viernes, 16 de mayo de 2008

2º Comentario de Filosofía¿Qué es Filosofía? Ortega y Gasset. 1ª Evaluación.

Para los antiguos, realidad, ser, significaba cosa; para los modernos, ser significaba "intimidad", "subjetividad". Para nosotros, ser significa vivir y por tanto, intimidad consigo y con las cosas...Refresquemos, en pocas palabras, la ruta que nos ha conducido hasta topar con el "vivir" como dato radical, como realidad primordial.
La existencia de las cosas como existencia independiente de mí es problemática, por consiguiente, abandonamos la tesis realista, para los que realidad significaba "cosa". Es, en cambio, indudable que yo pienso las cosas, que existe mi pensamiento y que, por tanto, la existencia de las cosas es dependiente de mí; esta es la primera parte de la tesis idealista que aceptamos. Ahora bien, cuando el idealismo afirma que las cosas dependen de mí, son pensamientos en el sentido de que son contenidos de mi conciencia, estados de mi yo, no aceptamos esta segunda parte del idealismo. Y no lo aceptamos, porque el modo de dependencia entre el pensar y sus objetivos no puede ser, como pretendía el idealismo, un tenerlos en mí, ante mí. Al revés, yo me doy cuenta de que pienso cuando, por ejemplo, me doy cuenta de que veo o pienso un estrella; y entonces de lo que me doy cuenta es de que existen dos cosas distintas, aunque unidas la una a la otra.
Por tanto: la verdad radical es la coexistencia de mí con el mundo. Existir es primordialmente coexistir.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Comentario 3º trimestre.Técnica,medicina y ética.Autor: Hans Jonas. 1ª Evaluación.

Hans Jonas (1903-1993) es un referente para los estudiosos de bioética, tecnoética y ética ecológica. Enemigo de las utopías, nos lleva a pensar los límites del poder, pues toda utopía sabe como comienza, pero no como termina y ese fin puede ser catastrófico.
Texto: Desde mediados de siglo pasado y de forma acelerada en el nuestro, vivimos un traspaso cada vez más irresistible de la teoría, por pura que sea, al campo vulgar de la práctica en forma de técnica científica. El mandato de Francis Bacon de aspirar al poder sobre la naturaleza y elevar a través de él el estado material del ser humano se ha convertido en una verdad activa por encima de todas las expectativas.
Ahora bien, quien ensalza a la ciencia por sus beneficios la expone también a la pregunta de si todas sus obras son beneficiosas. Por consiguiente, ya no es una cuestión de buena o mala ciencia, sino de buenos o malos efectos de la ciencia.
La respuesta simplista es que el investigador, dado que no tiene poder alguno sobre la aplicación de sus descubrimientos, tampoco es responsable de su abuso. El razonamiento es muy simple. Los problemas de conciencia de los investigadores atómicos después de Hiroshima apuntan a ello. No sólo los límites entre teoría y práctica se han vuelto imprecisos, sino que ambos están fundidos entre sí, de forma que la coartada de la teoría pura y con ella la inmunidad moral que permitía, ya no existe.
El problema es que la pura economía de los avances técnicos exige la colaboración del Estado, su padrinazgo. Así, reina el puro entendimiento: de forma abierta, el valor de uso esperado se alega en la solicitud de subvención como fundamento de su recomendación, o se especifica directamente como fin en su ofrecimiento. En resume, se ha llegado a que las tareas de la ciencia sean determinadas cada vez más por intereses externos, con lo cual desaparece más la coartada de la teoría pura y desinteresada y la ciencia entra de lleno al reino de la acción social, donde todo el mundo tiene que responder de sus actos. Máxime en la acción técnica aplicada a la vida y a la manipulación genética.
La comunidad investigadora tomó conciencia de lo inusual y amenazador de la acción iniciada en este último terreno de la vida y guardó un moratoria para estudiar y examinar los riesgos. Pero, desde hace poco, la preocupación se ha evaporado de los portavoces de la ciencia...era exagerada, se dicen a sí mismos y al público....y además entretanto la técnica ha pasado ya a manos comerciales e industriales, menos sensibles a los escrúpulos de los delicados científicos. Más exactamente: científicos menos delicados se han convertido en empresarios para la distribución lucrativa de los productos de su investigación.
No es posible prever qué arbitrario camino tomarán estos recién llegados al ecosistema, mediante qué mutaciones propias podrán sustraerse al previsto control biológico.
Lo que digo es que el bien público al que afecta tiene que tener voz en él....desde fuera, si es necesario, desde dentro, desde la conciencia del propio investigador, si es posible.
En conjunto, hemos de confesar para terminar que el problema de cómo responder a la enorme responsabilidad que el casi irresistible progreso científico-técnico deposita tanto sobre sus titulares como sobre la mayoría que lo disfruta o sufre sigue sin estar resuelto, y que los caminos para su solución están en sombras. Sólo los inicios de una nueva conciencia que, aún parpadeante, acaba de despertar de la euforia de las grandes victorias a la dura luz diurna de sus riesgos, y aprendan nuevamente a temer y a temblar, permiten la esperanza de que nos impongamos voluntariamente barreras de responsabilidad y no permitamos a nuestro tan acrecido poder dominarnos por último a nosotros mismos (o a los que vengan detrás de nosotros).

domingo, 4 de mayo de 2008

Libro del mes(mayo2008)Los garabatos de Dios

Olga Bejano Domínguez nace en Madrid (1963). En 1987, un enfermedad neuromuscular empezó a paralizar lentamente todo su cuerpo. Aún así, escribió artículos relacionados con la vida y la enfermedad. En 1997 publica el libro VOZ DE PAPEL. El pueblo riojano la proclama Riojana del año y en Junio del mismo año le conceden la Medalla de oro de la Rioja.
Gracias a unos movimientos casi imperceptibles en su mano derecha ha inventado su propio sistema de comunicación perfectamente traducible al abecedario.Su enfermera interpreta lo que aparentemente son unos simples garabatos. Gracias a ellos escribió el enorme éxito editorial ALMA DE COLOR SALMÓN y, ahora, LOS GARABATOS DE DIOS.
Representa un canto a la vida y una superación del sufrimiento y la enfermedad y con su ejemplo nos pone de manifiesto que toda vida tiene sentido: el camino hacia Dios.
Muchas personas me dicen: "Tienes que explicar mejor cómo te comunicas, porque incluso los que hemos leído tus libros pensamos que escribes con la mano y, cuando uno te ve, en realidad es una experiencia impresionante comprobar que lo que mueves no es la mano, sino la cadera y la pierna derecha con pequeños impulsos". Pues bien, desde 1987 hasta 1994 escribía con una letra legible. A finales del año 1994, mis dos brazos y mis dos manos se paralizaron por completo. Todas mis limitaciones son muy duras, pero lo que peor llevo es la de no poder hablar. Si pudiera hablar, mi sufrimiento se reduciría a un sesenta por ciento, o así lo creo. En los primeros tiempos me consolaba el hecho de poder escribir, aunque fuera en la cama; pero, al ir perdiendo facultades, cuando ya no me era posible escribir, no me rendí y comencé a hacer todo tipo de pruebas con pizarras y pizarritas. Hasta que un día le dije a mi madre:"Colócame el brazo derecho entre mi cuerpo y el reposabrazos derecho de la silla de ruedas. Pon un cuaderno entre las piernas y un rotulador entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha". Probamos con diversos tipos de cuadernos hasta que el más sencillo, del tamaño de media cuartilla, con las tapas blandas, fue el que dio resultado.......El regazo es mi pupitre, y mi pierna derecha hace de mano. Me colocan la mano derecha encima del muslo derecho, y al mover la pierna con pequeños impulsos, van naciendo uno a uno mis benditos garabatos.Son letras normales, pero deformadas por la falta de fuerza. La enfermera tiene que ir aprendiendo cómo hago cada letra......Así que sólo puedo hablar con mi voz de papel tres horas al día, de una a dos y de cinco a siete, y sólo los días laborables, ya que los fines de semana y días festivos no dispongo de la enfermera........Cada día estoy un poco peor.Que no se rompa mi particular forma de comunicación es lo que a todas las personas que me conocen les parece un auténtico milagro.
Por eso, tras mucho orar y meditar, he decidido que los garabatos se merecen, como poco, aparecer en el título de este libro. Gracias a Dios, a las personas que Él ha ido poniendo a mi lado, y a que mis garabatillos siguen vivos, este libro no se ha quedado en el interior de mi cabeza y de mi alma.
En esta ocasión hablo de mi faceta espiritual.......Sólo el Cielo sabe el esfuerzo que me ha costado escribir este libro.
Bendito sea el Dios que quiso darme un alma de color salmón, bendito sea el padre que me engrendró, bendita sea la madre que me parió y bendito sea el equipo "O"-¡Bienvenido a esta vida, a esta loca vida de la que ya estoy harta de estar harta! Hasta el día que Dios decida que es el momento de mi partida, disfrutaré de mi hijo literario. Querido libro espero que me hagas tan feliz y me des tantas satisfacciones como me han dado y me siguen dando tus dos primeros hermanos, "Voz de papel" y "Alma de color salmón" ¡Que seas bien recibido en esta vida!

martes, 29 de abril de 2008

1º Comentario de Filosofía

La Jornada Semanal, domingo 27 de noviembre de 2005 núm. 560

José Ortega y Gasset
Democracia morbosa
Las cosas buenas que por el mundo acontecen obtienen en España sólo un pálido reflejo. En cambio, las malas repercuten con increíble eficacia y adquieren entre nosotros mayor intensidad que en parte alguna.
En los últimos tiempos ha padecido Europa un grave descenso de la cortesía, y coetáneamente hemos llegado en España al imperio indiviso de la descortesía. Nuestra raza valetudinaria se siente halagada cuando alguien la invita a adoptar una postura plebeya, de la misma suerte que el cuerpo enfermo agradece que se le permita tenderse a su sabor. El plebeyismo, triunfante en todo el mundo, tiraniza en España. Y como toda tiranía es insufrible, conviene que vayamos preparando la revolución contra el plebeyismo, el más insufrible de los tiranos.
Tenemos que agradecer el adviento de tan enojosa monarquía al triunfo de la democracia. Al amparo de esta noble idea se ha deslizado en la conciencia pública la perversa afirmación de todo lo bajo y ruin.
¡Cuántas veces acontece esto! La bondad de una cosa arrebata a los hombres y, puestos a su servicio, olvidan fácilmente que hay otras muchas cosas buenas con quienes es forzoso compaginar aquélla, so pena de convertirla en una cosa pésima y funesta. La democracia, como democracia, es decir, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada y fuera de sí, la democracia en religión o en arte, la democracia en el pensamiento y en el gesto, la democracia en el corazón y en la costumbre, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad.
Cuanto más reducida sea la esfera de acción propia a una idea, más perturbadora será su influencia, si se pretende proyectarla sobre la totalidad de la vida. Imagínese lo que sería un vegetariano en frenesí que aspire a mirar el mundo desde lo alto de su vegetarianismo culinario: en arte censuraría cuanto no fuese el paisaje hortelano; en economía nacional sería eminentemente agrícola; en religión no admitiría sino las arcaicas divinidades cereales; en indumentaria, sólo vacilaría entre el cáñamo, el lino y el esparto, y como filósofo, se obstinaría en propagar una botánica trascendental. Pues no parece menos absurdo el hombre que, como tantos hoy, se llega a nosotros y nos dice: ¡Yo, ante todo, soy demócrata!
En tales ocasiones suelo recordar el cuento de aquel monaguillo que no sabía su papel, y a cuanto decía el oficiante, según la liturgia, respondía: "¡Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento!" Hasta que, harto de la insistencia, el sacerdote se volvió y le dijo: "¡Hijo mío, eso es muy bueno; pero no viene al caso!"
No es lícito ser ante todo demócrata, porque el plano a que la idea democrática se refiere no es un primer plano, no es un "ante todo". La política es un orden instrumental y adjetivo de la vida, una de las muchas cosas que necesitamos atender y perfeccionar para que nuestra vida personal sufra menos fracasos y logre más fácil expansión. Podrá la política, en algún momento agudo, significar la brecha donde debemos movilizar nuestras mejores energías, a fin de conquistar o asegurar un vital aumento; pero nunca puede ser normal esa situación.
Es uno de los puntos en que más resueltamente urge corregir al siglo XIX. Ha padecido éste una grave perversión en el instinto ordenador de la perspectiva, que le condujo a situar en el plano último y definitivo de su preocupación lo que por naturaleza sólo penúltimo y previo puede ser. La perfección de la técnica es la perfección de los medios externos que favorecen la vitalidad. Nada más discreto, pues, que ocuparse de las mejores técnicas. Pero hacer de ello la empresa decisiva de nuestra existencia, dedicarle los más delicados y constantes esfuerzos nuestros, es evidentemente una aberración. Lo propio acontece con la política que intenta la articulación de la sociedad, como la técnica de la naturaleza, a fin de que quede al individuo un margen cada vez más amplio donde dilatar su poder personal.
Como la democracia es una pura forma jurídica, incapaz de proporcionarnos orientación alguna para todas aquellas funciones vitales que no son derecho público, es decir, para casi toda nuestra vida, al hacer de ella principio integral de la existencia se engendran las mayores extravagancias. Por lo pronto, la contradicción del sentimiento mismo que motivó la democracia. Nace ésta como noble deseo de salvar a la plebe de su baja condición. Pues bien: el demócrata ha acabado por simpatizar con la plebe, precisamente en cuanto plebe, con sus costumbres, con sus maneras, con su giro intelectual. La forma extrema de esto puede hallarse en el credo socialista —¡porque se trata, naturalmente, de un credo religioso!—, donde hay un artículo que declara la cabeza del proletario única apta para la verdadera ciencia y la debida moral. En el orden de los hábitos, puedo decir que mi vida ha coincidido con el proceso de conquista de las clases superiores por los modales chulescos. Lo cual indica que no ha elegido uno la mejor época para nacer. Porque antes de entregarse los círculos selectos a los ademanes y léxico del Avapiés, claro es que ha adoptado más profundas y graves características de la plebe.
Toda interpretación soi-disant democrática de un orden vital que no sea el derecho público es fatalmente plebeyismo.
En el triunfo del movimiento democrático contra la legislación de privilegios, la constitución de castas, etcétera, ha intervenido no poco esta perversión moral que llamo plebeyismo; pero más fuerte que ella ha sido el noble motivo de romper la desigualdad jurídica. En el antiguo régimen son los derechos quienes hacen desiguales a los hombres, prejuzgando su situación antes que nazcan. Con razón hemos negado a esos derechos el título de derechos y dando a la palabra un sentido peyorativo los llamamos privilegios. El nervio saludable de la democracia es, pues, la nivelación de privilegios, no propiamente de derechos. Nótese que los "derechos del hombre" tienen un contenido negativo, son la barbacana que la nueva organización social, más rigurosamente jurídica que las anteriores, presenta a la posible reviviscencia del privilegio.1 A los "derechos del hombre" ya conocidos y conquistados habrá de acumular otros y otros hasta que desaparezcan los últimos restos de mitología política. Porque los privilegios que, como digo, no son derechos, consisten en perduraciones residuales de tabúes religiosos.
Sin embargo, no acertamos a prever que los futuros "derechos del hombre", cuya invención y triunfo ponemos en manos de las próximas generaciones, tengan un vasto alcance y modifiquen la faz de la sociedad tanto como los ya logrados o en vías de lograrse.2 De modo que si hay empeño en reducir el significado de la democracia a esta obra niveladora de privilegios, puede decirse que han pasado sus horas gloriosas.
Si, en efecto, la organización jurídica de la sociedad se quedara en ese estadio negativo y polémico, meramente destructor de la organización "religiosa" de la sociedad; si no mira el hombre su obra de democracia tan sólo como el primer esfuerzo de la justicia, aquel en que abrimos un ancho margen de equidad, dentro del cual crear una nueva estructura social justa —que sea justa, pero que sea estructura—, los temperamentos de delicada moralidad maldecirán la democracia y volverán sus corazones al pretérito, organizado, es cierto, por la superstición; mas, al fin y al cabo, organizado. Vivir es esencialmente, y antes que toda otra cosa, estructura: una pésima estructura es mejor que ninguna.
Y si antes decía que no es lícito ser "ante todo" demócrata, añado ahora que tampoco es lícito ser "sólo" demócrata. El amigo de la justicia no puede detenerse en la nivelación de privilegios, en asegurar igualdad de derechos para lo que en todos los hombres hay de igualdad. Siente la misma urgencia por legislar, por legitimar lo que hay de desigualdad entre los hombres.
Aquí tenemos el criterio para discernir dónde el sentimiento democrático degenera en plebeyismo. Quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo.
La época en que la democracia era un sentimiento saludable y de impulso ascendente, pasó. Lo que hoy se llama democracia es una degeneración de los corazones.
A Nietzsche debemos el descubrimiento del mecanismo que funciona en la conciencia pública degenerada: le llamó ressentiment. Cuando un hombre se siente a sí mismo inferior por carecer de ciertas calidades —inteligencia o valor o elegancia— procura indirectamente afirmarse ante su propia vista negando la excelencia de esas cualidades. Como ha indicado finalmente un glosador de Nietzsche, no se trata del caso de la zorra y las uvas. La zorra sigue estimando como lo mejor la madurez en el fruto, y se contenta con negar esa estimable condición a las uvas demasiado altas. El "resentido" va más allá: odia la madurez y prefiere lo agraz. Es la total inversión de los valores: lo superior, precisamente por serlo, padece una capitis diminutio, y en su lugar triunfa lo inferior.
El hombre del pueblo suele o solía tener una sana capacidad admirativa. Cuando veía pasar una duquesa, en su carroza se extasiaba, y le era grato cavar la tierra de un planeta donde se ven, por veces, tan lindos espectáculos transeúntes. Admira y goza el lujo, la prestancia, la belleza, como admiramos los oros y los rubíes con que solemniza su ocaso el Sol moribundo. ¿Quién es capaz de envidiar el áureo lujo del atardecer? El hombre del pueblo no se despreciaba a sí mismo: se sabía distinto y menor que la clase noble; pero no mordía su pecho el venenoso "resentimiento". En los comienzos de la Revolución francesa una carbonera decía a una marquesa: "Señora, ahora las cosas van a andar al revés: yo iré en silla de manos y la señora llevará al carbón." Un abogadete "resentido" de los que hostigaban al pueblo hacia la revolución, hubiera corregido: "No, ciudadana: ahora vamos a ser todos carboneros."
Vivimos rodeados de gentes que no se estiman a sí mismas, y casi siempre con razón. Quisieran los tales que a toda prisa fuese decretada la igualdad entre los hombres; la igualdad ante la ley no les basta: ambicionan la declaración de que todos los hombres somos iguales en talento, sensibilidad, delicadeza y altura cordial. Cada día que tarde en realizarse esta irrealizable nivelación es una cruel jornada para esas criaturas "resentidas", que se saben fatalmente condenadas a formar la plebe moral e intelectual de nuestra especie. Cuando se quedan solas les llegan del propio corazón bocanadas de desdén para sí mismas. Es inútil que por medio de astucias inferiores consigan hacer papeles vistosos en la sociedad. El aparente triunfo social envenena más su interior, revelándoles el desequilibrio inestable de su vida, a toda hora amenazada de un justiciero derrumbamiento. Aparecen ante sus propios ojos como falsificadores de sí mismos, como monederos falsos de trágica especie, donde la moneda defraudada es la persona misma defraudadora.
Este estado de espíritu, empapado de ácidos corrosivos, se manifiesta tanto más en aquellos oficios donde la ficción de las cualidades ausentes es menos posible. ¿Hay nada tan triste como un escritor, un profesor o un político sin talento, sin finura sensitiva, mordidos por el íntimo fracaso, a cuanto cruza ante ellos irradiando perfección y sana estima de sí mismo?
Periodistas, profesores y políticos sin talento componen, por tal razón, el Estado Mayor de la envidia, que, como dice Quevedo, va tan flaca y amarilla porque muerde y no come. Lo que hoy llamamos "opinión pública" y "democracia" no es en grande parte sino la purulenta secreción de esas almas rencorosas.
---------
1 Este carácter negativo, defensivo, polémico de los derechos del hombre aparece bien claro cuando se asiste a su germinación en la revolución inglesa.
2 Así el "derecho económico del hombre" por el cual combaten los partidos obreros.