domingo, 4 de agosto de 2013

Libro del mes (junio 2013): Bioética Práctica



Este libro es de José María Pardo Sáenz, licenciado en Medicina y Cirugía. Con él pretende el autor dar una visión integradora de la persona humana. Veamos un fragmento.

HACIA UNA VISIÓN INTEGRAL DEL HOMBRE
La persona es una realidad unitaria corpóreo-espiritual


  • En el Museo de Historia de Washington hay una pequeña sala dedicada «al hombre». En una de sus paredes cuelga una lámina, que representa una figura humana de 77 kilogramos de peso. Transparentes va­sijas de diversos tamaños contienen los productos naturales y químicos que se encuentran en un organismo humano de proporciones semejantes: 40 kilos de agua, 17 de grasa, 4 de fosfato cálcico, 1,5 de al­búmina, 5 de gelatina. Otros frascos de menor capa­cidad corresponden a carbonato cálcico, almidón, azúcar, cloruro de sodio y de calcio, etc. El hombre, sea político o militar, poeta, cantante, ministra o castañera, parece reducirse allí a una suma de unos cuantos elementos de la tabla de Mendeleiev. O como dice Carl Sagan, científico de la NASA, presentador y artífice de la famosa serie te1evisiva ti­tulada Cosmos: «yo soy el conjunto de agua, calcio y moléculas orgánicas llamado Carl Sagan. Tú eres un conjunto de moléculas casi idénticas, con una eti­queta colectiva diferente». No es de extrañar, que «el pequeño dios del mun­do» --como llama el Fausto de Goethe al hombre ­salga un tanto deprimido del Museo de Historia de Washington, o tras escuchar semejantes palabras del científico televisivo. 
  • Ahora bien, ¿el hombre no es «nada más» que lo afirmado por los Sagan, los Demócritos, los Marx y demás materialistas que andan por el mundo? ¿El pensamiento y la persona, la libertad y el amor no son más que una combinación -aunque complejísi­ma- de elementos materiales? La célebre novela del Hidalgo Don Quijote de la Mancha, ¿no es más que el resultado de la combinación de letras surgida por azar, o por alguna oculta e ignota necesidad de las letras mismas? ¿No estará detrás el ingenio de una potencia misteriosa y viva, trascendente e irreducti­ble a letras, llamada Miguel de Cervantes? Detrás de la Novena Sinfonía de Beethoven, ¿no hay más que un cúmulo de notas ordenadas por unas neuronas, que han sido ordenadas «por el azar», o más bien habrá  que pensar en la existencia de un genio llamado Beethoven, irreductible a neuronas? ¿«Las hilanderas» del Museo del Prado, no son nada más que azarosa combinación de pigmentos o sustancias coloreadas­? 
  • ¿No habrá que pensar más bien en la existencia del  llamado Velázquez, irreductible a pigmento por excelente que fuera? Y detrás de Beethoven, Velázquez, Cervantes, de la gravitación universal y de la evolución de la semilla en árbol, ¿no habrá que descubrir una Sabiduría infinita y creadora? 
  • Amplios sectores del pensamiento contemporáneo defienden un dualismo antropológico, de inspiración cartesiana, según el cual el hombre es entendido como sujeto pensante que termina relegando la corporalidad humana al mundo de lo meramente biológico, carente de significación personal. En consecuencia, la facultad generativa, en cuanto estructura biológica­, estará al servicio del alma, siempre pura y noble. Así la protagonista de «Una proposición indecente» se justifica ante  su esposo del adulterio cometido, argumento muy en boga en nuestros días: «mi cuerpo estaba en sus brazos, pero mi corazón estaba contigo.
  • Según  esta concepción reduccionista del ser humano, también se puede manipular la parte orgánica-biológica el bien de la persona. No hay inconveniente alguno en utilizar la contracepción, la investigación de embriones en aras del «amor», de un fin solidariom solidario con terceros, etc. 
  • Desde esta posición dualista, la realidad de la persona se  recluye al ámbito de la conciencia, que adquiere así prioridad sobre el estatuto ontológico de la persona, sobre lo que el hombre es. Las intencio­nes, sentimientos y deseos priman sobre las finalida­des insertas en el dinamismo natural humano. Desde semejante posición, la dignidad de la persona no constituye límite alguno para la intervención técnica en los procesos naturales que presiden la vida huma­na desde su inicio hasta su final. 
  • Yo me opongo a esta visión empobrecedora de la persona humana. El ser humano no es cuerpo y alma, sino unidad sustancial de ambos. Tampoco es sólo cuerpo o sólo alma, sino unidad de ambas, totalidad unificada. La dimensión corpórea es, por eso, parte constitutiva, inherente, esencial de la persona. El cuerpo es la persona en su visibilidad. A través del cuerpo la persona se expresa y se manifiesta, ama y es amada. Por eso, todo lo que afecta al cuerpo afec­ta a la persona. Respetar la dignidad personal exige salvaguardar la identidad corporal. 


domingo, 28 de julio de 2013

Libro (mes de mayo 2013): "Los apuntes de Malte Laurids Brigge"



Este libro del poeta Rainer María Rilke, le sirve al autor para analizar la soledad, el amor, la naturaleza y la muerte.

Veamos un fragmento:

"SÍ, es posible. 
¿Es posible que toda la historia del universo haya sido mal comprendida? ¿Es posible que la imagen del pasado sea falsa, porque siempre se ha hablado de sus muchedumbres­, como si no fuesen más que reuniones de muc­hos hombres, en lugar de hablar de aquel alrededor del cual se congregaban, porque era extraño y moribundo? 
SÍ, es posible. 
¿Es posible que nos creamos obligados a recuperar lo que sucedió antes de que naciésemos? ¿Es posible que sea necesario recordar a cada uno que ha habido antepasados ­y que por consiguiente, lleva en sí este pasado, y que no tiene nada que aprender de otros hombres que pretenden ­poseer un conocimiento mejor o diferente? 
SÍ, es posible. 
¿Es posible que todas estas gentes conozcan con todo rigor un pasado que jamás existió? ¿Es posible que todas las realidades no sean nada para ellos, que su vida se deslice sin estar anudada a ninguna cosa, como un reloj en un cuarto vacío? 
Sí, es posible. 

¿Es posible que no se sepa nada de todas las muchachitas que, sin embargo, viven? ¿Es posible que se diga: «las mujeres», «los niños», «los muchachos» y no se sospeche  que estas palabras ­desde hace mucho tiempo, no tienen plural, sino solamente singular? 
SÍ, es posible. 
¿Es posible que haya gentes que digan: «Dios» y piensen ­que sea un ser que es común a todos? Ved estos dos colegiales: uno se compra un cortaplumas, y su compañero, el mismo día, se compra uno idéntico. Y después de una semana, al enseñarse sus navajitas, parece que no hay entre ambas más que un parecido remoto, tan distinta ha sido la suerte de las dos cuchillas en manos diferentes. «Sí», dice la madre de uno, «siempre estropeas todo ... ». y más aún: ¿Es posible que se crea tener un Dios sin usarlo? 
Sí, es posible. 
Pero si todo esto es posible, y por otra parte sólo tiene una apariencia de posibilidad, entonces sería necesario, por todo lo que en el mundo existe, que suceda algo. El primer llegado que ha tenido este inquietante pensa­miento debe comenzar a hacer alguna cosa de las que han sido desatendidas; quienquiera que sea él, aunque no sea el más apto, puesto que no hay otro. Este Brigge, este ex­tranjero, este joven insignificante, deberá sentarse y, en su quinto piso, deberá escribir, escribir día y noche. Sí, deberá escribir, y así acabará esa situación". 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Libro del mes (abril 2013): Meditaciones del Escorial.





Este  ensayo de Ortega  que se recoge en uno de los ocho volúmenes de su obra “El espectador” recoge una de las características de nuestro pueblo español, que parece que hoy se está olvidando y, por el momento en el que estamos viviendo, debemos recordar. Por eso, nada mejor que leer este fragmento del ensayo:

      “¿A quién dedicó Felipe II esta gran profesión de fe, que es después de San Pedro en Roma, el credo que pesa más sobre la tierra europea? La carta de fundación pone en boca del Rey: ”El cual Monasterio fundamos a dedicación y en nombre del bienaventurado San Lorenzo, por la particular devoción que, como dicho es, tenemos a ese gloriosos santo, y en memoria de la merced y victoria que en el día de su festividad de Dios comenzamos a recibir.”  Esta merced fue la victoria de San Quintín.
   Aquí tenemos una leyenda documentada que es preciso rectificar, a pesar del documento. San Lorenzo es un santo respetable, como todos los santos, pero que, a decir verdad, no ha solído intervenir en las operaciones de nuestro pueblo. ¿Será posible que uno de los actos más potentes de nuestra historia, la erección del Escorial, no haya tenido otra significación que el agradecimiento a un santo transeúnte, de escasa realidad española? No nos basta San Lorenzo: soy el primero en admirar aquello de que, hallándose bien tostado de un lado, pidió que le volviesen del otro; sin aquél gesto no estaría representado el humorismo entre los mártires. Pero, francamente, la paciencia de San Lorenzo, con ser admirable, no basta para llenar estos colosales ámbitos.
   Es indudable que cuando presentaron varios planos a Felipe II y eligió éste, encontró en él expresada su interpretación de lo divino.”
  “Todos los templos se erigen, claro está, para la mayor gloria de Dios; pero Dios es una idea general, y ningún templo verdadero se ha elevado jamás a una idea general. (…) La religión no se satisface con un Dios abstracto, con un mero pensamiento, necesita de un Dios concreto, al cual sintamos y experimentemos realmente. De ahí que haya tantas imágenes de Dios como individuos: cada cual, allá en sus íntimos hervores, lo compone con los materiales que encuentra más a mano. El rigoroso dogmatismo católico se limita a exigir que los fieles admitan la definición canónica de Dios; pero deja libre la fantasía de cada uno para que lo imagine y lo sienta a su manera.
   Mirando en nuestro interior, buscamos en cuanto allí hierve lo que nos parece mejor, y de esto hacemos nuestro Dios. Lo divino es la idealización de las partes mejores del hombre, y la religión consiste en el culto que la mitad de cada individuo rinde a su otra mitad, sus porciones ínfimas e inertes a las más nerviosas y heroicas.
   El Dios de Felipe II o, lo que es lo mismo, su ideal, tiene en el Monasterio un comentario voluminoso. ¿Qué expresa la masa enorme de este edificio? Si todo monumento es un esfuerzo consagrado a la expresión de un ideal, ¿qué ideal se afirma y hieratiza en este fastuoso sacrificio de esfuerzo?
¿A quién va dedicado –decíamos- ese fastuoso sacrificio de esfuerzo?
   Si damos vueltas en torno a las larguísimas fachadas de san Lorenzo, habremos realizado un paseo higiénico de algunos kilómetros, se nos habrá despertado un buen apetito; pero, ¡ay!, la arquitectura no habrá hecho descender sobre nosotros ninguna fórmula que trascienda de la piedra. El Monasterio del Escorial es un esfuerzo sin nombre, sin dedicatoria, sin trascendencia. Es un esfuerzo enorme que se refleja sobre sí mismo, desdeñando todo lo que fuera de él pueda haber. Satánicamente, ese esfuerzo se adora y canta a sí propio. Es un esfuerzo consagrado al esfuerzo.
   Ante la imagen del Erecteión, del Partenón, no ocurre pensar en el esfuerzo de sus constructores: las cándidas ruinas envían bajo el cielo de límpido azul grandes halos de idealidad estética, política y metafísica, cuya energía es siempre actual. Preocupados en recoger estos efluvios densos, la cuestión del trabajo consumido en pulir aquellas piedras y en ordenarlas no nos interesa, no nos preocupa.
   Por el contrario, en este monumento de nuestros mayores se muestra petrificada un alma toda voluntad, todo esfuerzo, mas exenta de ideas y de sensibilidad. Esta arquitectura es toda querer, ansia, ímpetu. Mejor que en parte alguna aprendemos aquí cuál es la sustancia española, cuál es el manantial subterráneo de donde ha salido borboteando la historia del pueblo más anormal de Europa. (…)  La mole adusta de San Lorenzo, expresa acaso nuestra penuria de ideas, pero, a la vez, nuestra exuberancia de ímpetus. Parodiando la obra del doctor Palacios Rubios,  podríamos definirlo como el tratado del esfuerzo puro.”

sábado, 6 de abril de 2013

Libro del mes (marzo 2013): Los principios cristianos del orden político.


Este libro fue escrito por Luis Sánchez Agesta catedrático de Derecho Civil. Veamos un fragmento del mismo:




LOS PRINCIPIOS QUE COMPRENDEN UN CUADRO DE PROBLEMAS

Adviértase en la ligera reseña que hemos realizado de diversas concepciones, que esta variedad de enfo­ques no implica contradicción, aunque sí revele inse­guridad, que corresponde a una situación aún proble­mática de esta investigación.Entendemos que ese estudio de los principios no puede ser ni tan sintético qu.e distancie los principios de sus concretas aplicaciones prácticas, ni tan analítico que se resienta su evidencia y su universalidad. De­bemos limitarnos a analizar aquellos principios que dan sentido coherente a un cuadro de problemas. Y por las razones que expondremos en páginas sucesivas, no cabe reducir a un solo principio la estructura del or­den, sino a una variedad de principios coordinados entre sí. Desde este punto de vista, en la presente obra vamos a tener en cuenta los siguientes principios:
 
 l." La aptitud del hombre para discernir lo que es justo como definición de un orden adecuado a la na­turaleza humana. 

2." El principio de subsidiaridad como regla de las relaciones del poder político del Estado con las expre­siones de la vida individual y social. 

3.° El principio de la naturalidad del poder, o de su origen divino por creación de la naturaleza humana, como impulso de unidad de coordinación de las accio­nes de los hombres en el ámbito de la convivencia política. 

4.° La vinculación al bien común de la acción del Estado y del orden que rige la conducta de los par­ticulares, principio al que está subordinado el principio de justicia social. 


5.° El principio de perfección de la persona humana, como origen y fin esencial de la vida social, al que a su vez está subordinada la definición de la libertad. 

6.º La distinción y entrelazamiento de un orden na­tural y sobrenatural del hombre, que funda la distin­ción entre el poder político y el poder religioso y re­gula las relaciones entre la Iglesia y el Estado. 

7.° La igualdad en Cristo de todos los hombres, con independencia de sus diferencias naturales y sociales, y la unidad de la especie humana, sin diferencias de razas ni estirpes, como obra de la actividad creadora de la Trinidad (hagamos "hombre", dice el texto bí­blico), que funda el deber de solidaridad universal de todos los hombres. 




sábado, 23 de febrero de 2013

Libro del mes (febrero 2013): El principio de responsabilidad





En este libro, Hans Jonas, doctor en Filosofía, docente en la New School for Social Research de Nueva York y galardonado en 1987 con el Premio de la Paz de los libreros alemanes, plantea que nuestra era tecnológica, en la que el poder del hombre ha alcanzado una dimensión y unas implicaciones hasta ahora inimaginables, exige una concienciación ética, a través del principio de responsabilidad.

Veamos un fragmento de este libro:

"Pero la verdad como tal- y quizá más la aspiración a ella- embellece con su presencia todo estado del hombre, del mismo modo que su desaparición lo empobrecería.Muy distinto es lo que sucede con el robusto brote de la ciencia natu­ral: la técnica. Dado que la técnica modifica el mundo y determina decisivamente las formas y condiciones reales de la vida humana -en ocasiones, incluso el estado de la naturaleza-, bien puede ella tener algo que ver tanto con la llegada de la utopía como con su proyectad­o contenido. De hecho las diversas utopías, tanto políticas como lit­erarias -a excepción de las «arcádicas», que no puedo tomar en se­rio-, otorgan a la técnica un papel fundamental en sus proyectos, aunque en lo principal éstos no sean tecnológicos. Y en cuanto a la promoción o la detención de la técnica, se podrá esperar -o temer- u­na u otra de la utopía, según la actitud que se haya adoptado. Ya nos  hemos ocupado en este sentido, no hace mucho, de la utopía en su forma comunista, de las perspectivas que podría ofrecer para domeñar una técnica que se ha vuelto de alguna manera salvaje, es decir, de  las perspectivas que nos ofrecería para su ahora deseable detención.
Esto apunta a la circunstancia de que el progreso de la técnica -de modo opuesto al de la ciencia - puede eventualmente no ser deseado, puesto que la técnica se justifica únicamente por sus efectos y no por sí misma). Pero coincide con su productora -la ciencia, que se ha con­vertido en su hermana gemela- en que el «progreso» como tal, en su automovimiento, es un hecho indudable, en el sentido de que cada etapa es necesariamente superior a la anterior. Obsérvese que esto no encierra ningún juicio de valor, sino que es una mera constatación de hechos: puede lamentarse la invención de una bomba atómica de  capacidad destructiva aún mayor y considerar negativo su valor, pero la queja es precisamente que esa bomba es técnicamente «mejor» y, en este sentido, su invención, desgraciadamente, un progreso. Todo este libro trata del problematismo del progreso técnico, de modo que nada más vamos a decir en este lugar. En el caso de la ciencia y de la técnica nada es tan evidente como que, especialmente tras su íntimo hermanamiento, su historia es una historia de éxitos, de éxitos cons­tantes, una historia producto de su lógica interna y que promete cosas siempre nuevas. No creo que pueda decirse nada parecido de ninguna­ otra aspiración humana común. Como ya se ha mostrado (véase cap. 1, IV, 1, p. 36 Y ss.), este éxito de la técnica, con su cegadora pre­sencia pública en todos los ámbitos de la vida -una auténtica marcha triunfal-, propicia que en la conciencia colectiva la empresa prome­teica, como tal pase, de ser un simple medio (lo que toda técnica es de suyo) a convertirse en la meta y que la «conquista de la naturaleza» aparezca como la vocación de la humanidad: el homo faber por enci­ma del homo sapiens (que se convierte en un medio para aquel) y el poder externo como el mayor bien (se entiende que para la especie, no para el individuo). Dado que esto no tiene final, se trataría de una «utopía» de la autosuperación permanente hacia una meta sin fin. Como fin en sí mismo sería mucho más adecuada la ciencia, la vida teorética, pero sólo lo sería para el pequeño grupo de los estudiosos de ella. Finalmente, en lo tocante a la moralidad, no carecen la ciencia y la técnica de relación con ella. Con respecto a la idea de progreso la pregunta es si la ciencia y la técnica contribuyen con su progreso a la moralización general. Puesto que la dedicación al saber es en sí un bien moral, puede seguramente la ciencia -y el pensamiento especu­lativo- afectar de forma moralmente positiva a quienes la practican (sin embargo, extrañamente, no siempre sucede así), pero no haría eso mediante sus progresos ni sus resultados, sino mediante su ejercicio actual, es decir, mediante su espíritu permanente, de modo que los que vinieran detrás no disfrutarían de ninguna ventaja sobre sus an­tecesores y el común de la gente no se vería afectado en nada. Sí se ve afectado, sin embargo, por todo lo que la técnica produce en el mun­do y; por ende, por su progreso, que es un progreso de los resultados. Pero de este complejo de resultados -de sus frutos para el goce hu­mano y las condiciones de su existencia - sólo cabe decir que algunos contribuyen a la moralización de las gentes y que otros producen el efecto contrario, o también que los mismos producen ambas cosas. y no sabría yo decir cómo queda el balance. Únicamente su ambivalen­cia está fuera de duda. Si fuera el caso que la transformación de los há­bitos y condiciones de vida por la técnica condujera con el tiempo (no es ninguna idea descabellada) a un cambio tipológico de «el hombre» -la más maleable de las criaturas-, entonces difícilmente irá ese cam­bio en el sentido de un ideal ético-utópico. La preponderante vulga­ridad de las bendiciones tecnológicas hace de eso una cosa más que improbable. (No es preciso siquiera pensar en la enorme pérdida de autonomía que sufre el individuo por la presión fáctica y psicológica del orden tecnológico sobre las masas.)".


sábado, 2 de febrero de 2013

17º Comentario de Filosofía: Educación religiosa.




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Veamos ahora la carta que el político francés Jean Jaures, ateo y socialista, fundador de l'Humanité, escribió a su hijo donde le hacía una serie de reflexiones sobre la necesidad de su formación religiosa:

«Querido hijo, me pides un justificante que te exima de cur­sar la religión, un poco por tener la gloria de proceder de dis­tinta manera que la mayor parte de tus condiscípulos, y temo que también un poco para parecer digno hijo de un hombre que no tiene convicciones religiosas. Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré jamás.
No es porque desee que seas clerical, a pesar de que no ha en esto ningún peligro, ni lo hay tampoco en que profeses las creencias que te expondrá el profesor. Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, y no lo serían sin un estudio serio de la religión.
Te parecerá extraño este lenguaje después de haber oído tan bellas declaraciones sobre esta cuestión. Son, hijo mío, declaraciones buenas para arrastrar a algunos, pero que están en pugna con el más elemental buen sentido. ¿Cómo sería completa tu instrucción sin un conocimiento suficiente de las cuestiones religiosas sobre las que todo el mundo dis­cute? ¿Quisieras tú, por ignorancia voluntaria, no poder decir una palabra sobre estos asuntos sin exponerte a soltar un dis­parate?
Dejemos a un lado la política y las discusiones, y veamos lo que se refiere a los conocimientos indispensables que debe tener un hombre de cierta posición. Estudias mitología para comprender la historia y la civilización de los griegos y los romanos. ¿Qué comprenderías de la historia de Europa y del mundo entero después de Jesucristo sin conocer la religión, que cambió la faz del mundo y produjo una nueva civiliza­ción?
Las letras ¿Puedes dejar de conocer no solo a Bossuet, Fénélon, Lacordaire, De Maistre, Veuillot ... sino también a Corneille, Racine, Hugo, en una palabra a todos estos gran­des maestros que debieron al cristianismo sus más bellas ins­piraciones? ... ¿Puedes ignorar la expresión más clara del Derecho Natural, la filosofía más extendida, la moral más sabia y más universal? ... Hasta en las Ciencias Naturales y Matemáticas encontrarás la religión; Pascal y Newton eran cristianos fervientes. Ampere era piadoso; Pasteur probaba la existencia de Dios y decía haber recobrado por la ciencia la fe de un bretón.
Hay que confesarlo; la religión está íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana; es la base de la civilización y es ponerse fuera del mundo intelec­tual y condenarse a una manifiesta inferioridad el no querer conocer una ciencia que han estudiado y que poseen en nues­tros días tantas inteligencias preclaras. Ya que hablo de edu­cación: ¿Para ser un joven bien educado es preciso conocer y practicar las leyes de la Iglesia? Sólo te diré lo siguiente: nada hay que reprochar a los que las practican fielmente y con mucha frecuencia hay que llorar por los que no las toman en cuenta ... Si no estamos obligados a imitarlas, debemos por lo menos compenderlas, para poder guardarlas el respeto, las consideraciones y la tolerancia que les son debidas.
Querido hijo: ... Muchos tienen interés en que los demás desconozcan la religión; pero todo el mundo desea conocer­la ... En cuanto a la libertad de conciencia ... eso es vana pala­brería que rechazan de ordinario los hechos y el sentido común ... Muchos anticatólicos conocen por lo menos indirec­tamente la religión; otros han recibido educación religiosa; su conducta prueba que han conservado toda su libertad.
Además, ... sólo son verdaderamente libres de no ser cristia­nos los que tienen facultad para serlo... te sorprenderá esta carta, pero precisa, hijo mío, que un padre diga siempre la ver­dad a su hijo. Ningún compromiso podrá excusarme de esa obligación» .
Es claro que siendo la religión algo individual e íntimo, per­sonal en último término, no tiene por qué estar ausente de lo público. Los ejemplos citados lo prueban, cada uno a su mo­do. Ortega y Gasset ya dijo: «Yo soy yo y mi circunstancia».

martes, 29 de enero de 2013

Libro del mes (enero 2013): La infancia de Jesús.



 

El autor de este libro es Benedicto XVI. Forma una trilogía con los dos tomos sobre la vida de Jesucristo, aunque como  él mismo afirma, es más  un prólogo  de esos dos tomos: «Finalmente puedo entregar a las manos de los lectores el libro prometido desde hace largo tiempo sobre los relatos de la infancia de Jesús. No se trata de un tercer volumen sino algo así como una antesala a los dos volúmenes precedentes sobre la figura y el mensaje de Jesús de Nazaret.»

Los tres tomos son  libros necesarios para conocer las bases de nuestra cultura y el fundamento de los verdaderos valores que hacen del hombre un ser proyectado a la trascendencia, y, por ende, a su grandeza personal,  imagen de Jesucristo.

Veamos algún fragmento del mismo:

“Ahora es preciso preguntarse ante todo: ¿Qué clase de hombres eran esos que Mateo describe como «Magos» venidos de «Oriente»? El término «magos» (mágoi) tiene una considerable gama de significados en las diversas fuentes, que se extiende desde una acepción muy positiva hasta un significado muy negativo. La primera de las cuatro acepciones principales designa como «magos» a los pertenecientes a la casta sacerdotal persa. En la cultura helenista eran considerados como «representantes de una religión auténtica»; pero se sostenía al mismo tiempo que sus ideas religiosas estaban «fuertemente influenciadas por el pensamiento filosófico», hasta el punto de que se presenta con frecuencia a los filósofos griegos como adeptos suyos (cf. Delling, IV, p. 360). Quizá haya en esta opinión un cierto núcleo de verdad no bien definido; después de todo, también Aristóteles había hablado del trabajo filosófico de los magos (cf. ibid.). Los otros significados mencionados por Gerhard Delling designan a los dotados de saberes y poderes sobrenaturales, y también a los brujos. Y, finalmente, a los embaucadores y seductores. En los Hechos de los Apóstoles encontramos este último significado: Pablo califica a un mago llamado Barjesús «hijo del diablo, enemigo de toda justicia» (13,10), manteniéndolo así a raya. Los diversos significados del término «mago» que encontramos aquí hacen ver también la ambivalencia de la dimensión religiosa en cuanto tal.

La religiosidad puede ser un camino hacia el verdadero conocimiento, un camino hacia Jesucristo. Pero cuando ante la presencia de Cristo no se abre a él, y se pone contra el único Dios y Salvador, se vuelve demoniaca y destructiva. En el Nuevo Testamento vemos estos dos significados de «mago»: en el relato de san Mateo sobre los Magos, la sabiduría religiosa y filosófica es claramente una fuerza que pone a los hombres en camino, es la sabiduría que conduce en definitiva a Cristo.”