sábado, 14 de diciembre de 2013

Libro del mes(noviembre 2013): Disidencia Perfecta


Este libro de Rodrigo Agulló, licenciado en derecho y ciencias políticas, intenta mostrar que más allá de la división entre derechas e izquierdas se dibuja una nueva línea de fractura:  la que separa a los que están conformes con el actual orden de cosas de los que no lo están.
Veamos un fragmento:

"El esfuerzo de la Nueva derecha por construir un nuevo paradigma político podría en cierto modo interpretarse como un intento de sub­sanar ese gran «error histórico», y de unir lo mejor de la tradición histórica de la derecha a la contestación antiburguesa de esta época. Algo que en pleno siglo XXI, cuando la problemática que originariamente dio  lugar a la derecha y a la izquierda resulta cada vez más anacrónica, sólo puede conducir a nuevas síntesis.

Desde el comienzo de su aventura intelectual, la Nueva derecha reclamó bien a las claras su ambición: favorecer un diálogo con una nueva izquierda» liberada de los lastres dogmáticos de antaño. Una empresa ardua, ciertamente. Porque lo que hay enfrente es esa «izquier­da divina» de la que hablaba Jean Braudillard: una izquierda que se pretende «transparente, virtuosa y moral, representativa de los valores profundos, definitivos de la historia.
En primer término, llamar a la policía (del pensamiento). Desde que la izquierda mayoritaria abandonó sus ínfulas revolucionarias para adherirse al «capitalismo de la seducción» se abortó toda posibilidad de diálogo. Porque esta izquierda travestida sustituyó el debate de ideas por un moralismo histérico para lanzarse a una caza de brujas ante todo aquello que pueda traspasar los límites de lo que ella juzga permisible. A la mayor gloria del pensamiento único. Mucho tiene que ver en ello el confort intelectual y material de los que se saben detentadores de la ideología del Establishment: esa izquierda institucional amodorrada en un poder mediático-cultural que viene disfrutando desde hace dé­cadas, y que dispensa sermones desde el prisma llorón de la ideología de los derechos humanos, desde el encefalograma plano del buenismo. Son los nuevos devotos del orden moral, las nuevas ligas de la virtud, las nuevas mojigatas indignadas, las nuevas damas victorianas defenso­ras de la «decencia».

La campaña de denuncia contra la Nueva derecha en 1979 marcó el tono de todo lo que vendría a continuación: los linchamientos me­diáticos, las «llamadas a la vigilancia», las denuncias de «conspiraciones rojo-pardas» y todo un goteo constante de difamaciones más o menos folclóricas, cuyo examen detallado tendría más bien cabida en la pe­queña historia de esos «años de plomo» para la libertad de expresión:
Pero más allá de las agitaciones mediáticas, mayor interés para calibrar las pautas de desinformación que rodean a esta corriente de ideas tiene referirse a los enfoques con pretensiones académicas o «científicas».
Normalmente, éstos comienzan por proclamar que las descalifi­caciones sumarias son insuficientes para enfrentarse a la complejidad de un fenómeno que tiene un carácter sinuoso, escurridizo: «el grupo escapa siempre por cualquier lado a la definición que trate de dársele», «flexibilidad del discurso, agilidad de espíritu, cultura erudita, formas inéditas de militantismo son sin duda la obra de Alain de Benoist»." La labor del investigador universitario adquiere por tanto una pátina detectivesca: consiste en desbrozar las ramificaciones y escabrosidades del discurso para desenmascarar su verdadera faz y eventualmente des­activar sus perniciosos efectos.
La nota común más frecuente en estos estudios es recurrir a un enfoque básico: el juicio de intenciones. Esto es, atribuir a priori al de­nunciado una «intención oculta», a partir de la cual se juzga todo lo que haga o diga. Dicho de otra forma: «el inquisidor no demuestra el pecado, sino que sienta previamente la intención pecaminosa, y des­pués juzga el comportamiento en función de esa intención supuesta." Partiendo de una premisa tan simple se eligen los métodos adecuados para que el análisis conduzca, en secuencias lógicas, a la conclusión a la que se quiere llegar. Una técnica habitual es el uso selectivo de aquellos elementos del discurso neoderechista que se juzgan más adecuados para los fines perseguidos, dejando fuera el resto (técnica de «la parte por el todo» o recorte). Otro método socorrido es la mezcla de elementos de naturaleza distinta para llegar a la conclusión adecuada, generalmen­te a través de una culpabilidad por asociación (técnica de la amalgama). Algunos ejemplos.

El interés de la Nueva derecha (fundamentalmente en sus prime­ros años) por los temas relativos al «realismo biológico», la gen ética, la antropología física, la psicología hereditaria (Jensen y Eysenk) y la biología del comportamiento o etología (Konrad Lorenz) ponía el énfasis en el estudio de las desigualdades, tanto interindividuales como interétnicas. Pues bien, estos temas se identifican como el nú­cleo central de la propuesta teórica y se relega (técnica del recorte) la crítica radical que esta corriente de ideas hace de todo reduccionismo o determinismo biológico, al señalar que son la cultura y la libertad humanas los elementos que en última instancia son definitorios de la persona, y que la dignidad de la misma no está en función de sus características biológicas: Igualmente, se asocian estos temas (técni­ca de la amalgama) a algo diferente: una supuesta justificación del darwinismo social o la defensa de un «superhombre» nietzscheano entendido en un sentido biológico. Lo que inevitablemente desem­boca en la acusación de racismo.

Otro tanto cabe decir del interés por las civilizaciones indoeu­ropeas. La Nueva derecha realizó en los primeros años setenta todo un trabajo de divulgación de la obra de Georges Dumézil y de sus estudios sobre la ideología trifuncional en las antiguas sociedades indoeuropeas (es decir, las civilizaciones griegas, romanas, célticas, germánicas, bálticas, eslavas, iraníes, india) que se orientaba hacia una interpretación científica de la identidad cultural de Europa. Pues bien, obviando el hecho de que «los indoeuropeos» son un concepto lingüístico-cultural y no racial, esa temática se asoció a un supuesto interés por la «raza aria», ignorando tanto lo que realmente se decía como los terminantes posicionamientos de la Nueva derecha en con­tra de cualquier forma de racismo:

Otro método socorrido es la técnica del doble rasero. Un ejemplo concreto: la asimilación de Alain de Benoist a la extrema derecha en base a su interés por los autores de la «Revolución Conservadora» alemana del primer tercio del siglo xx. Este argumento parte de una falacia: la Revolución Conservadora fue uno de los fundamentos ideológicos del nacionalsocialismo. Algo difícil de sostener, dado que todo estudio detenido sobre el tema pone de relieve que la mayoría de esos autores contemplaron la ascensión nazi con recelo, y muchos de ellos optaron por el exilio interior o exterior, o fueron persegui­dos. El hecho de que en el ideario de derecha nacionalista de esos autores hubiese elementos de intersección con el nazismo no puede honestamente conducir a la identificación sumaria entre ambos fenó­menos, del mismo modo que tampoco puede identificarse a todo el socialismo democrático o a todo el marxismo por su matriz filosófica común con la ideología de Stalin, Mao o Pol Pot".

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