El bien común.
Nuestra existencia en sociedad tiene una finalidad común a todos. Es la ayuda mutua, lo que llamamos bien común. Es en lo que la sociedad en su conjunto imita a la familia. En ésta, todos sus miembros entregan sin miedo todo lo que son sin perder su individualidad, la cual queda además reforzada. La familia transmite al resto de la sociedad sus principales obligaciones con respecto a la persona y la primera es la del bien común.
"Muy bien dijo Platón que no hemos nacido para nosotros únicamente, sino que una gran parte de lo que somos se lo debemos a nuestros padres, y otra a los amigos. Y según afirman los estoicos, todo cuanto produce la tierra fue creado para el uso de los hombres, y los hombres para los hombres, de forma que puedan servirse de provecho entre sí y a los demás. Por eso debemos promover la utilidad común con el mutuo intercambio de obligaciones, dando y recibiendo el fruto de nuestro trabajo y de nuestras facultades”. (Cicerón. “Los oficios.)
La sociedad tiene la obligación de atender a los más necesitados para promover el bien común. Hay quien propone que sea el Estado quien se ocupe de todas las tareas de redistribución social. Pero esta idea es profundamente dañina para la propia sociedad, ya que con la excusa de esa delegación pierde la sensibilidad solidaria y la pone en manos de un Estado que garantiza más su capacidad de imponerse que el sentido de la justicia. Sin embargo, siempre han estado vivas, especialmente en determinados sectores sociales, la preocupación eficaz y la solidaridad para con los que lo pasan peor.
(En España fue impresionante la cantidad de voluntarios que acudieron a Galicia a limpiar las playas cuando tuvo lugar el accidente del petrolero Prestige. O lo son aún hoy los que acuden a sofocar los incendios que verano tras verano asolan nuestro país. O los bañistas de Canarias que no dudan en dejar un día de playa para atender a los inmigrantes africanos que llegan en los cayucos, esas barcazas que los vomitan casi como cadáveres a los que logran sobrevivir hasta nuestras costas. O la reacción de la gente anónima para atender los más de 1.500 heridos en el ll-M. Por no hablar de los miles de misioneros y voluntarios que gastan escondidamente sus vidas exclusivamente por los más necesitados en sus propios países.)
La que debe ser primera conquista del bien común es el bienestar material; no tanto la obtención de un conjunto suficiente de recursos como la participación justa de todos los ciudadanos en ellos. Es lo que también llamamos derecho a la igualdad de oportunidades.
La segunda obligación de la sociedad con relación al bien común es la paz. No tanto la individual -que es tarea de cada uno- sino la paz social. Y no debe ser el resultado del temor a la represión, sino el equilibrio de toda la sociedad para que -sin violencia ni excesivas tensiones- sea posible a cada ciudadano procurarse los fines propios y los de la comunidad. En el siglo XX, lamentablemente, se sucedieron ejemplos de sociedades -de entre las más avanzadas sometidas sin gran rechazo interno al miedo, la opresión y el horror.
"Una especie de glacial aliento se cierne sobre las calles de Alemania en la mañana del 9 de noviembre de 1938. De pronto, una mano asesina barre la pacífica existencia ciudadana de los judíos. Indefensos ciudadanos que son súbitamente expulsados a golpes de sus casas y torturados. Sus comercios demolidos y expropiados. Por todas partes arden las sinagogas. Todo alemán decente está horrorizado. Pero nadie se atreve a protestar en alta voz, pues esa protesta sería ahogada al instante en sangre y muerte”.
(Tomado de una biografía de Edith Stein. Filósofa alemana, judía, discípula de E. Husserl, se convirtió al catolicismo y se hizo carmelita poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Falleció asesinada en Auschwitz. Fue canonizada en 1998. )
Son muchos los testimonios que podemos encontrar sobre la Alemania nazi y la pasividad generalizada de su sociedad durante el III Reich. Tampoco hoy en día podemos estar seguros de que nuestra propia sociedad esté lo suficientemente sana como para reaccionar ante una defección de sus dirigentes en la defensa de las libertades. La situación de los ciudadanos que mantienen incólume su espíritu libre es de tremenda debilidad en esas situaciones, aunque su valentía se hace entonces imprescindible.
"Mientras en mayo de 1942 las tropas alemanas se encontraban en los campos de batalla de Rusia y del Norte de África, unos estudiantes de la Universidad de Munich asistían a clases y compartían su aversión hacia el régimen nazi. Hans Scholl, Alexander Schmorell y Sophie Scholl formaban el núcleo de este grupo de amigos. Que pasó a llamarse La Rosa Blanca. Sophie Scholl nació el 9 de mayo de 1921 en Forchtenberg am Kocher, un pueblo del que su padre, Robert Scholl, era el alcalde. El arresto de su padre por haberse referido a Hitler frente a un empleado suyo como "El Flagelo de Dios", le causó una profunda impresión.
Para la familia Scholl la palabra "lealtad" significaba obedecer los dictados del corazón."Lo que quiero para ustedes es vivir con rectitud y libertad de espíritu, sin importar lo difícil que esto resulte", le dijo el padre a su familia.
Cuando en 1942 comenzó la deportación masiva de judíos, Sophie, Hans, Alexander y Jurgen compraron una máquina de escribir y una copiadora: "nada es tan indigno de una nación como el permitir que sea gobernada sin oposición por una casta que ha cedido a los bajos instintos... La civilización occidental debe defenderse contra el fascismo y ofrecer una resistencia pasiva antes de que el último joven de la nación haya derramado su sangre en algún campo de batalla". Los miembros de La Rosa Blanca trabajaron día y noche en secreto, produciendo miles de panfletos que enviaban a intelectuales desde sitios no detectables dentro de Alemania. Sophie compraba papel y sellos de correo en sitios diferentes para que sus actividades no llamaran la atención. La Gestapo había estado buscando a los autores de los panfletos desde que apareciera el primero. Un día. Sophie y Hans llevaron una maleta llena de folletos a la Universidad, y los dejaron en los pasillos para que los estudiantes los leyesen. Jakob Schmidt, un bedel de la Universidad y miembro del Partido Nazi, vio a Sophie y a Hans con los folletos y los denunció. Fueron llevados bajo arresto a la Gestapo. El "interrogatorio" de Sophie fue tan cruel que apareció ante el tribunal con una pierna rota. El 22 de febrero de 1943 Sophie, Hans y Christoph fueron condenados a muerte en la guillotina por el Tribunal del "Pueblo", que había sido creado por el Partido Nacional Socialista para eliminar a los enemigos de Hitler.
Las últimas palabras que Hans Scholl gritó desde la guillotina fueron: "iViva la Libertad!". “Córno podemos esperar que prevalezca la justicia cuando casi no hay gente que se brinde individualmente en pos de una causa justa", dijo Sophie. "Un día tan lindo, tan soleado, y debo irme", continuó diciendo horas antes de su ejecución. "Pero, qué importa mi muerte, si a través de nosotros miles de personas se despiertan y comienzan a actuar?
El miedo es la primera forma de violencia, un atentado contra la paz. Donde reina el temor la vida se encoge. Tristemente en la España de principios del s. XXI aún tenemos el ominoso ejemplo de una buena parte de la sociedad aplastada por el miedo, especialmente en el País Vasco.
Se permiten todas las comodidades y privilegios de las sociedades occidentales del primer mundo a condición de que se renuncie a la expresión de la propia libertad política. En esas circunstancias, para ser libre hay que ser héroe, y eso reduce significativamente el número de mujeres y de hombres que se atreven a ser libres. Los ciudadanos ya no preguntan entonces "¿qué puedo hacer?", sino ¿“qué me pueden hacer?".
Una sociedad está viva -tiene automovimiento y se marca sus propios fines- cuando considera suyo el deber de intervenir, de acuerdo con las posibilidades de cada uno, en las distintas esferas de la vida pública. y cuando no es así, surge el desinterés, el absentismo electoral, el fraude fiscal, laboral y social, y sólo queda en pie la egoísta defensa de los privilegios de la sociedad opulenta.
Dice el artículo 29.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Toda persona tiene deberes respecto de la comunidad puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad". Se abre así el gran campo de las actividades culturales, asistenciales, benéficas, caritativas, deportivas, etc., cuya finalidad es el muy directamente el bien común y que son promovidas por la iniciativa de los propios ciudadanos.
Además de estas tareas enfocadas en directo al bien común, cualquier tarea o trabajo humanos, desde la sencilla limpieza del hogar hasta la dirección de una gran empresa, deben contribuir al bien común. De esta forma, estarán alineadas con el sentido de trascendencia que difunde el bien en el mundo y dignifica infinitamente a la persona.
El hombre no vive más que en sociedad. Es para él una obligación de justicia colaborar en la configuración de una sociedad más justa, aportando sus propias capacidades personales que, sin duda, habrá a su vez adquirido y desarrollado en la familia, la primera sociedad.
(Apuntes de Filosofía).
Nuestra existencia en sociedad tiene una finalidad común a todos. Es la ayuda mutua, lo que llamamos bien común. Es en lo que la sociedad en su conjunto imita a la familia. En ésta, todos sus miembros entregan sin miedo todo lo que son sin perder su individualidad, la cual queda además reforzada. La familia transmite al resto de la sociedad sus principales obligaciones con respecto a la persona y la primera es la del bien común.
"Muy bien dijo Platón que no hemos nacido para nosotros únicamente, sino que una gran parte de lo que somos se lo debemos a nuestros padres, y otra a los amigos. Y según afirman los estoicos, todo cuanto produce la tierra fue creado para el uso de los hombres, y los hombres para los hombres, de forma que puedan servirse de provecho entre sí y a los demás. Por eso debemos promover la utilidad común con el mutuo intercambio de obligaciones, dando y recibiendo el fruto de nuestro trabajo y de nuestras facultades”. (Cicerón. “Los oficios.)
La sociedad tiene la obligación de atender a los más necesitados para promover el bien común. Hay quien propone que sea el Estado quien se ocupe de todas las tareas de redistribución social. Pero esta idea es profundamente dañina para la propia sociedad, ya que con la excusa de esa delegación pierde la sensibilidad solidaria y la pone en manos de un Estado que garantiza más su capacidad de imponerse que el sentido de la justicia. Sin embargo, siempre han estado vivas, especialmente en determinados sectores sociales, la preocupación eficaz y la solidaridad para con los que lo pasan peor.
(En España fue impresionante la cantidad de voluntarios que acudieron a Galicia a limpiar las playas cuando tuvo lugar el accidente del petrolero Prestige. O lo son aún hoy los que acuden a sofocar los incendios que verano tras verano asolan nuestro país. O los bañistas de Canarias que no dudan en dejar un día de playa para atender a los inmigrantes africanos que llegan en los cayucos, esas barcazas que los vomitan casi como cadáveres a los que logran sobrevivir hasta nuestras costas. O la reacción de la gente anónima para atender los más de 1.500 heridos en el ll-M. Por no hablar de los miles de misioneros y voluntarios que gastan escondidamente sus vidas exclusivamente por los más necesitados en sus propios países.)
La que debe ser primera conquista del bien común es el bienestar material; no tanto la obtención de un conjunto suficiente de recursos como la participación justa de todos los ciudadanos en ellos. Es lo que también llamamos derecho a la igualdad de oportunidades.
La segunda obligación de la sociedad con relación al bien común es la paz. No tanto la individual -que es tarea de cada uno- sino la paz social. Y no debe ser el resultado del temor a la represión, sino el equilibrio de toda la sociedad para que -sin violencia ni excesivas tensiones- sea posible a cada ciudadano procurarse los fines propios y los de la comunidad. En el siglo XX, lamentablemente, se sucedieron ejemplos de sociedades -de entre las más avanzadas sometidas sin gran rechazo interno al miedo, la opresión y el horror.
"Una especie de glacial aliento se cierne sobre las calles de Alemania en la mañana del 9 de noviembre de 1938. De pronto, una mano asesina barre la pacífica existencia ciudadana de los judíos. Indefensos ciudadanos que son súbitamente expulsados a golpes de sus casas y torturados. Sus comercios demolidos y expropiados. Por todas partes arden las sinagogas. Todo alemán decente está horrorizado. Pero nadie se atreve a protestar en alta voz, pues esa protesta sería ahogada al instante en sangre y muerte”.
(Tomado de una biografía de Edith Stein. Filósofa alemana, judía, discípula de E. Husserl, se convirtió al catolicismo y se hizo carmelita poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Falleció asesinada en Auschwitz. Fue canonizada en 1998. )
Son muchos los testimonios que podemos encontrar sobre la Alemania nazi y la pasividad generalizada de su sociedad durante el III Reich. Tampoco hoy en día podemos estar seguros de que nuestra propia sociedad esté lo suficientemente sana como para reaccionar ante una defección de sus dirigentes en la defensa de las libertades. La situación de los ciudadanos que mantienen incólume su espíritu libre es de tremenda debilidad en esas situaciones, aunque su valentía se hace entonces imprescindible.
"Mientras en mayo de 1942 las tropas alemanas se encontraban en los campos de batalla de Rusia y del Norte de África, unos estudiantes de la Universidad de Munich asistían a clases y compartían su aversión hacia el régimen nazi. Hans Scholl, Alexander Schmorell y Sophie Scholl formaban el núcleo de este grupo de amigos. Que pasó a llamarse La Rosa Blanca. Sophie Scholl nació el 9 de mayo de 1921 en Forchtenberg am Kocher, un pueblo del que su padre, Robert Scholl, era el alcalde. El arresto de su padre por haberse referido a Hitler frente a un empleado suyo como "El Flagelo de Dios", le causó una profunda impresión.
Para la familia Scholl la palabra "lealtad" significaba obedecer los dictados del corazón."Lo que quiero para ustedes es vivir con rectitud y libertad de espíritu, sin importar lo difícil que esto resulte", le dijo el padre a su familia.
Cuando en 1942 comenzó la deportación masiva de judíos, Sophie, Hans, Alexander y Jurgen compraron una máquina de escribir y una copiadora: "nada es tan indigno de una nación como el permitir que sea gobernada sin oposición por una casta que ha cedido a los bajos instintos... La civilización occidental debe defenderse contra el fascismo y ofrecer una resistencia pasiva antes de que el último joven de la nación haya derramado su sangre en algún campo de batalla". Los miembros de La Rosa Blanca trabajaron día y noche en secreto, produciendo miles de panfletos que enviaban a intelectuales desde sitios no detectables dentro de Alemania. Sophie compraba papel y sellos de correo en sitios diferentes para que sus actividades no llamaran la atención. La Gestapo había estado buscando a los autores de los panfletos desde que apareciera el primero. Un día. Sophie y Hans llevaron una maleta llena de folletos a la Universidad, y los dejaron en los pasillos para que los estudiantes los leyesen. Jakob Schmidt, un bedel de la Universidad y miembro del Partido Nazi, vio a Sophie y a Hans con los folletos y los denunció. Fueron llevados bajo arresto a la Gestapo. El "interrogatorio" de Sophie fue tan cruel que apareció ante el tribunal con una pierna rota. El 22 de febrero de 1943 Sophie, Hans y Christoph fueron condenados a muerte en la guillotina por el Tribunal del "Pueblo", que había sido creado por el Partido Nacional Socialista para eliminar a los enemigos de Hitler.
Las últimas palabras que Hans Scholl gritó desde la guillotina fueron: "iViva la Libertad!". “Córno podemos esperar que prevalezca la justicia cuando casi no hay gente que se brinde individualmente en pos de una causa justa", dijo Sophie. "Un día tan lindo, tan soleado, y debo irme", continuó diciendo horas antes de su ejecución. "Pero, qué importa mi muerte, si a través de nosotros miles de personas se despiertan y comienzan a actuar?
El miedo es la primera forma de violencia, un atentado contra la paz. Donde reina el temor la vida se encoge. Tristemente en la España de principios del s. XXI aún tenemos el ominoso ejemplo de una buena parte de la sociedad aplastada por el miedo, especialmente en el País Vasco.
Se permiten todas las comodidades y privilegios de las sociedades occidentales del primer mundo a condición de que se renuncie a la expresión de la propia libertad política. En esas circunstancias, para ser libre hay que ser héroe, y eso reduce significativamente el número de mujeres y de hombres que se atreven a ser libres. Los ciudadanos ya no preguntan entonces "¿qué puedo hacer?", sino ¿“qué me pueden hacer?".
Una sociedad está viva -tiene automovimiento y se marca sus propios fines- cuando considera suyo el deber de intervenir, de acuerdo con las posibilidades de cada uno, en las distintas esferas de la vida pública. y cuando no es así, surge el desinterés, el absentismo electoral, el fraude fiscal, laboral y social, y sólo queda en pie la egoísta defensa de los privilegios de la sociedad opulenta.
Dice el artículo 29.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Toda persona tiene deberes respecto de la comunidad puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad". Se abre así el gran campo de las actividades culturales, asistenciales, benéficas, caritativas, deportivas, etc., cuya finalidad es el muy directamente el bien común y que son promovidas por la iniciativa de los propios ciudadanos.
Además de estas tareas enfocadas en directo al bien común, cualquier tarea o trabajo humanos, desde la sencilla limpieza del hogar hasta la dirección de una gran empresa, deben contribuir al bien común. De esta forma, estarán alineadas con el sentido de trascendencia que difunde el bien en el mundo y dignifica infinitamente a la persona.
El hombre no vive más que en sociedad. Es para él una obligación de justicia colaborar en la configuración de una sociedad más justa, aportando sus propias capacidades personales que, sin duda, habrá a su vez adquirido y desarrollado en la familia, la primera sociedad.
(Apuntes de Filosofía).
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