseedores del poder, añorar el pasado, concebir
esperanzas extravagantes para lo porvenir, son disposiciones comunes de la
mayor parte de la humanidad; son, en verdad, los efectos necesarios de la
ignorancia y la ligereza del vulgo. Tales quejas y humores han existido en
todos los tiempos; sin embargo, como todos los tiempos no han sido iguales, la
verdadera sagacidad política se manifiesta distinguiendo aquellas quejas que
caracterizan únicamente la incapacidad general de la naturaleza humana, de
aquéllas que son síntomas de la destemplanza particular de nuestros aires y
estación propios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . Nada puede ser más antinatural que las
actuales convulsiones de nuestro país, si la exposición hecha más arriba es
exacta. Confieso que sólo la aceptaré con gran repugnancia y ante la coacción
de pruebas claras e irrefutables; porque esa situación se resume en esta breve,
pero descorazonadora proposición: "Que tenemos un ministerio muy bueno,
pero que constituimos un pueblo muy malo"; que mordemos la mano que nos
alimenta; que, con una locura maligna, nos oponemos a las medidas y difamamos,
desagradecidos, a las personas cuyo único objetivo es nuestra paz y
prosperidad. Si unos pocos libelistas insignificantes, que actúan bajo la
maraña de unos políticos facciosos, sin virtud, dotes, ni carácter (así los
representan constantemente esos señores) bastan para excitar a estos
disturbios, tiene que estar muy pervertida la disposición de un pueblo para que
puedan producirse, por tales medios, semejantes perturbaciones".
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