sábado, 27 de octubre de 2012



Libro del mes: Octubre 2012. "La elegancia del erizo".

Muriel Barbery, profesora de Filosofía, es la autora de esta novela, con la que consiguió el Premio de los Libreros Franceses. Nos revela, en esta obra cómo alcanzar la felicidad gracias a la amistad, al amor y al arte.
Veamos algún fragmento de la misma:

"¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esfor­zamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos pro­teja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárqui­ca de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos -aunque no fuere más que en fantasía- tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra ener­gía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bas­tan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos  respetables como la garrapata a su perrazo caliente. A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una co­media fantasma. Como sacados de un sueño, nos obser­vamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros re­quisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de vein­te años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posi­ción en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mi­rada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profun­damente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexua­les; pero, arrastrados en la corriente de la miseria pri­migenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lec­ciones bien aprendidas.
La eternidad se nos escapa".

sábado, 13 de octubre de 2012




Libro del mes (septiembre 2012): "Verdad, Valores, Poder".

El autor de este libro es el cardenal Ratzinger (hoy, Papa de la iglesia católica con el nombre de Benedicto XVI). En este libro, afirma que hay dos principios básicos:la verdad y el bien y que estos dos principios son el fundamento y la garantía de una conciencia recta, de la libertad y de los derechos humanos. Por tanto, son la garantía de una sociedad justa y pluralista.

Veamos un fragmento de este libro:

"Ilustraré el concepto de democracia vacía glo­sando algunas ideas de dos célebres defensores suyos: Hans Kelsen y Richard Rorty. El jurista austriaco, padre del positivismo político y paladín de la posición relativista, expone su opinión al co­mentar un texto evangélico: el pasaje del Evange­lio de San Juan en que Pilato pregunta a Jesús: «¿qué es la verdad?» (Jn 18,38). La interrogación de Pilato es una pregunta sólo en apariencia. En realidad es una respuesta rotunda que se podría formular así: la verdad es inalcanzable. La prueba de ello está en que no espera contestación, sino que se dirige a la multitud para que decida con su voto un difícil problema. Pilato expresa con esa maniobra el necesario escepticismo del político, que ha de ser desconfiado, incrédulo, indiferente, desinteresado y frío. Su credo es no creer en nada: ni en la verdad, ni en el bien, ni en la justicia. Al proceder como lo hace, Pilato se comporta como perfecto demócrata. El perfecto demócrata debe encogerse de hombros -o lavarse las manos ­ante los dilemas morales y trasladárselos a la ma­yoría, que es fuente, origen, principio y raíz del valor. Figura ejemplar de la democracia relati­vista y vacía: eso es Pilato. Como tal desdeña apoyarse en la verdad o en el bien. Su único sostén son los procedimientos. A Kelsen no parece in­quietarle que el demócrata Pilato, que obra con pulcra exquisitez democrática, sin remilgos morales, atento sólo a las formas, se lleve por delante la vida de un inocente. Como no existe más verdad ni más bien que los de la mayoría, carece de sen­tido preguntarse si son justos o legítimos. Para en­viar a un justo a la muerte tan sólo hace falta con­tar con el beneplácito mayoritario, es decir, tener apoyos suficientes. Kelsen llegó al extremo de de­fender la necesidad de imponer, con sangre y lá­grimas si hiciera falta, la certeza relativista. Es preciso creer firmemente en la necesidad de no creer en nada. He ahí el superficial imperativo de­mocrático. 
Muy parecida es la actitud de Rorty. Es tan re­lativista como la de Kelsen y aún más huera. Al valor le resulta imposible levantar cabeza, aho­gado ahora en un mar de frivolidad, futilidad, li­gereza, insubstancialidad e intrascendencia. Tras el ocaso de la utopía comienza a propagarse un frívolo nihilismo de funestas consecuencias. Spae­mann cree que Rorty es el principal defensor de la utopía banal y el más encendido propagador de un tipo de sociedad liberal en la que no tienen cabida los valores absolutos, las convicciones firmes y los principios incondicionados. El único valor incues­tionable es el bienestar. La invitación paulina «as­pirad a los bienes de arriba», es sustituida por la nietzscheana «permaneced fieles a la tierra». El punto esencial de la democracia es, según Rorty, la libertad. No parece haber razones de peso para rechazar una proposición tan pacífica. El problema está en el tributo que se pide a cam­bio. Nada menos que el bien, y con él los demás valores, deberán desaparecer del horizonte demo­crático. El valor representa un peligro para la li­bertad, pues señala una frontera infranqueable que recorta sus alas. De ahí la necesidad impe­riosa de tomárselos a broma y unir la democracia y el relativismo. El único criterio de la moral y el derecho de que dispone la democracia es la con­vicción mayoritariamente compartida. Es díficil no estremecerse y sentir una sacudida interior, un como renitente repeluzno, ante una doctrina que convierte el principio mayoritario en fuente de la verdad y el bien. Su legitimidad para determinar la titularidad del poder está fuera de toda duda. Pero transformarlo en fuente de moralidad signi­fica concederle prerrogativas que no tiene y dejar expedito el camino a la arbitrariedad y el atrope­llo. A Rorty no se le escapa esta dificultad. No puede evitar la insatisfacción que le produce su propia doctrina. De ahí su confesión sorprendente de que la razón que se orienta por el juicio de la mayoría incluye siempre ciertas ideas intuitivas, por ejemplo, el rechazo de la esclavitud. «En eso se engaña, dice J.Ratzinger. Durante siglos, e in­cluso durante milenios, el sentimiento mayoritario no ha incluido esa intuición y nadie sabe durante cuanto tiempo la seguirá manteniendo".
 Y en otro añade: «La evolución de este siglo nos ha enseñado que no hay una evidencia ni  fundamento firme y seguro de la libertad. Kelsen y Rorty propugnan una democracia y libertad vacías. La primera no tiene otro cometido que asegurar la división y transmisión del poder, y la segunda persigue crear un ámbito social sin obstáculos que permita al individuo moverse en todas las direcciones posibles. Aquélla renuncia a llenarse de contenido comprometiéndose con la dignidad del hombre y los derechos humanos Ésta repudia su entraña ética, se ­abastarda y envilece, se convierte en una actitud de permanente  indecisión -cree que si se usa se gasta- y desiste de convertirse en estilo de vida.
 "Se comprende la inquietud de Hölderlin cuando pregunta ¿ quién comprende esta palabra». 





miércoles, 26 de septiembre de 2012

Libro del mes (Agosto 2012): España Invertebrada.



El ensayo “España invertebrada” de Ortega y Gasset presenta dos secciones diferenciadas y complementarias. La primera parte, “Particularismo y Acción directa”, es un diagnóstico político de la situación nacional de la España de los años 20, aquejada por el fantasma del particularismo y la desintegración. La segunda parte, “La ausencia de los mejores”, es una reinterpretación de la historia española en función de la distinción masa/minoría. Diagnóstico político y reinterpretación histórica se conjugan: la crisis política de España es, para Ortega, una manifestación contingente de un defecto constitutivo de la raza española: el rechazo a las élites por parte de las mayorías.

Veamos un fragmento del texto:

“El poder creador de naciones es un quid divinum, un genio o talento tan peculiar como la poesía, la música y la invención religiosa. Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de esa dote y, en cambio la han poseído en alto grado pueblos bastante torpes para las faenas científicas o artísticas. Atenas, a pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo; en tanto que Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos más amplias estructuras nacionales.

Sería de gran interés analizar con alguna detención los ingredientes de ese talento nacionalizador. En la presente coyuntura basta, sin embargo, con que notemos que es un talento de carácter imperativo, no un saber teórico, ni una rica fantasía, ni una profunda y contagiosa emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un saber mandar. Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas.. La sugestión moral y la imposición material van íntimamente fundidas en todo acto de imperar. Yo siento mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su antipatía hacia la fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más nos importa en el pasado, y si la excluimos del porvenir sólo podremos imaginar una humanidad caótica. Pero también es cierto que con sólo la fuerza no se ha hecho nunca cosa que merezca la pena. Solitaria, la violencia fragua pseudoincorporaciones que duran breve tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. ¿No salta a la vista la diferencia entre esos efímeros conglomerados de pueblos y las verdaderas, sustanciales incorporaciones? Compárense los formidables imperios mongólicos de Genghis-Khan o Timur con la Roma antigua y las modernas naciones de Occidente. En la jerarquía de la violencia, una figura como la de Genghis-Khan es insuperable. ¿Qué son Alejandro, César o Napoleón, emparejados con el temible genio de Tartaria,el sobrehumano nómada, dominador de medio mundo, que lleva su yurta cosida en la estepa desde el Extremo Oriente a los contrafuertes del Caúcaso?

 Frente al Khan tremebundo, que no sabe leer ni escribir, que ignora todas las religiones y desconoce todas las ideas, Alejandro, César, Napoleón son propagandistas de la Salvation Army. Mas el Imperio tártaro dura cuanto la vida del herrero que lo lañó con el hierro de su espada; la obra de César, en cambio, duró siglos y repercutió en milenios. En toda auténtica incorporación, la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma nacional".

 

 

Principio del formulario



 

domingo, 23 de septiembre de 2012

Libro de mes (Julio 2012): Título: "Biblia y Corán".





El autor del libro es Joachim Gnilka, profesor de exégesis del Nuevo Testamento y de hermenéutica de la Universidad de Munich. Goza de amplio prestigio internacional y es autor de nuerosas publicaciones traducidas a varias lenguas.

El libro, publicado aquí, pretende dar una luz en los elementos que unen y en los que separan la Biblia y el Corán. Veamos un fragmento del mismo:


"Mahoma comprendió, a través de su propia experien­cia, que sólo con recursos pacíficos era imposible llevar a la fe a las tribus árabes y, sobre todo, que no se podía hacer entrar en razón a los obstinados mequíes. Los enfrenta­mientas más destacados fueron las batallas de Badr (624) .- de Uhud (625) y la así llamada «Guerra del Foso» (627), en los alrededores de Medina. En la batalla de Uhud reci­bió Mahoma una herida de espada.
En el Corán encontramos numerosas referencias a estas campañas, a menudo con detalles muy concretos. Para nosotros son más interesantes las declaraciones que justifican estos enfrentamientos armados. "A partir de este momento, a quienes sufren agresiones les está permitida la defensa armada, aunque es Dios poderoso para otorgar­les la victoria (sin necesidad de que ellos intervengan). Fueron injustamente expulsados de sus hogares sólo porque declaraban: ¡Dios es nuestro Señor!» (sura 22,39s).

"Combatidles hasta que no haya lugar para el desorden ni más doctrina que la de Dios» (8,39). En sus combates Mahoma daba por descontado que los ángeles acudirían en su ayuda (3,124; 8,9). La recuperación de La Meca fue la culminación victoriosa de todas sus iniciativas. Se consiguió a través del pacto o las negociaciones de Hudaybiyya (v sura 48.18s) que ponía en manos de los musulmanes la custodia de la Caaba. Mahoma ordenó un cambio en la dirección de la oración. Hasta entonces, y al igual que los judíos, en sus oraciones, los musulmanes se orientaban hacia Jerusa­lén, pero en adelante debería hacerse en dirección a La Meca. Los enfrentamientos bélicos alcanzaron en el cur­so de los años una dimensión que afectaba a todas las tribus árabes. Mahoma tuvo en este campo una actuación brillante. Los investigadores están de acuerdo en la idea de que el ejemplo de Mahoma sirvió de modelo para las futuras generaciones islámicas. Comparemos también el fin de ambos personajes. En la etapa final de su-relativamente corta- actividad, Jesús se dirigió a Jerusalén, la capital judía, probablemen­te con el propósito de incitar al pueblo, desde aquel lugar céntrico, a tomar una decisión. Celebró en el círculo de sus seguidores más íntimos una cena de despedida que estuvo ensombrecida por la certeza de su inminente muer­te. Jesús fue rechazado y se le condenó a morir en la cruz. La acusación que se dirigía contra él era de signo político: rey de los judíos (Mc 15,26). La impresión externa es la de un fracaso total. Su grito al morir parecía ser la confir­mación de este fracaso. Pero los acontecimientos posterio­res demostraron que esta impresión era errónea. La inter­vención de Dios en la resurrección de Jesús de entre los muertos echó los fundamentos de la Iglesia. En cuanto a Mahoma, en marzo del año 622, poco antes de morir, se dirigió por última vez a La Meca. Fue su peregrinación de despedida. Tomó posesión definiti­va de la Caaba y fijó las normas de la peregrinación. Murió el mes de junio, en Medina, donde recibió sepultura.
Es indispensable añadir algunas palabras acerca de la relación de Mahoma con las mujeres, no para verter acusaciones, sino simplemente porque es aquí donde se percibe de singular manera un modo de ser árabe distinto del cristiano. En el Coránse alude repetidas veces a las esposas del profeta­. Tras el matrimonio monógamo con Jadicha practicó la poligamia.  A los varones musulmanes se les permitía hasta cuatro esposas, pero el Profeta, «a diferencia de los fieles», podía tener muchas más, como confirma la sura 33,50. R. Paret habla de trece mujeres con las que mantuvo  comunidad conyugal. Podía repudiarlas y tomar otras otras. Se le acusa de haberle quitado la esposa a su hijo adoptivo Zaid. En la sura 66,3-5 se mencionan disputas de harén.
Lo único que podemos decir es que  esta conducta concuerda con el estilo de vida dominado por los hombres  en la vieja cultura de las tribus árabes. Se trata de un  sistema que tiene componentes sociales y, en el caso de Mahoma, también aspectos políticos: relaciones de parentesco con los jefes tribales."






sábado, 7 de julio de 2012


Libro del mes (Junio 2012): "El opio de los intelectuales"

El autor de este libro es Raymond Aron, filósofo, sociólogo y comentarista político. Presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas en Francia.

En este libro nos habla del "opio de los intelectuales",  cuando se dejan arrastrar por dogmatismos e ideologías y son incapaces de ejercer un pensamiento crítico y libre.

Veamos algún fragmento de su libro:

"¿Merecen tanto honor las revoluciones? Los hombres que las piensan no son los que las hacen. Quienes las comienzan viven raramente su epílogo, salvo en el exilio o la prisión. ¿Son realmente los símbolos de una humanidad dueña de sí misma, si ningún hombre se reconoce en la obra surgida del combate de todos contra todos?
REVOLUCIÓN Y REVOLUCIONES
Se entiende por revolución, enel lenguaje corriente de la so­ciología, la sustitución repentina, por la violencia, de un Po­der por otro. Admitiendo esta definición, se eliminarán cier­tos usos de la palabra que crean equívoco o confusión. En una expresión como Revolución industrial, el término evoca simplemente cambios profundos y rápidos. Cuando se habla de revolución laborista, se sugiere la importancia, supuesta o real, de las reformas cumplidas por el gobierno británico en­tre 1945 y 1950, pero estos cambios no son brutales ni están acompañados por vacancias de legalidad, no constituyen un fenómeno histórico de la misma especie que los acontecimien­tos de 1789 a 1797, en Francia, o de 1917 a 1921, en Rusia. La obra laborista, en esencia, no es revolucionaria en el senti­do en que este calificativo se aplica a la de los jacobinos o los bolcheviques.

Aun descartando los usos abusivos, subsiste algún equívo­co. Los conceptos no recubren nunca los hechos exactamente; los límites de aquellos están trazados con rigor, los límites de estos son flotantes. Podrán enumerarse múltiples casos en que sería legítima la duda. El ascenso al poder del nacionalsocialis­mo fue legal y la violencia ordenada por el Estado. ¿Se hablará de revolución a causa de lo repentino de los cambios ocurridos en el personal del gobierno y en el estilo de las instituciones, a despecho del carácter legal de la transición? En el otro extre­mo, los pronunciamientos* de las repúblicas sudamericanas, ¿merecen el calificativo de revolución, cuando reemplazan un oficial por otro, en rigor un militar por un civil o inversamen­te, sin marcar el paso real de una clase dirigente a otra, ni de un modo de gobierno a otro? A un trastorno efectuado en la legalidad, le faltan las características de la ruptura constitu­cional. A la sustitución repentina, con o sin tumultos sangrien­tos, de un individuo por otro, a las idas y venidas del palacio a la prisión, le faltan las transformaciones institucionales.

Apenas importa responder dogmática mente a estas cues­tiones. Las definiciones no son verdaderas o falsas, sino más o menos útiles o convenientes. No existe, salvo en un cielo desconocido, una esencia eterna de la revolución: el concepto no sirve para aprehender ciertos fenómenos y para ver claro en nuestro pensamiento.

Nos parece razonable reservar el término de golpe de Esta­do tanto para el cambio constitucional decretado ilegalmente por quien detenta el Poder (Napoleón III en 1851) como para la toma del Estado por un grupo de hombres armados, sin que esta toma (sangrienta o no) acarree el advenimiento de otra clase dirigente de otro régimen. La revolución significa algo más que el «quítate de ahí que me pongo yo». Por el contrario, la ascensión de Hitler permanece revolucionaria, aunque haya sido nombrado legalmente canciller por el pre­sidente Hindenburg. El empleo de la violencia ha seguido, antes que precedido, a esta ascensión y, al mismo tiempo, han faltado algunos de los caracteres jurídicos del fenómeno revo­lucionario. Sociológicamente, vuelven a encontrarse los ras­gos esenciales: ejercicio del poder por una minoría que elimi­na despiadadamente a sus adversarios, crea un Estado nuevo, sueña con transfigurar a la nación. Estas querellas acerca de palabras, solo tienen, reducidas a sí mismas, una mediocre significación, pero, con mucha frecuencia, la discusión respecto a la palabra revela el fondo del debate. Recuerdo que en Berlín, en 1933, la controversia preferida de los franceses se refería al tema: ¿se trata o no de una revolución? No se preguntaban, razonablemente, si la apariencia o el disimulo legal impedía o no la referencia a los precedentes de Cromwell o de Lenin. Antes bien, se negaba con furor --como hizo uno de mis interlocutores en la Socie­dad Francesa de Filosofía en 1938- que el noble término de Revolución pudiera aplicarse a acontecimientos tan prosai­cos como los que agitaban en 1933 a Alemania. Y, sin em­bargo, ¿qué más puede exigirse que el cambio de hombres, de clase dirigente, de constitución, de ideología? ¿Qué respuesta daban los franceses de Berlín, en 1933, a dicha cuestión? Unos hubieran respondido que la legalidad del nombramiento del 30 de enero, la ausencia de tumultos en las calles, constituían una diferencia fundamental entre el adveni­miento del Tercer Reich y el de la República de 1792 o el co­munismo de 1917. Poco importa finalmente que se reconoz­can dos especies del mismo género o dos géneros diferentes.


Otros negaban que el nacionalsocialismo realizara una re­volución, porque lo juzgaban contrarrevolucionario. Se tiene derecho a hablar de contrarrevolución cuando se restaura el Antiguo Régimen, cuando vuelven al poder los hombres del pasado, cuando las ideas o instituciones que los revoluciona­rios de hoy traen consigo son las que habían eliminado los revolucionarios de ayer. Aun aquí, son numerosos los casos marginales. La contrarrevolución nunca es enteramente una restauración y toda revolución niega siempre por una parte a la que la ha precedido y, por ello, presenta algunos caracteres contrarrevolucionarios. Pero ni el fascismo ni el nacionalso­cialismo son entera o esencialmente contrarrevolucionarios. Retornan algunas fórmulas de los conservadores, sobre todo los argumentos que estos utilizaron contra las ideas de I789. Pero los nacionalsocialistas atacaron la tradición religiosa del cristianismo, la tradición social de la aristocracia y del liberalismo burgués: la «fe alemana», el encuadramiento de las masas, el principio del jefe, tienen una significación pro­piamente revolucionaria. El nacionalsocialismo no señalaba un retorno al pasado, rompía con este tan radicalmente como el comunismo.
En verdad, al hablar de Revolución, cuando nos pregun­tamos si talo cual ascensión repentina y violenta al Poder es digna de entrar o no al templo donde imperan I789, las Tres Gloriosas, «los diez días que conmovieron al mundo», nos referimos más o menos concientemente a dos ideas: las revo­luciones tal como se las observa en innumerables países, san­grientas, prosaicas, decepcionantes, solo se semejan a la Re­volución a condición de invocar la ideología de izquierda, humanitaria, liberal, igualitaria, sólo se cumplen plenamente a condición de arribar a una inversión de las relaciones ac­tuales de propiedad. En el plano de la Historia, estas dos ideas son simples prejuicios.
Todo cambio de régimen súbito y brutal provoca fortunas y quiebras igualmente injustas, acelera la circulación de los biene~ y de las élites, no proporciona necesariamente una concepción nueva del derecho de propiedad. Según el mar­xismo, la supresión de la propiedad privada de  instru­mentos de producción constituiría el fenómeno esencial de la Revolución. Pero, tanto en el pasado como en nuestra época, el hundimiento de los tronos o de las repúblicas, la conquista del Estado por minorías activas, no siempre ha coincidido con un trastorno de las normas jurídicas. No cabría considerar inseparables la violencia y los valores de izquierda: la inversa se aproximaría más a la verdad. Un poder revolucionario es, por definición, un poder tiránico. Se ejerce a despecho de las leyes, expresa la voluntad de un gru­po más o menos numeroso, se desinteresa y deben desintere­sarse por los intereses de talo cual fracción del pueblo. La fase tiránica dura mayor o menor tiempo según las circunstancias, pero nunca se llega a obviarla -o, más exactamente, cuando se consigue evitarla, hay reforma, no revolución. La toma y el ejercicio del poder por la violencia suponen conflictos que la negociación y el compromiso no logran resolver; en otras pa­labras, el fracaso de los procedimientos democráticos. Revo­lución y democracia son nociones contradictorias. Es, desde luego, igualmente desatinado condenar o exal­tar por principio las revoluciones. Siendo hombres y grupos como son -obstinados en la defensa de sus intereses, escla­vos del presente, raramente capaces de sacrificios, aunque estos preservaran el porvenir, propensos a oscilar entre la re­sistencia y las concesiones antes que elegir virilmente un par­tido (Luis XVI no logró ponerse a la cabeza de sus ejércitos ni arrastrar consigo a los «ultras» o a los partidarios del com­promiso)-, las revoluciones seguirán siendo probablemente inseparables de la marcha de las sociedades. Con mucha fre­cuencia una clase dirigente traiciona a la colectividad que tie­ne a su cargo...."

lunes, 7 de mayo de 2012

Libro del mes(mayo 2012):El periodismo canalla y otros artículos.

El libro del mes (mayo 2012): "El periodismo canalla y otros artículos".Este libro pertenece al escritor y periodista estadounidense TOM WOLFE,
representante del "nuevo periodismo".
Este libro trata de la decadencia de Estados Unidos demostrada en sus tendencias sociales e intelectuales de la época actual.

Veamos un fragmento del libro:

"Entretanto, los jóvenes estaban expuestos a un bombar­deo tan intenso y continuo de estímulos sexuales que apren­dían lo que era estar excitados mucho antes de llegar a la ado­lescencia. En la pubertad, los diques se rompían (si es que aún quedaba alguno en pie). En el siglo XIX la gente llenaba sus es­tanterías con grandes novelas, como Ana Karenina o Mada­me Bovary, en las que se subrayaba la conveniencia de que las mujeres permanecieran castas o en todo caso mantuvieran una apariencia de castidad. En los Estados Unidos del año 2000, Tolstói y Flaubert habrían estado condenados al ostra­cismo. A partir de los trece años, las niñas estadounidenses recibían presiones para que ofrecieran una apariencia de experiencia sexual y sofisticación. Entre las chicas adolescenteses ser «virgen »equivalía casi a un insulto. La expresión «tener una cita» -que aludía a una práctica en la que un chico invi­taba a salir a una chica para llevarla al cine o a cenar- había quedado más anticuada que «proletariado», «pornografía» o «perversión». En el último curso de bachillerato y en la uni­versidad, los chicos y las chicas salían en grupos, por separa­do, con la esperanza de encontrarse casualmente. Si lo hacían y a una chica le gustaba el aspecto de determinado chico, ella le hacía una seña, o él se la hacía a ella, y los dos se retiraban a una habitación para «enrollarse».
En el año 2000, «enrollarse» era una palabra familiar para cualquier chaval estadounidense de más de nueve años, pero sólo un pequeño porcentaje de los padres conocía su verdade­ro significado. Entre los jóvenes, «enrollarse» implicaba siem­pre una experiencia sexual, aunque la naturaleza y el alcance del acto variaba mucho. En el siglo xx, las jóvenes estadouniden­ses empleaban la jerga del béisbol para referirse a los distintos grados de intimidad sexual. «Primera base» significaba abra­zarse y besarse; «segunda base» equivalía a acariciarse o toque­tearse, lo que popularmente se conocía como «meterse mano»; «tercera base» era una felación, lo que en una conversación formal se describía con la ambigua expresión de «sexo oral»; y finalmente, «llegar a la base meta» implicaba mantener un coi­to o, en términos más corrientes, «llegar hasta el final». En el año 2000, la era de «los rollos», «primera base» significaba be­sos de lengua (<<de tornillo») con manoseo; «segunda base», sexo oral; «tercera base», llegar hasta el final; y «llegar a la base meta», presentarse mutuamente.
Sin embargo, era bastante raro que una chica conociera el nombre del chico con el que se había enrollado; por lo tanto, la típica anotación en el diario de una joven que la noche ante­rior se había liado con alguien podía ser así: «Chico con cami­seta negra de Wu- Tang y pantalones militares: 0, A, 6.»... ° o bien: «Capullo diésel-en la jerga juvenil estadounidense, in­dividuo que ha desarrollado su musculatura haciendo pesas­que repetía todo el rato "Esto es la hostia": HCT 3.» Las le­tras aludían a las prácticas sexuales (HCT, por ejemplo, signi­ficaba «historia con taza» ), y los números calificaban el grado de satisfacción en una escala del 1 al 0.

En el año 2000, las chicas usaban la expresión «tirarse a al­guien» para aludir a su papel activo en la conquista sexual, como en: «Todo fue muy rápido, pero me tiré a ese diésel que dijo que tenía que volver a casa y cafeinarse [tomar café para mantenerse despierto y estudiar] para el examen de psico.» En el siglo xx, sólo los jóvenes varones hablaban de «tirarse» a al­guien; por ejemplo: «Anoche por fin me tiré a Susan.» El hecho de que las chicas comenzaran a utilizar la misma locución refle­jaba una de las grandes ironías de las relaciones entre los sexos en el año 2000. El continuo auge del feminismo había facilitado  la vida sexual del hombre, a veces hasta el punto de volverlo indiferente. Las mújeres habían llegado a convencerse de que debían ser tan actias como los hombres a la hora de tomar la iniciativa. Y ellos aceptaban de buena gana las nuevas reglas, ya que los liberaba de cualquier responsabilidad y, mejor aun, de la  obligación de ser galantes. Cuande.surgía el tema del matri­monio, los hombres adoptaban una actitud históricamente fem­enina excusándose en su dehilidad e indecisión: «No sé. Creo que todavía no estoy preprado. O bien: Claro que te quiero, pero ya sabes que ese tema me pone nervioso.....
 

Las chicas adolescentes de todas las extracciones sociales comentaban su vida sexual con cualquier desconocido sin el menor rastro de pudor o malicia. Un periódico de la ciudad de Nueva York envió a un reportero a la calle para que pre­guntara: «¿ Cómo perdiste la virginidad?» Tanto las chicas como los chicos respondieron sin titubear, posaron para la
fotografía y no tuvieron reparos en facilitar su nombre, edad y lugar de residencia.
Los estigmas asociados con el sexo estaban desapareciendo. A principios del siglo xx, la palabra "cohabitación".definía la vergonzosa convivencia. de un hombre y una.mujer que no estaban casados. En el año 2000 ninguna persona menor de cuarenta años había oído esta palabra, ya que la cohabitación era la forma habitual de noviazgo en Estados Unidos.
Uno de los problemas de protocolo más conflictivos para los padres que superaban los cuarenta era la asignación de habita­ciones durante las visitas de sus hijos. Si el hijo o la hija acudía con su pareja a pasar el fin de semana en el domicilio paterno, . ¿había que alojarlos en el mismo dormitorio, demostrando así un consentimiento tácito ante el hecho consumado? ¿O era preferible darles cuartos separados y después permanecer sin pegar ojo, temiendo oír pasos en el pasillo de madrugada?

Asignar habitaciones separadas era, sin lugar a dudas, una postura anticuada; y en el año 2000, gracias al fervor popular por el sexo y el atractivo sexual, nadie deseaba pasar por viejo, y mucho menos por anticuado. Según la prensa, en la ciu­dad de Baltimore algunas abuelas llevaban pendientes de oro en las cejas, la lengua y los labios para parecer más jóvenes, ya que el body-piercing era una moda muy difundida entre los adolescentes y los jóvenes de poco más de veinte años.
Las embarazadas se ponían este tipo de pendientes en el ombligo
para evitar que la deformidad del embarazo las hiciera sentir­se viejas. Un ex senador y candidato a la presidencia apareció en televisión para contar que acababa de recuperarse de un es­tado de «incapacidad» y recomendar a los hombres maduros que tomaran un fármaco llamado Viagra, que los liberaría de lo que definió como una de las lacras de los tiempos moder­nos, la enfermedad que nadie se atrevía a llamar por su nom­bre: la impotencia. Él tampoco se atrevió a llamarla por su nombre y empleó las siglas «D.E.»: disfunción eréctil. Las compañías de seguros sufrían presiones para que clasificaran la impotencia de los ancianos como una enfermedad y paga­ran el tratamiento correspondiente.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la población madura de Estados Unidos rezaba: «Por favor, Dios, no per­mitas que parezca pobre.» En el año 2000, rogaban: «Por fa­vor, Dios, no permitas que parezca viejo.» El atractivo sexual era sinónimo de juventud, y la juventud mandaba. La enfer­medad más extendida asociada con la edad no era la senilidad, sino la obsesión por parecer joven. El ideal social era aparen­tar veintitrés años y vestir como si no se pasara de los trece. A lo largo y ancho del país, hombres y mujeres mayores se ves­tían de manera informal en cualquier ocasión, usando tejanos, zapatillas de deporte a rayas, pantalones cortos, camisetas, sudaderas, cazadoras y jerséis chillones, sin preocuparse de si esas prendas revelaban las tristes curvas, protuberancias, col­gajos y venas varicosas de sus vetustos cuerpos.
De hecho, en la sociedad estadounidense del año 2000 la gente invertía las normas de indumentaria que habían regido durante siglos, por no decir milenios. ¿ El vestuario de los ri­cos y poderosos reflejaba acaso la omnipotencia de la nación? Al contrario. En el año 2000, la mayoría de los milmillonarios -la prensa ya no se fijaba en hombres que valían únicamente 500 o 750 millones- vivían en los condados de San José y Santa Clara, en California, una zona conocida en todo el país, con mítica admiración, como Silicon Valley, el novísimo centro de la informática e Internet. En 1999, sólo la industria de Internet había producido catorce nuevos milmillonarios. La mitología  de Silicon Valley abundaba en sagas de hombres jóvenes que habían emprendido su aventura comercial solos y creado su propia compañía recién salidos de la universidad o,

mejor aún, que habían dejado los estudios universitarios para lanzar sus «start-ups», como se llamaba a estas nuevas empresas de  la era digital. Eran los nuevos Amos del Universo, un término acuñado en la década de los ochenta para describir a los (vulgares)  megamillonarios que engendró Wall Street duurante el apogeo de los bonos de inversión. Comparados con jóvenes milmillonarios, los hombres de Wall Street parecían lentos­ y aburridos, a pesar de que en el año 2000 la bolsa pasaba  por un período de auge económico. La mayoría de esos individuos terminaba una carrera universitaria, trabajaba corno esclavos durante unos tres años en una gran compañía financiera, pasaba otros dos años en la universidad para consguir­ un máster en Administración de Empresas y finalmente volvía­ a trabajar en una financiera con la esperanza de empezar  a amasar una auténtica fortuna más o menos hacia los treinta. La monotonía de su indumentaria simbolizaba la uniformidad­ de esa profesión. Hasta los más jóvenes vestían como viejos: el aburrido traje azul marino, la tediosa camisa clara, la insulsa corbata de Herrnes ... Muchos incluso usaban tirantes de seda.
Los nuevos Amos del Universo transformaron este pano­rama. En el restaurante Il Fornaio de Palo Alto, California, donde se reunían a la hora del desayuno para intercambia batallitas y tarjetas comerciales, los milmillonarios cruzaban la puerta con pinta de mendigos, afeitados y con la ropa planchada, pero mendigos al fin. Vestían pantalones "dokers" mocasines náuticos (sin calcetines) y vulgares camisas de algodón arremangadas y abiertas hasta el ombligo. eso era todo. Si alguien entraba en el restaurante vestido con traje y corbata, era muy posible que lo confundieran con el maitre. pues en Silicon Valley, usar corbata constituía una deshonra, pues indicaba que uno era cualquier cosa menos un Amo del Universo.

viernes, 13 de abril de 2012

Libro del mes (Abril 2012):Mito, semántica y realidad.

En este libro, Luis Cencillo, que fue profesor numerario de la Universidad de Madrid, doctor en Filosofía y Derecho, licenciado en Filología clásica y Teología, trata de rebatir el error de considerar a los mitos como contenidos llenos de irrealidad y falsedad sin se capaces de apreciar los valores de verdad de los mitologemas que se encuentran en los contenidos y significados.
Veamos algún fragmento del libro:

"Afirmar otra cosa y pretender reducir el pensar humano a mero reflejarse sin continuidad ni densificación de la anécdota del momento en una conciencia meramente fotográfica es vio­lentar la realidad del pensamiento humano, es ser infiel al hombre e ir contra toda su experiencia.
Y si entre los saberes sapienciales ha de haber alguno que se haya mantenido en un contacto asiduo en una estrecha colaboración con la acción, pero con una acción no industrial ni puramente económica, sino vivenciadora de lo que el_hom­bre es y de lo que en su profundidad le afecta, éste ha sido el mito que no se originó, ni en su época creadora procedió, de una especulación desencarnada y meramente esteticista de algún individuo particular, sino que se fue densificando a base de acciones rituales y de vivencias intensas de todo tipo que el ser humano iba experimentando colectivamente en su asiduo contacto con las diversas realidades y fuerzas de su mundo en pleno proceso de autoformalización.
No es pues, el mito una especulación teorética, debida a individualidades poéticas y esteticistas,sino verdadera práxis concienciada, aunque ello haya tenido que suceder de modo simbólico y metafórico.

_A este respecto conviene tener en cuenta dos puntos im­portantes: ni todo el instrumental conceptual y expresivo, legítimo ha de identificarse y agotarse en la terminología matemática y científico-técnica creada en el período que va de los siglos XVII-XVIII al XX, ni todas las fuerzas que intervienen en la dinámica histórica y vital del ser humano tienen que ser de naturaleza exclusivamente económica.


El mito genuino viene precisamente a reflejar la interacción impulsora y constiItutiva de realidad- para-el-hombre del com­plejo haz de fuerzas de todo tipo: económicas, por supuesto, y no en un segundo plano en cuanto a su importancia; pero también culturales (que no tienen por qué reducirse a una mera supraestructura sin realidad propia, a no ser que se parta de una ideología meramente postulada y no científicamente probada), sociales, morales, cosmovisionales, vitales e íntimas (como obedeciendo a sentidos profundos y totales captados más allá de la dimensión económica de la vida, a no ser que se re­duzca el ser humano a priori a una mera resultante mecánica del juego de las fuerzas económicas, (lo cual es también ideolo­gía precientífica): fuerzas y dimensiones todas que han sido en las primeras etapas de su evolución, y durante el período más dilatado de su historia, la realidad a la que había invencible­mente que atenerse.

Los racionalismos simplificaron en nombre del «método» la realidad del hombre, sin duda con exceso, y éste llegó a creer poderla y poderse dar expresión a base de conceptos abstractos y matemáticos y de categorías estadísticas y técnicas.

Evidentemente, a base de tales categorías míticas, no se podían obtener resultados positivos en_el sentido del progre­so técnico, pero es que ni siquiera, se orientaban hacia este terreno, sino que pretendían exclusivamente hacer conectar eficazmente el desfondamiento radical del ser humano con el resto de toda la realidad posible, cósmica y extracósmica, en su plenitud de sentido, constituyendo un horizonte de valor capaz de dotar a su vida del equilibrio necesario entre sus fuer­zas elementales y su realización específicamente humana y de armonizar una multitud de dimensiones dispares de su convi­vir (aunque en muchos casos tuviese como consecuencia, al hipotrofiarse determinados elementos del mito, una serie de terrores y de costumbres supersticiosas y por lo mismo alie­nantes). Las matemáticas y la técnica, han contribuido a un efec­tivo progreso material e instrumental, pero no han sido ca­paces de dar una base suficiente al desfondamiento humano y cuando han pretendido erigirse en saber sapiencial, capaz de valorar al hombre en la totalidad de sus dimensiones, han introducido el desequilibrio, la duda, la decepción de la vida por haberla reducido a mera función económica ,ya sin otros sentidos más profundos y con ello han venido a introducir nuevos terrores y nuevas supersticiones de otro tipo, per no menos alienantes, entre otros el de la asfixia del hombre en un mundo sin sentido, el del cansancio de vivir al servicio de intereses impersonales y meramente materiales, o la supersti­ción de la producción por la producción".