viernes, 9 de julio de 2010

4º E.S.O. Ética: Tercer Trimestre: El ciudadano.

TOLERANCIA, PLURALISMO Y MANIPULACIÓN.


En 1995, la ONU consideró necesario proclamar el “Año internacional de la Tolerancia”, apenas medio siglo después de Auschwitz, Katyn e Hiroshima. Se había roto el consenso del “nunca más”. Bosnia, Kurdistán, Ruanda……Dejaban en evidencia a los más optimistas que pensaron que los horrores y genocidios no se volverían a repetir.
Nuestro mundo está convulso y los viejos fantasmas de la tiranía, y de la cobardía de quienes no la padecen parecen haber vuelto. Ante ello, es preciso retomar los valores de la tolerancia y el pluralismo, y despertar nuestra inteligencia para prevenirnos de la manipulación.

La tolerancia está entre las virtudes más aplaudidas y que más permiten presumir, pero es de las más difíciles de practicar. Tolerar no es tolerar a los demás. A los demás, con sus diferencias, hay que respetarlos, que es más que tolerarlos. La tolerancia es la actitud ante lo que no es bueno pero que se debe consentir. Se podría definir como "permitir un mal cuando se piensa que impedirlo traería consigo un mal aún peor o impediría un bien superior". La tolerancia implica por tanto una jerarquía de bienes y valores en quien la practica.
La convivencia exige tolerancia pero no todo se debe tolerar. El resto de partidos de la Alemania de entreguerras no debió tolerar al nazi NSDAP. ¿y hoy? ¿Debemos tolerar el tráfico de personas, de drogas o de armas? ¿Es intolerante el actual gobierno alemán que sí que prohíbe ahora actos y asociaciones neonazis? ¿Cuál es el límite entre lo tolerable y lo intolerable? En las sociedades confiadas al imperio de la ley y del derecho hay que dejar en manos del poder judicial el trazado de esta frontera. Pero podemos señalar que es necesario que el legislador haya antes actuado desde una jerarquía de valores que respete la dignidad de las personas y que el juez obre desde la prudencia.

El pluralismo es el respeto a la diversidad. Es la disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar -distinta raza, distinta religión, distintas costumbres- que no son la nuestra. No es ya el aceptar un mal (tolerancia) sino admitir un bien que no se nos aparece como tal bien con evidencia, pero que sabemos que lo es. Es muy difícil ser profundamente pluralista sin el respeto hondo y sincero a los demás, a su condición de personas dotadas de infinita dignidad.

Hablar de la manipulación es más complicado. Es la utilización de la apariencia de verdad para confundir y para obtener fines espurios, adulterados, falsos. En la edad de la información es una tentación en la que ya han caído muchos poderosos para reforzar su poder. Para defendernos, es necesario recurrir al criterio del que se ha hablado antes, a una profunda honradez intelectual y a una despierta claridad de ideas. "Esta claridad de ideas nos da cierta libertad interior frente a los ardides de los manipuladores. Pero no hay que olvidar que éstos son "prestidigitadores de conceptos", "ilusionistas de la mente" y necesitamos conocer de cerca sus tácticas arteras para no ser burlados por su arte de la tergiversación". (Alfonso López Quintás. Descubrir la grandeza de la vida).

El manipulador es un gran técnico de las palabras. En la antigua Grecia se llamaban sofistas. "El manipulador no quiere promocionar nuestra personalidad, nuestro conocimiento profundo de los valores, nuestra libertad creativa ... ; actúa, subrepticiamente, sobre nuestros centros de decisión para que sigamos sus consignas y defendamos sus intereses. No habla a nuestra inteligencia ni respeta nuestra libertad. Por eso no necesita ser muy inteligente para dominarnos, sino un tanto astuto" (Alfonso López Quintás. Descubrir la grandeza de la vida).

Podemos ver un ejemplo de esta técnica. Es casi como seguir los pasos de una una receta de cocina. Primero se incluye un nuevo concepto bajo el mismo género. Luego se trata de equiparar su naturaleza y por tanto, sus derechos legales, del concepto clásico con el recién "acogido". Y por fin, hemos desnaturalizado al primero. Verbigracia: la familia. Existía, tranquilamente, la idea de familia, tal y como la habían concebido todo el mundo: hombres buenos y hombres malos, antiguos y modernos, derechistas e izquierdistas; la de siempre: un padre, una madre, unos hijos ... Ampliable si se quería a abuelos, tíos y sobrinos, ... Nada especial, vaya. De repente, deja de ser "familia" y pasa a ser "familia-tradicional", al lado de la recién llegada "familia no-tradicional”:

"Siempre se me ha antojado entre redundante y rocambolesco que a la familia se la moteje de «tradicional». No me causaría mayor asombro si mañana entrara en un restaurante y, tras solicitar al camarero un guiso de conejo, éste me respondiese: «Perdone el señor, ¿se refiere a un conejo tradicional? Porque también podemos ofrecerle un conejo bípedo». «¿y cómo han logrado obtener conejos bípedos? -preguntaría yo, sobresaltado ante la mención de tan portentosa quimera-o ¿Mediante manipulación genética?». «Oh, no señor -rne respondería el camarero, con una sonrisita condescendiente-, son conejos criados del modo más natural: además de caminar sobre dos patas, tienen plumas en lugar de pelo y corona su cabeza una graciosa cresta». «Pero usted me está describiendo un pollo -le objetaría un tanto mosqueado al obsequioso camarero-o Y yo lo que deseo comer es conejo». «Creo que el señor no me ha entendido: existe un conejo tradicional, que hociquea y pega brinquitos; y existe un conejo bípedo, que se reproduce mediante huevos y come por el pico». «Que no, hombre, que no, que eso que usted llama conejo bípedo es un pollo de libro, un pollo de los de toda la vida, vamos», insistiría yo, entre divertido y exasperado. Ante lo cual, el camarero, herido en la víscera del orgullo y con ademán autoritario, me expulsaría del restaurante, murmurando: «Habráse visto, qué tío carca. iPretender que los conejos tradicionales son los únicos que existen!.
Una impresión de desconcierto similar me golpea cuando oigo hablar de «familia tradicional», como una más de las posibles formas de familia. Uno puede entender que la gente se lo monte como quiera y pruebe las más imaginativas modalidades de combinación humana; uno puede entender incluso que, de resultas de algún trauma infantil o como consecuencia de una indigestión de pienso ideológico, llegue a aborrecer la familia. Pero que alguien que aborrece la familia desee usurpar su nombre ya requiere una explicación clínica. Yo, por ejemplo, aborrezco la gimnasia y me precio de no haber visitado en mi puñetera vida uno de esos quirófanos con olor a sobaco donde la gente mata su salud haciendo pesas y bicicleta ciclostática; pero cuando tengo que rellenar algún impreso oficial no se me ocurre poner en la casilla de la profesión «gimnasta de sofá». Tampoco pretendo concurrir en ninguna olimpiada, ni convencer a nadie de que mis confortables michelines, que tanto me abrigan en invierno, son en realidad músculos abdominales hiperdesarrollados. Digamos que acepto con plácida naturalidad que carezco de dotes gimnásticas; no entiendo por qué cierta gente que carece de dotes para fundar una familia pretende, en cambio, que la modalidad alternativa de combinación humana que escogen sea designada con el nombre que en realidad tanto detestan. Supongo que tanta terquedad obedece en el fondo a la supervivencia de un complejito; pero los complejitos, que merecen nuestra caridad, no pueden provocar el torcimiento del lenguaje. De una señora gorda podremos decir, por cortesía o sentido del humor, que está lozana, jamona o maciza; ponderar su esbeltez, en cambio, constituye un ejercicio de cinismo.

Y, salvo que juguemos al cinismo, hemos de reconocer que familia no existe más que una. Cuando decimos «familia tradicional» estamos formulando en realidad un pleonasmo, tan grotesco e hilarante como si dijéramos que después de comer nos gusta dar un «paseo pedestre». ( ... ). Podemos jugar a torcer el lenguaje cuanto deseemos, podemos marear las palabras y someterlas a centrifugados y travestismos pintorescos; pero, por mucho que nos empeñemos, un pollo seguirá siendo un pollo, aunque lo envolvamos con una piel de conejo."
(Juan Manuel de Prada, publicado en A.B.C.)

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