Pero conviene volver a lo que nos habíamos planteado al principio, pues quizá a partir de ello se vea claro lo que ahora investigamos. Si, pues, es necesario ver el final de la vida para juzgar, no de la felicidad de cada uno en ese momento, sino de su felicidad pasada, ¿cómo no ha de ser absurdo, si alguien es feliz, no aceptar este hecho como verdadero por la negativa a declarar felices a los vivos a consecuencia de los cambios que pueden sobrevenirles y por entender la felicidad como algo estable, en modo alguno propenso al cambio, siendo así que la fortuna da muchas vueltas en torno a ellos?. En efecto, es evidente que, si seguimos los cambios de la fortuna, habremos de declarar al mismo individuo feliz unas veces, desgraciado otras, haciendo de la persona feliz una especie de camaleón o edificio sin cimientos. Pero es que en modo alguno hay que seguir las vicisitudes de la fortuna, pues no es de ellas de quien depende el vivir bien o mal, aunque la vida humana necesita de ellas, como dijimos antes; son, en cambio, las actividades conformes a la virtud las determinantes de la felicidad, y las contrarias, de lo contrario. Lo que ahora discutíamos apoya nuestro razonamiento. En ninguna de las obras humanas, en efecto, hay tanta seguridad como en las actividades conformes a la virtud, pues estas parecen incluso más firmes que las ciencias; y de estas, son más firmes las más valiosas, puesto que en ellas se centra más y de manera más continuada la vida de las personas felices. Ésta parece ser la causa de que en ellas no se dé el olvido.
Lo que buscamos se dará, por tanto, en la persona feliz, que lo será de por vida, pues siempre o casi siempre hará y contemplará lo que es conforme a la virtud, y el que es verdaderamente bueno y "cuadrado sin defecto" sobrellevará las vicisitudes de la fortuna con la mayor elegancia y siempre de la manera más ajustada a cada circunstancia.
Muchas cosa sobrevienen por azar y se diferencian por su mayor o menor importancia: es evidente que los pequeños favores de la fortuna, así como sus opuestos, no tienen apenas influencia en la vida, mientras que los sucesos favorables importantes y frecuentes hacen la vida más dichosa y los sucesos de signo contrario constriñen y deterioran la dicha, pues son causa de aflicciones y entorpecen muchas actividades. Sin embargo, también en ellos resplandece la nobleza, cuando uno sobrelleva con facilidad muchos y grandes contratiempos, no por insensibilidad, sino por tener buen natural y grandeza de ánimo. Si, como hemos dicho, las actividades dominan la vida, ningún ser dichoso vendrá a ser desgraciado, pues jamás realizará actos odiosos y viles.. En efecto, el que es auténticamente bueno y prudente, pensamos nosotros, soporta de buen talante todas las vicisitudes de la fortuna y sabe sacar de todas las situaciones el mejor partido posible, del mismo modo que el general utiliza lo mejor posible el ejército de que dispone para ganar la guerra y que el zapatero hace, con el cuero que se le ha dado, el mejor calzado posible; lo mismo vale para todos los demás artesanos.
Si es así, jamás puede ser desdichado el que es feliz, aunque no será ciertamente dichoso si le toca la suerte de Príamo.
No es, por tanto, variable ni propenso al cambio: en efecto, no se apartará fácilmente de su felicidad, ni siquiera como consecuencia de las desgracias que puedan sucederle, salvo que sean muchas y muy grandes, en cuyo caso necesitará no poco tiempo para volver a ser feliz y, si llega a ello, será luego de completar un largo período y de haber hecho en su trascurso grandes y hermosos logros.
¿Que nos impide, pues, llamar feliz al que obra según una virtud perfecta y suficientemente provisto de bienes externos, y esto no durante un tiempo cualquiera, sino una vida entera? ¿O acaso hay que añadir a esto que continuará viviendo de esta manera y que morirá de manera semejante?
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