miércoles, 26 de diciembre de 2012
Libro del mes (diciembre 2012): Motivos de la España eterna.
El autor de este libro es José Corts Crau, catedrático del Derecho en la Universidad de Valencia en 1941.
El libro es un fervoroso alegato en defensa de una Patria Grande.Veamos un fragmento del mismo:
"¿Confundiremos otra vez la convivencia con la conllevancia?
Sólo la anemia del sentimiento nacional explica que un agudo maestro propusiera, como modus vivendi, el conllevarnos: los huesos de Kant debieron de derretirse de gusto. Tan sólo esa anemia explica el modo rutinario con que le ofrecemos a la Patria nuestros hijos, la degeneración en frío requisito burocrático de lo que debiera tener rito y efusión cuasi bautismal.
Los mismos conceptos reconquistables de Patria, Nación y Estado han de interpretar lo temporal en función de lo eterno. La eternidad no se mide con medidas de tiempo; pero el tiempo se concierta con la eternidad. Nuestro ser vive transvasado de eternidad, y en los trances culminantes -no precisamente los más aparatosos- de nuestra aventura vital, lo temporal y lo eterno laten isócronos en nuestro corazón.
Hay una comunión de la Patria, como hay --con las debidas salvedades- una Comunión de los Santos. La grandeza de los pocos pasa a ser patrimonio de todos, la aureola del héroe cede una chispa de su resplandor al apocado, incluso las glorias de un siglo vienen a proyectar un eco de su fama en los decadentes. Pues bien, esa proyección sería imposible si en la Patria no hubiera huellas y horizontes supraterrenos: sólo en la inmensidad de Dios navegan y anclan y viran dignamente estas naves que son las naciones.
Por eso la raíz del patriotismo no es el orgullo de casta, ni el odio allende las fronteras, ni la ambición, ni el apego sensible a nuestras cosas, sino la capacidad de abnegación y sacrificio. Y así como los místicos juzgan naderías las grandezas del siglo y van desdeñando impertérritos en su camino de perfección un sinfín de deliquios y fervorcillos que gentes menos avisadas toman por prenda segura de santidad, así nosotros en este instante decisivo de nuestra historia debemos desdeñar todo afán y lucro que no mire de algún modo al espíritu. En estas raíces hay que buscar la dignidad y la verdadera riqueza: lo demás, como se nos dió siempre, se nos dará por añadidura."
2
viernes, 7 de diciembre de 2012
Libro del mes(noviembre 2012): Tenga usted éxito en su muerte
Fabrice Hadjadj, nacido en Túnez en 1971, es profesor de Filosofía y Literatura en Francia y colaborador habitual de "Le Figaro".
Este autor nos descubre una mirada de frente a la muerte donde se asocian la ruptura de nuestras esperanzas terrenas y el deseo eterno de bienaventuranza. En esta asociación se descubre el verdadero sentido de la muerte. Veamos un fragmento de su obra:
"El tiempo humano, siendo esperanza, es apertura a un más allá. Es, en esencia, un a-diós. De ahí su carácter trágico, aunque asimismo mesiánico. Deseo la felicidad, pero mi muerte y mi impotencia me muestran que yo no podría procurármela por mí mismo: tengo que esperarla de otro. Y ese otro no puede ser solamente otro hombre, tan limitado y falible como yo. Tengo que apelar a una potencia de lo alto. El tiempo me lleva a la paciencia y a la plegaria. La esperanza a que me obliga remite de mí mismo a una alteridad radical: es una esperanza que rompe mi orgullo y que me invita, desde ahora, a abrirme a los demás y, por encima de todo, al Otro salvador. N o lo digo por ser judío. Tampoco por ser cristiano. Es un hecho real. O mejor, es que la realidad es judeocristiana. Yo no tengo nada que ver. Intenté, en otro tiempo, hacer que se pareciera a mis mejores sentimientos, convertida al agnosticismo. No tuve éxito.
Nuestra condición es precaria. No estamos seguros del mañana. No tenemos la seguridad de que se realicen nuestros proyectos. El porvenir es imprevisible. Y la única cosa que puedo prever con toda certeza, a saber, mi muerte, no es nada sobre lo que yo me pueda apoyar. Mi suerte, lo adivino, no pende sólo de mi propia voluntad, sino de una potencia superior. De ahí la necesidad de rezar. No se trata de evasión, sino de realismo. "Rezar", en latín, se dice precare. Si nuestra condición es precaria, no podemos asumirla sin rezar. La llamada valentía, que pretende no experimentar esa necesidad, se niega a mirar de frente esa precariedad: imagina controlar la situación, o bien pretende desentenderse de ella con el pretexto de la total impotencia. Reencontramos la arrogancia optimista y el hastío cínico. Pero tanto la una como la otra, a escondidas, elevan sus pequeños altares y encienden sus velitas. Todo pende de un hilo. Tenemos necesidad de informar de ello a lo invisible, de que el hilo no se rompa, de que las cosas nos sean propicias.Todos los hombres rezan. Ruegan a sus jefes de empresa, ruegan a sus mujeres o a sus muros, ruegan, en los lugares públicos, que no fumemos. Se dan cuenta rápidamente de que ello no es suficiente y, a lo largo de la jornada, en el fluir de sus pensamientos, arrojan al vacío tal o tal deseo, como se arroja una botella al mar. El pequeño Isidore, en su infancia, hablaba con un amigo interior. Lo llamaba Léonard. Le pedía que le ayudara en sus juegos. Más tarde tuvo un cuchillo suizo. Con ese cuchillo suizo, se sentía muy superior a los otros niños. Se sentía capaz de conseguido todo. El cuchillo suizo tenía un poder que superaba el de sus múltiples hojas, como el sacacorchos y el cortauñas. Se había convertido en un amuleto. A veces, Isidore le hablaba. Cuando se tuvo que examinar para obtener el graduado escolar, fue a la iglesia con su abuela y puso un cirio para San José. Qué decir cuando llegó la hora de aprobar el bachillerato. En cada examen importante, no olvidaba la pluma con la que, un día, había sacado un ocho en matemáticas. Y luego suplicaba a su abuela ya difunta: "Rita, tú que ya estás arriba, haz que pase de cinco, que pase de cinco". Una tarde, en la notaría, un cliente togolés le dio una gran semilla de calabaza que, puesta bajo la almohada, despertaba la inteligencia: después de un mes, Isidore habría podido pensar que la cosa funcionaba, puesto que su inteligencia le hizo comprender que aquello no funcionaría, y dejó de dormir encima. Se compró una estatuilla de Buda. Después de eso, uno puede afirmar con fundamento que no cree en Dios, pero no por eso se aferra menos a las nadas: corbata rosa de la buena suerte, herradura y pata de conejo, mano de Fátima, rayas de la propia mano, madera que se toca rápidamente (oh lejano recuerdo de la Cruzl), horóscopo Tauro con ascendente en Virgo, Yi-king de la casa Albin Michel, "fetiches de Oceanía y de Guinea" que son los "Cristos inferiores de las oscuras esperanzas".22 El ex-El exrecordman mundial de salto de pértiga, Thierry Vigneron, se volvía a poner siempre el slip con el que había ganado la medalla de oro. Era un slip sagrado. De tipo canguro.
Sería capaz, gracias a él, de saltar más alto. Hasta el cielo quizás.Desde el momento en que se abandona la rectitud de la piedad, se cae rodando en el racionalismo y la superstición. En los dos a la vez o en uno tras otro, según la hora del día. El racionalismo para la pequeña porción de la realidad que se llega a comprender. La superstición para la inmensa región que se nos escapa y cuyos favores, no obstante, se quieren atraer. Lichtenbergi lo confesaba de buena gana: "Uno de los rasgos más sobresalientes de mi carácter es, ciertamente, la extraña superstición por la que extraigo de cada cosa un presagio, y hago en un mismo día de mil cosas un oráculo. [ ... ] Hasta el movimiento de un insecto me da respuesta a cuestiones sobre mi destino. ¿No es esto algo singular en un profesor de física?" A decir verdad, no es tan singular. Todo hombre se inquieta por su destino. La precariedad de nuestra condición temporal lo quiere así. Ahora bien, las ciencias experimentales, si bien pueden decirnos algo sobre las zonas de nuestro córtex o sobre las funciones de nuestro bazo, no nos dicen nada sobre nuestro destino. Hay que buscar en otra parte. Y, si uno no se remite razonablemente a la Providencia, se esfuerza en buscar signos en los posos del café o en el vuelo de un abejorro. Si no se ruega a Dios, se mendiga el socorro de un ídolo cualquiera, aunque sea la propia razón. Por lo que se refiere al mesianismo en sentido estricto, es decir, no sólo a una Providencia invisible que nos acompaña en el curso de nuestra existencia, sino a un Salvador que viene al fin de los tiempos, su pensamiento es imposible de extirpar en nosotros. Las canciones de amor, que dejan a los arroyos del corazón seguir libres su curso hacia el río, lo muestran hasta el empalago: cuando Blancanieves canta "Un día llegará mi príncipe", cuando Billie Holliday lloriquea inefablemente "Louer rnan, oh where can you be', cuando Dalida, con un ojo en cada uno de los fines, arrulla el "Esperaré" o cuando Claude Nougaro, con voz gutural y de cigarra, entona el "¡Ah!, lo verás", la voz se lanza siempre más allá del horizonte de este mundo, al encuentro de la Alegría prometida. Los que han intentado alejarse de ella, como Marx, sólo han conseguido fabricar mesianismos temporales. Acaban confundiendo vejigas con linternas," y linternas con mesías: Lenin, por ejemplo, Hitler o Jean-Bertrand Aristide. La técnica sigue siempre una misma lógica. La ambición de fabricar el Hombre Nuevo. Y es que nuestro tiempo, lleno de ruido y de furor, es congénitamente espera de un liberador. Así se explica la facilidad con la que todo un pueblo se echa a la calle tras un tirano prometedor o tras la utopía de moda. Sus expropiaciones se revelan enseguida perjudiciales. Lejos de liberar al pueblo, lo hunden más aún. A menudo con muy buenas intenciones. Pero el pobre pueblo no quiere aprender la lección. Al contrario, está tan abatido que se precipita tras el próximo falso mesías, tras la próxima planificación de la ciudad ideal. A menos que no acabe creyendo en el Mesías verdadero. Diógenes de Sínope iba con una linterna en la mano en pleno día. La ponía ante el rostro de los transeúntes y decía: "Busco un hombre". El filósofo cínico habla como la esposa del Cantar, o incluso como Edith Piaf. También él quiere oír: Ecce homo.Y hace presente que un hombre como éste, que rescatara a los hombres de su corrupción y de su miseria, sólo puede ser un Dios".
sábado, 27 de octubre de 2012
Libro del mes: Octubre 2012. "La elegancia del erizo".
Muriel Barbery, profesora de Filosofía, es la autora de esta novela, con la que consiguió el Premio de los Libreros Franceses. Nos revela, en esta obra cómo alcanzar la felicidad gracias a la amistad, al amor y al arte.
Veamos algún fragmento de la misma:
"¿Cómo transcurre pues la vida? Día tras día, nos esforzamos valerosamente por representar nuestro papel en esta comedia fantasma. Como primates que somos, lo esencial de nuestra actividad consiste en mantener y cuidar nuestro territorio de manera que éste nos proteja y halague, en subir o no bajar en la escala jerárquica de la tribu y en fornicar de cuantas formas podamos -aunque no fuere más que en fantasía- tanto por el placer como por la descendencia prometida. Para ello, empleamos una parte nada desdeñable de nuestra energía en intimidar o seducir, pues ambas estrategias bastan para asegurar la conquista territorial, jerárquica y sexual que anima nuestro conatus. Pero nada de todo ello lo percibe nuestra conciencia. Hablamos de amor, del bien y del mal, de filosofía y de civilización, y nos aferramos a esos iconos respetables como la garrapata a su perrazo caliente. A veces, sin embargo, la vida se nos antoja una comedia fantasma. Como sacados de un sueño, nos observamos actuar y, helados al constatar el gasto vital de energía que requiere el mantenimiento de nuestros requisitos primitivos, inquirimos estupefactos dónde ha quedado el Arte. Nuestro frenesí de muecas y miradas nos parece de pronto el colmo de la insignificancia, nuestro cálido nidito, fruto del endeudamiento de veinte años, una vana costumbre bárbara, y nuestra posición en la escala social, tan duramente alcanzada y tan eternamente precaria, de una zafia vanidad. En cuanto a nuestra descendencia, la contemplamos con una mirada nueva y horrorizada porque, sin el barniz del altruismo, el acto de reproducirse se nos antoja profundamente fuera de lugar. Sólo quedan los placeres sexuales; pero, arrastrados en la corriente de la miseria primigenia, vacilan ellos también, pues la gimnasia sin el amor no encuentra cabida en el marco de nuestras lecciones bien aprendidas.
La eternidad se nos escapa".
sábado, 13 de octubre de 2012
Libro del mes (septiembre 2012): "Verdad, Valores, Poder".
El autor de este libro es el cardenal Ratzinger (hoy, Papa de la iglesia católica con el nombre de Benedicto XVI). En este libro, afirma que hay dos principios básicos:la verdad y el bien y que estos dos principios son el fundamento y la garantía de una conciencia recta, de la libertad y de los derechos humanos. Por tanto, son la garantía de una sociedad justa y pluralista.
Veamos un fragmento de este libro:
"Ilustraré el concepto de democracia vacía glosando algunas ideas de dos célebres defensores suyos: Hans Kelsen y Richard Rorty. El jurista austriaco, padre del positivismo político y paladín de la posición relativista, expone su opinión al comentar un texto evangélico: el pasaje del Evangelio de San Juan en que Pilato pregunta a Jesús: «¿qué es la verdad?» (Jn 18,38). La interrogación de Pilato es una pregunta sólo en apariencia. En realidad es una respuesta rotunda que se podría formular así: la verdad es inalcanzable. La prueba de ello está en que no espera contestación, sino que se dirige a la multitud para que decida con su voto un difícil problema. Pilato expresa con esa maniobra el necesario escepticismo del político, que ha de ser desconfiado, incrédulo, indiferente, desinteresado y frío. Su credo es no creer en nada: ni en la verdad, ni en el bien, ni en la justicia. Al proceder como lo hace, Pilato se comporta como perfecto demócrata. El perfecto demócrata debe encogerse de hombros -o lavarse las manos ante los dilemas morales y trasladárselos a la mayoría, que es fuente, origen, principio y raíz del valor. Figura ejemplar de la democracia relativista y vacía: eso es Pilato. Como tal desdeña apoyarse en la verdad o en el bien. Su único sostén son los procedimientos. A Kelsen no parece inquietarle que el demócrata Pilato, que obra con pulcra exquisitez democrática, sin remilgos morales, atento sólo a las formas, se lleve por delante la vida de un inocente. Como no existe más verdad ni más bien que los de la mayoría, carece de sentido preguntarse si son justos o legítimos. Para enviar a un justo a la muerte tan sólo hace falta contar con el beneplácito mayoritario, es decir, tener apoyos suficientes. Kelsen llegó al extremo de defender la necesidad de imponer, con sangre y lágrimas si hiciera falta, la certeza relativista. Es preciso creer firmemente en la necesidad de no creer en nada. He ahí el superficial imperativo democrático.
Muy parecida es la actitud de Rorty. Es tan relativista como la de Kelsen y aún más huera. Al valor le resulta imposible levantar cabeza, ahogado ahora en un mar de frivolidad, futilidad, ligereza, insubstancialidad e intrascendencia. Tras el ocaso de la utopía comienza a propagarse un frívolo nihilismo de funestas consecuencias. Spaemann cree que Rorty es el principal defensor de la utopía banal y el más encendido propagador de un tipo de sociedad liberal en la que no tienen cabida los valores absolutos, las convicciones firmes y los principios incondicionados. El único valor incuestionable es el bienestar. La invitación paulina «aspirad a los bienes de arriba», es sustituida por la nietzscheana «permaneced fieles a la tierra». El punto esencial de la democracia es, según Rorty, la libertad. No parece haber razones de peso para rechazar una proposición tan pacífica. El problema está en el tributo que se pide a cambio. Nada menos que el bien, y con él los demás valores, deberán desaparecer del horizonte democrático. El valor representa un peligro para la libertad, pues señala una frontera infranqueable que recorta sus alas. De ahí la necesidad imperiosa de tomárselos a broma y unir la democracia y el relativismo. El único criterio de la moral y el derecho de que dispone la democracia es la convicción mayoritariamente compartida. Es díficil no estremecerse y sentir una sacudida interior, un como renitente repeluzno, ante una doctrina que convierte el principio mayoritario en fuente de la verdad y el bien. Su legitimidad para determinar la titularidad del poder está fuera de toda duda. Pero transformarlo en fuente de moralidad significa concederle prerrogativas que no tiene y dejar expedito el camino a la arbitrariedad y el atropello. A Rorty no se le escapa esta dificultad. No puede evitar la insatisfacción que le produce su propia doctrina. De ahí su confesión sorprendente de que la razón que se orienta por el juicio de la mayoría incluye siempre ciertas ideas intuitivas, por ejemplo, el rechazo de la esclavitud. «En eso se engaña, dice J.Ratzinger. Durante siglos, e incluso durante milenios, el sentimiento mayoritario no ha incluido esa intuición y nadie sabe durante cuanto tiempo la seguirá manteniendo".
Y en otro añade: «La evolución de este siglo nos ha enseñado que no hay una evidencia ni fundamento firme y seguro de la libertad. Kelsen y Rorty propugnan una democracia y libertad vacías. La primera no tiene otro cometido que asegurar la división y transmisión del poder, y la segunda persigue crear un ámbito social sin obstáculos que permita al individuo moverse en todas las direcciones posibles. Aquélla renuncia a llenarse de contenido comprometiéndose con la dignidad del hombre y los derechos humanos Ésta repudia su entraña ética, se abastarda y envilece, se convierte en una actitud de permanente indecisión -cree que si se usa se gasta- y desiste de convertirse en estilo de vida.
"Se comprende la inquietud de Hölderlin cuando pregunta ¿ quién comprende esta palabra».
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Libro del mes (Agosto 2012): España Invertebrada.
El ensayo “España invertebrada” de Ortega y Gasset presenta dos secciones diferenciadas y complementarias. La primera parte, “Particularismo y Acción directa”, es un diagnóstico político de la situación nacional de la España de los años 20, aquejada por el fantasma del particularismo y la desintegración. La segunda parte, “La ausencia de los mejores”, es una reinterpretación de la historia española en función de la distinción masa/minoría. Diagnóstico político y reinterpretación histórica se conjugan: la crisis política de España es, para Ortega, una manifestación contingente de un defecto constitutivo de la raza española: el rechazo a las élites por parte de las mayorías.
Veamos un fragmento del texto:
“El poder
creador de naciones es un quid divinum, un genio o talento tan peculiar
como la poesía, la música y la invención religiosa. Pueblos sobremanera
inteligentes han carecido de esa dote y, en cambio la han poseído en alto grado
pueblos bastante torpes para las faenas científicas o artísticas. Atenas, a
pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo;
en tanto que Roma y Castilla, mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos
más amplias estructuras nacionales.
Sería de
gran interés analizar con alguna detención los ingredientes de ese talento nacionalizador.
En la presente coyuntura basta, sin embargo, con que notemos que es un talento
de carácter imperativo, no un saber teórico, ni una rica fantasía, ni una
profunda y contagiosa emotividad de tipo religioso. Es un saber querer y un
saber mandar. Ahora bien: mandar no es simplemente convencer ni simplemente
obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas.. La sugestión moral y la
imposición material van íntimamente fundidas en todo acto de imperar. Yo siento
mucho no coincidir con el pacifismo contemporáneo en su antipatía hacia la
fuerza; sin ella no habría habido nada de lo que más nos importa en el pasado,
y si la excluimos del porvenir sólo podremos imaginar una humanidad caótica.
Pero también es cierto que con sólo la fuerza no se ha hecho nunca cosa que
merezca la pena. Solitaria, la violencia fragua pseudoincorporaciones que duran
breve tiempo y fenecen sin dejar rastro histórico apreciable. ¿No salta a la
vista la diferencia entre esos efímeros conglomerados de pueblos y las
verdaderas, sustanciales incorporaciones? Compárense los formidables imperios
mongólicos de Genghis-Khan o Timur con la Roma antigua y las modernas naciones
de Occidente. En la jerarquía de la violencia, una figura como la de
Genghis-Khan es insuperable. ¿Qué son Alejandro, César o Napoleón, emparejados
con el temible genio de Tartaria,el sobrehumano nómada, dominador de medio
mundo, que lleva su yurta cosida en la estepa desde el Extremo Oriente a
los contrafuertes del Caúcaso?
Frente al Khan tremebundo, que no sabe leer ni
escribir, que ignora todas las religiones y desconoce todas las ideas,
Alejandro, César, Napoleón son propagandistas de la Salvation Army. Mas el
Imperio tártaro dura cuanto la vida del herrero que lo lañó con el hierro de su
espada; la obra de César, en cambio, duró siglos y repercutió en milenios. En
toda auténtica incorporación, la fuerza tiene un carácter adjetivo. La potencia
verdaderamente sustantiva que impulsa y nutre el proceso es siempre un dogma
nacional".
Principio del formulario
domingo, 23 de septiembre de 2012
Libro de mes (Julio 2012): Título: "Biblia y Corán".
El autor del libro es Joachim Gnilka, profesor de exégesis del Nuevo Testamento y de hermenéutica de la Universidad de Munich. Goza de amplio prestigio internacional y es autor de nuerosas publicaciones traducidas a varias lenguas.
El libro, publicado aquí, pretende dar una luz en los elementos que unen y en los que separan la Biblia y el Corán. Veamos un fragmento del mismo:
"Mahoma comprendió, a través de su propia experiencia, que sólo con recursos pacíficos era imposible llevar a la fe a las tribus árabes y, sobre todo, que no se podía hacer entrar en razón a los obstinados mequíes. Los enfrentamientas más destacados fueron las batallas de Badr (624) .- de Uhud (625) y la así llamada «Guerra del Foso» (627), en los alrededores de Medina. En la batalla de Uhud recibió Mahoma una herida de espada.
En el Corán encontramos numerosas referencias a estas campañas, a menudo con detalles muy concretos. Para nosotros son más interesantes las declaraciones que justifican estos enfrentamientos armados. "A partir de este momento, a quienes sufren agresiones les está permitida la defensa armada, aunque es Dios poderoso para otorgarles la victoria (sin necesidad de que ellos intervengan). Fueron injustamente expulsados de sus hogares sólo porque declaraban: ¡Dios es nuestro Señor!» (sura 22,39s).
"Combatidles hasta que no haya lugar para el desorden ni más doctrina que la de Dios» (8,39). En sus combates Mahoma daba por descontado que los ángeles acudirían en su ayuda (3,124; 8,9). La recuperación de La Meca fue la culminación victoriosa de todas sus iniciativas. Se consiguió a través del pacto o las negociaciones de Hudaybiyya (v sura 48.18s) que ponía en manos de los musulmanes la custodia de la Caaba. Mahoma ordenó un cambio en la dirección de la oración. Hasta entonces, y al igual que los judíos, en sus oraciones, los musulmanes se orientaban hacia Jerusalén, pero en adelante debería hacerse en dirección a La Meca. Los enfrentamientos bélicos alcanzaron en el curso de los años una dimensión que afectaba a todas las tribus árabes. Mahoma tuvo en este campo una actuación brillante. Los investigadores están de acuerdo en la idea de que el ejemplo de Mahoma sirvió de modelo para las futuras generaciones islámicas. Comparemos también el fin de ambos personajes. En la etapa final de su-relativamente corta- actividad, Jesús se dirigió a Jerusalén, la capital judía, probablemente con el propósito de incitar al pueblo, desde aquel lugar céntrico, a tomar una decisión. Celebró en el círculo de sus seguidores más íntimos una cena de despedida que estuvo ensombrecida por la certeza de su inminente muerte. Jesús fue rechazado y se le condenó a morir en la cruz. La acusación que se dirigía contra él era de signo político: rey de los judíos (Mc 15,26). La impresión externa es la de un fracaso total. Su grito al morir parecía ser la confirmación de este fracaso. Pero los acontecimientos posteriores demostraron que esta impresión era errónea. La intervención de Dios en la resurrección de Jesús de entre los muertos echó los fundamentos de la Iglesia. En cuanto a Mahoma, en marzo del año 622, poco antes de morir, se dirigió por última vez a La Meca. Fue su peregrinación de despedida. Tomó posesión definitiva de la Caaba y fijó las normas de la peregrinación. Murió el mes de junio, en Medina, donde recibió sepultura.
Es indispensable añadir algunas palabras acerca de la relación de Mahoma con las mujeres, no para verter acusaciones, sino simplemente porque es aquí donde se percibe de singular manera un modo de ser árabe distinto del cristiano. En el Coránse alude repetidas veces a las esposas del profeta. Tras el matrimonio monógamo con Jadicha practicó la poligamia. A los varones musulmanes se les permitía hasta cuatro esposas, pero el Profeta, «a diferencia de los fieles», podía tener muchas más, como confirma la sura 33,50. R. Paret habla de trece mujeres con las que mantuvo comunidad conyugal. Podía repudiarlas y tomar otras otras. Se le acusa de haberle quitado la esposa a su hijo adoptivo Zaid. En la sura 66,3-5 se mencionan disputas de harén.
Lo único que podemos decir es que esta conducta concuerda con el estilo de vida dominado por los hombres en la vieja cultura de las tribus árabes. Se trata de un sistema que tiene componentes sociales y, en el caso de Mahoma, también aspectos políticos: relaciones de parentesco con los jefes tribales."
sábado, 7 de julio de 2012
Libro del mes (Junio 2012): "El opio de los intelectuales"
El autor de este libro es Raymond Aron, filósofo, sociólogo y comentarista político. Presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas en Francia.
En este libro nos habla del "opio de los intelectuales", cuando se dejan arrastrar por dogmatismos e ideologías y son incapaces de ejercer un pensamiento crítico y libre.
Veamos algún fragmento de su libro:
"¿Merecen tanto honor las revoluciones? Los hombres que las piensan no son los que las hacen. Quienes las comienzan viven raramente su epílogo, salvo en el exilio o la prisión. ¿Son realmente los símbolos de una humanidad dueña de sí misma, si ningún hombre se reconoce en la obra surgida del combate de todos contra todos?
REVOLUCIÓN Y REVOLUCIONES
Se entiende por revolución, enel lenguaje corriente de la sociología, la sustitución repentina, por la violencia, de un Poder por otro. Admitiendo esta definición, se eliminarán ciertos usos de la palabra que crean equívoco o confusión. En una expresión como Revolución industrial, el término evoca simplemente cambios profundos y rápidos. Cuando se habla de revolución laborista, se sugiere la importancia, supuesta o real, de las reformas cumplidas por el gobierno británico entre 1945 y 1950, pero estos cambios no son brutales ni están acompañados por vacancias de legalidad, no constituyen un fenómeno histórico de la misma especie que los acontecimientos de 1789 a 1797, en Francia, o de 1917 a 1921, en Rusia. La obra laborista, en esencia, no es revolucionaria en el sentido en que este calificativo se aplica a la de los jacobinos o los bolcheviques.
Aun descartando los usos abusivos, subsiste algún equívoco. Los conceptos no recubren nunca los hechos exactamente; los límites de aquellos están trazados con rigor, los límites de estos son flotantes. Podrán enumerarse múltiples casos en que sería legítima la duda. El ascenso al poder del nacionalsocialismo fue legal y la violencia ordenada por el Estado. ¿Se hablará de revolución a causa de lo repentino de los cambios ocurridos en el personal del gobierno y en el estilo de las instituciones, a despecho del carácter legal de la transición? En el otro extremo, los pronunciamientos* de las repúblicas sudamericanas, ¿merecen el calificativo de revolución, cuando reemplazan un oficial por otro, en rigor un militar por un civil o inversamente, sin marcar el paso real de una clase dirigente a otra, ni de un modo de gobierno a otro? A un trastorno efectuado en la legalidad, le faltan las características de la ruptura constitucional. A la sustitución repentina, con o sin tumultos sangrientos, de un individuo por otro, a las idas y venidas del palacio a la prisión, le faltan las transformaciones institucionales.
Apenas importa responder dogmática mente a estas cuestiones. Las definiciones no son verdaderas o falsas, sino más o menos útiles o convenientes. No existe, salvo en un cielo desconocido, una esencia eterna de la revolución: el concepto no sirve para aprehender ciertos fenómenos y para ver claro en nuestro pensamiento.
Nos parece razonable reservar el término de golpe de Estado tanto para el cambio constitucional decretado ilegalmente por quien detenta el Poder (Napoleón III en 1851) como para la toma del Estado por un grupo de hombres armados, sin que esta toma (sangrienta o no) acarree el advenimiento de otra clase dirigente de otro régimen. La revolución significa algo más que el «quítate de ahí que me pongo yo». Por el contrario, la ascensión de Hitler permanece revolucionaria, aunque haya sido nombrado legalmente canciller por el presidente Hindenburg. El empleo de la violencia ha seguido, antes que precedido, a esta ascensión y, al mismo tiempo, han faltado algunos de los caracteres jurídicos del fenómeno revolucionario. Sociológicamente, vuelven a encontrarse los rasgos esenciales: ejercicio del poder por una minoría que elimina despiadadamente a sus adversarios, crea un Estado nuevo, sueña con transfigurar a la nación. Estas querellas acerca de palabras, solo tienen, reducidas a sí mismas, una mediocre significación, pero, con mucha frecuencia, la discusión respecto a la palabra revela el fondo del debate. Recuerdo que en Berlín, en 1933, la controversia preferida de los franceses se refería al tema: ¿se trata o no de una revolución? No se preguntaban, razonablemente, si la apariencia o el disimulo legal impedía o no la referencia a los precedentes de Cromwell o de Lenin. Antes bien, se negaba con furor --como hizo uno de mis interlocutores en la Sociedad Francesa de Filosofía en 1938- que el noble término de Revolución pudiera aplicarse a acontecimientos tan prosaicos como los que agitaban en 1933 a Alemania. Y, sin embargo, ¿qué más puede exigirse que el cambio de hombres, de clase dirigente, de constitución, de ideología? ¿Qué respuesta daban los franceses de Berlín, en 1933, a dicha cuestión? Unos hubieran respondido que la legalidad del nombramiento del 30 de enero, la ausencia de tumultos en las calles, constituían una diferencia fundamental entre el advenimiento del Tercer Reich y el de la República de 1792 o el comunismo de 1917. Poco importa finalmente que se reconozcan dos especies del mismo género o dos géneros diferentes.
Otros negaban que el nacionalsocialismo realizara una revolución, porque lo juzgaban contrarrevolucionario. Se tiene derecho a hablar de contrarrevolución cuando se restaura el Antiguo Régimen, cuando vuelven al poder los hombres del pasado, cuando las ideas o instituciones que los revolucionarios de hoy traen consigo son las que habían eliminado los revolucionarios de ayer. Aun aquí, son numerosos los casos marginales. La contrarrevolución nunca es enteramente una restauración y toda revolución niega siempre por una parte a la que la ha precedido y, por ello, presenta algunos caracteres contrarrevolucionarios. Pero ni el fascismo ni el nacionalsocialismo son entera o esencialmente contrarrevolucionarios. Retornan algunas fórmulas de los conservadores, sobre todo los argumentos que estos utilizaron contra las ideas de I789. Pero los nacionalsocialistas atacaron la tradición religiosa del cristianismo, la tradición social de la aristocracia y del liberalismo burgués: la «fe alemana», el encuadramiento de las masas, el principio del jefe, tienen una significación propiamente revolucionaria. El nacionalsocialismo no señalaba un retorno al pasado, rompía con este tan radicalmente como el comunismo.
En verdad, al hablar de Revolución, cuando nos preguntamos si talo cual ascensión repentina y violenta al Poder es digna de entrar o no al templo donde imperan I789, las Tres Gloriosas, «los diez días que conmovieron al mundo», nos referimos más o menos concientemente a dos ideas: las revoluciones tal como se las observa en innumerables países, sangrientas, prosaicas, decepcionantes, solo se semejan a la Revolución a condición de invocar la ideología de izquierda, humanitaria, liberal, igualitaria, sólo se cumplen plenamente a condición de arribar a una inversión de las relaciones actuales de propiedad. En el plano de la Historia, estas dos ideas son simples prejuicios.
Todo cambio de régimen súbito y brutal provoca fortunas y quiebras igualmente injustas, acelera la circulación de los biene~ y de las élites, no proporciona necesariamente una concepción nueva del derecho de propiedad. Según el marxismo, la supresión de la propiedad privada de instrumentos de producción constituiría el fenómeno esencial de la Revolución. Pero, tanto en el pasado como en nuestra época, el hundimiento de los tronos o de las repúblicas, la conquista del Estado por minorías activas, no siempre ha coincidido con un trastorno de las normas jurídicas. No cabría considerar inseparables la violencia y los valores de izquierda: la inversa se aproximaría más a la verdad. Un poder revolucionario es, por definición, un poder tiránico. Se ejerce a despecho de las leyes, expresa la voluntad de un grupo más o menos numeroso, se desinteresa y deben desinteresarse por los intereses de talo cual fracción del pueblo. La fase tiránica dura mayor o menor tiempo según las circunstancias, pero nunca se llega a obviarla -o, más exactamente, cuando se consigue evitarla, hay reforma, no revolución. La toma y el ejercicio del poder por la violencia suponen conflictos que la negociación y el compromiso no logran resolver; en otras palabras, el fracaso de los procedimientos democráticos. Revolución y democracia son nociones contradictorias. Es, desde luego, igualmente desatinado condenar o exaltar por principio las revoluciones. Siendo hombres y grupos como son -obstinados en la defensa de sus intereses, esclavos del presente, raramente capaces de sacrificios, aunque estos preservaran el porvenir, propensos a oscilar entre la resistencia y las concesiones antes que elegir virilmente un partido (Luis XVI no logró ponerse a la cabeza de sus ejércitos ni arrastrar consigo a los «ultras» o a los partidarios del compromiso)-, las revoluciones seguirán siendo probablemente inseparables de la marcha de las sociedades. Con mucha frecuencia una clase dirigente traiciona a la colectividad que tiene a su cargo...."
Suscribirse a:
Entradas (Atom)