martes, 1 de marzo de 2011

Libro del mes (marzo 2011): La rebelión de las masas.


Como ya conocemos a Ortega, en nuestros comentarios y en nuestro estudio del tercer trimestre, vamos a detenernos a leer un fragmento de este libro de Ortega que puede ayudarnos a entender la masificación actual como peligro para la verdadera cultura.

“Esta experiencia básica modifica por completo la es­tructura tradicional, perenne, del hombre-masa. Por­que éste se sintió siempre constitutivamente referido a limitaciones materiales y a poderes superiores so­ciales. Esto era, a sus ojos, la vida. Si lograba mejo­rar su situación, si ascendía socialmente, lo atribuía a un azar de la fortuna, que le era nominativamente favorable. Y cuando no a esto, a un enorme esfuerzo que él sabía muy bien cuánto le había costado. En uno y otro caso se trataba de una excepción a la ín­dole normal de la vida y del mundo; excepción que, como tal, era debida a alguna causa especialísima.

Pero la nueva masa encuentra la plena franquía vital como estado nativo y establecido, sin causa especial ninguna. Nada de fuera la incita a reconocerse lími­tes y, por tanto, a contar en todo momento con otras instancias, sobre todo con instancias superiores. El labriego chino creía, hasta hace poco, que el bien­estar de su vida dependía de las virtudes privadas que tuviese a bien poseer el emperador. Por tanto, su vida era constantemente referida a esta instancia suprema de que dependía. Mas el hombre que analizamos se habitúa a no apelar de mismo a ninguna instancia fuera de él. Está satisfecho tal y como es. Ingenua­mente, sin necesidad de ser vano, como lo más natu­ral del mundo, tenderá a afirmar y dar por bueno cuanto en sí halla: opiniones, apetitos, preferencias o gustos. ¿Por qué no, si, según hemos visto, nada ni nadie le fuerza a caer en la cuenta de que él es un hombre de segunda clase, limitadísimo, incapaz de crear ni conservar la organización misma que da a su vida esa amplitud y contentamiento, en los cuales fun­da tal afirmación de su persona?

Nunca el hombre-masa hubiera apelado a nada fue­ra de él si la circunstancia no le hubiese forzado vio-

lentamente a ello. Como ahora la circunstancia no le obliga, el eterno hombre-masa, consecuente con su Índole, deja de apelar y se siente soberano de su vida. En cambio, el hombre selecto o excelente está cons­tituido por una Íntima necesidad de apelar de sí mis­mo a una norma más allá de él, superior a él, a cuyo servicio libremente se pone. Recuérdese que, al co­mienzo, distinguíamos al hombre excelente del hom­bre vulgar diciendo: que aquél es el que exige mucho a sí mismo, y éste, el que no exige nada, sino que se contenta con lo que es y está encantado consigo. Contra lo que suele creerse, es la criatura de selec­ción, y no la masa, quien vive en esencial servidumbre. No le sabe su vida si no la hace consistir en servicio a algo trascendente. Por eso no estima la necesidad de servir como una opresión. Cuando ésta, por azar, le falta, siente desasosiego e inventa nuevas normas más difíciles, más exigentes, que le opriman.

Esto es la vida como disciplina -la vida noble-o La nobleza se define por la exigencia, por las obligaciones, no por los derechos. Noblesse oblige. "Vivir a gusto es de plebeyo: el noble aspira a ordenación y a ley" (Goethe). Los privilegios de la nobleza no son origina­riamente concesiones o favores, sino, por el contrario, son conquistas. Y, en principio, supone su manteni­miento que el privilegiado sería capaz de reconquistar­las en todo instante, si fuese necesario y alguien se lo disputase". Los derechos privados o privi-legios no son, pues, pasiva posesión y simple goce, sino que repre­sentan el perfil adonde llega el esfuerzo de la persona. En cambio, los derechos comunes, como son los "del hombre y del ciudadano", son propiedad pasiva, puro usufructo, don generoso del destino con que todo hombre se encuentra y que no responde a esfuerzo alguno, como no sea el respirar y el evitar la demencia”.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Libro del mes (Febrero 2011): Eugenesia y Eutanasia.

El autor del libro es Guillermo Buhigas Arizcun (Madrid,1961). Es profesional del mundo audiovisual desde hace veinticinco años. Además, es un incansable investigador tanto de la historia como de la actualidad y no se detiene ante nada a la hora de denunciar, descubrir y combatir las mentiras históricas impuestas por lo políticamente correcto, pero siempre con pruebas textuales y datos reales. En este libro, el autor quiere desentrañar la conjura contra la vida que se da en la actualidad. Ha publicado también, con gran éxito, “Los Protocolos. Memoria Histórica”.

“Por eso, la hipótesis de Darwin, incluso en el caso de ser aceptada de forma recalcitrante en lo referente a esta cuestión, sólo sería váli­da en esas circunstancias atípicas o extremas. Pero la historia natural transcurre casi siempre, salvo por la acción volitiva del hombre, de una forma evolutiva monótona y siguiendo pautas casi idénticas.

Por eso, para salvar ese escollo conceptual ínsito a su hipótesis, Darwin se vio obligado a introducir todo tipo de analogías sacadas de la acción volitiva del hombre, que es la única capaz de modificar os­tensiblemente las monótonas pautas de la naturaleza, pero -para fun­damentar su hipótesis transformista- no presentó ni una sola prueba correspondiente al devenir de la naturaleza por sí misma al margen de la acción del hombre.

Según Darwin, si a la actuación de los criadores de animales domés­ticos, cuando eligen determinadas variedades con preferencia a otras para aparearlas, se la denomina selección, cabe denominar selección natural a la combinación de causas naturales que permiten la extensión de determinadas variedades en los animales silvestres o plantas, en de­trimento de otras de su misma especie.

Así, por ejemplo, un criador, al cabo de varias generaciones, puede crear una nueva raza de ganado vacuno con los cuernos cortos o sin ellos, por la mera elección sistemática para el apareamiento de varie­dades que tengan los cuernos más cortos. Mediante una analogía cha­pucera y sofística, Darwin elucubra que la naturaleza, con la alteración de las condiciones de vida, de las características geográficas de un país o su clima, podría conseguir que plantas y animales asociados a ese entorno varíen, al cabo de ciertas generaciones, de forma similar a la conseguida por el criador con su ganado y, con ello, seleccionar deter­minadas variedades mejor adaptadas para el nuevo estado de cosas.

Es decir, para explicar el mecanismo de la naturaleza tal y como él lo inventaba, Darwin lo ejemplificaba con determinadas actuaciones volitivas del hombre: el único elemento de la naturaleza capaz de matarla relativamente y de modificar algunos de sus mecanismos, al margen del resto de los mecanismos naturales. Se trata de una paradoja delirante: determinar la causa por su efecto más excepcional y menos vinculado directamente a la misma, en vez de vincular la mayoría de sus efectos a su causa necesaria. Es como si alguien ve que un huevo se fríe en una piedra puesta al sol y luego pretende convencer de que sólo o, al menos, la mejor y ma­yor parte de los huevos fritos se hacen poniéndolos en una piedra bajo el sol. Aún más, es como si se pretende imponer la tesis de que sólo en piedra bajo el sol se puede hacer un huevo frito.

Es como si, por el hecho de que se producen muertes en accidentes de carretera, se pretende convencer de que sólo o, al menos, la mayoría las muertes naturales se producen por accidentes en carretera. Aún más , es como si se pretende imponer la tesis de que sólo en accidentes de carretera se producen muertes naturales. Es la quintaesencia de la irracionalidad.


Darwin se mostraba convencido de su tesis exterminadora que, aplicada al ser humano, sería genocida, tal y como lo ha sido en los regímenes políticos inspirados en el darwinismo.

Don Charles postulaba que la multiplicación de pequeñas modificaciones en el transcurso de miles de generaciones y la manifestación operativa de la nueva peculiaridad recibida a partir de la herencia, propiciarían la existencia de una divergencia cada vez mayor respecto a la norma original. La consecuencia de esto sería que se manifestarían finalmente nuevas especies o, en un mayor lapso de tiempo, hasta nuevos géneros naturales”.

viernes, 7 de enero de 2011

Libro del mes (enero 2011): Plaza del Castillo.


El autor de este libro es Rafael García Serrano y nos narra en esta novela la vida de Pamplona, días antes del inicio de la guerra civil, con un afán y un espíritu de concordia entre los españoles, aunque estuvieran en distintos bandos políticos.
Veamos algún fragmento del libro:
-“Vamos; si tenemos tiempo pararemos a la vuelta. Ochoa dijo:
- Pero ahora no se puede morir, no se puede morir; mañana será otra cosa, mañana podremos morir cualquie­ra. Hoy, no.
En algunos sitios tenían que detenerse bastante. Salían a la luz los depósitos de armas. Saltaban las tarimas de an­tiguas salas, se abría la tierra de los huertos y hasta los fie­les difuntos alargaban los fusiles enterrados en los cemen­terios. También habían conspirado los muertos, también ellos guardaban el secreto en su silencioso descanso, tam­bién ellos habían dicho: «Aquí estamos nosotros», por­que sabían que en aquel juego les iba la paz del alma, la oración, el funeral, aquel crucifijo que tuvieron en las ma­nos, la fe de sus descendientes, la vida de la tierra que ellos nutrían con sus despojos. Joaquín repartió armas en una viña. «La cosecha del año», comentaba un rapaz. Y un hombre le dijo: «Chico, con esto en la mano da gusto morir sin manchar las sábanas».
Pensaba Joaquín en lo hermoso que sería dar a aquel pueblo la paz, el pan y la justicia, puesto que tan genero­so se mostraba a la hora de defender la patria que nadie les había hecho grata, ni tolerable ni igual para todos. Aquel pueblo que encontraba una razón de unidad entre abru­madoras y exasperantes diferencias. Recordó la puerca conversación que sostuvo con un aristócrata de casta re­limpia -salvo las intromisiones normales- cuando fue a pedirle trabajo y tierra, tierra pagada, para unos cuantos de aquellos que ahora se disputaban las armas. Fue en Ma­drid. El noble terrateniente se rascó la cabeza. Ni siquiera conocía la existencia de aquella finca. Joaquín creyó que su misión iba a tener éxito, porque aquel tipo estaba asus­tado de la marcha que llevaban los negocios españoles, pero al escuchar la respuesta del descendiente de un capi­tán pobre, bravo, y espléndido, se quedó frío. «Es impo­sible este pueblo nuestro. Se muere de hambre y se harta de fornicar. Luego vienen los hijos y tengo que pagar yo. Mire usted, joven, no le pago el gusto a nadie, al menos mientras pueda elegir.» Rió su gracia. Joaquín dio un portazo que casi desabrocha el chaleco al mayordomo. Ahora lo contaba, en el coche, camino de la movilización.-Bueno -comentó Olaz-, supongo que levantarán la veda para guarros de este calibre. Joaquín no dijo nada, a sabiendas de que callando mentía, porque estaba seguro de que aquel hombre géli­do, siempre a salvo, apostaba fuerte por ellos mismos, por los cinco de aquel coche, por aquella solitaria patrulla que iba gritando: «¡Eh, las provincias, en pie!». Por todos los que en aquella misma hora llamaban a las puertas de las casas, entraban en los pueblos españoles para decretar una movilización subterránea que el sol tornaría libre y ra­diante. «Al menos -pensaba Joaquín- que no pueda elegir, que elijamos nosotros.»

A las dos de la mañana murió Vallejo. Estaban con él sus camaradas. En torno a su agonía España se echaba al monte, como en las grandes ocasiones. Vallejo confesó la tarde anterior. Había pedido perdón por sus pecados, por aquel pistoletazo que abatió a un hombre. Él no quiso matar nunca, y cuando le tocó en suerte lo hizo sin ira, sin odio, sin rencor alguno, con el alma limpia y en paz.
Quería vivir con los suyos, con su familia, con los hombres de su estirpe, quería compartir las duras y las maduras con todos los que habitaban el destartalado solar de España. Buscaba la verdades elementales y claras, el amor, la espe­ranza, la justicia, la alegría, el pan nuestro de cada jorna­da, compartir la patria como en sacramento, y las circuns­tancias le habían acosado hasta hacerle matar. Matar era sencillo, peligrosamente sencillo. Y por eso pedía perdón, porque matar era muy sencillo. Un poco antes de morir abrió unos ojos opacos, ya fijos en algo lejano e impalpa­ble, en una región sin sustento físico; pero él todavía esta­ba en la tierra. Dios sabe a quién daba la última explica­ción. Dijo: «Aprobaré en septiembre».
Volaban hacia Pamplona. El silencio era abrumador.
Ochoa intentó romperlo.
-Vaya un jabato que era. No se ha dejado morir hasta que su muerte no comprometiese nada.
Nadie contestó. Echó un nombre por delante, acotán­dolo.
- De ése me encargaré yo.
-Tú no. Tú le odias. No podemos odiar a nuestros enemigos. Mañana hemos de vivir con ellos.
Entonces Joaquín pensó que aquella noche era una no­che alegre y que quizá no hubiese tiempo para lamentar las bajas. Hizo un esfuerzo y aconsejó:
-Me parece que nos conviene cantar algo y hasta que llegaron a Pamplona fueron cantando, sin solemnidad ninguna, aquellas letrillas ingenuas y bárbaras que especificaban la cantidad de vagones necesarios para el transporte de su jefe encarcelado”.

lunes, 6 de diciembre de 2010

1º Comentario de Filosofía y Ética: Dimensión trascendente del hombre.



Cuando se pierde la trascendencia se produce una fuga hacia la uto­pía. Tengo el convencimiento de que anular la trascendencia es para el hombre una amputación de la que propiamente se originan todos sus males restantes. Privado de su auténtica grandeza, no tiene otra salida que entregarse a esperanzas aparentes; ello con la agravante de reforzarse así un angostamiento de la razón que impide ya aprehender como racionales las cosas verdaderamente humanas. Marx nos ha enseñado que hace falta extirpar la trascendencia para que el hombre pueda al fin, curado ya de falsas consolaciones, edifi­car un mundo perfecto. Pero sabemos hoy que el hombre necesita la trascendencia para poder construir su mundo, siempre imperfec­to, de un modo que permita vivir en él con dignidad humana.

Si hasta ahora hemos considerado de un modo superficial, incluso en el aspecto político, una época de socialismo o fascismo, se impone contemplar su realidad como épocas de ideologías idolátricas, ficticias religiones que difunden esperanzas puramente seculares de salvación. Goethe supo describir esto de un modo clarividente en sus “Épocas del Espíritu”:

“Cuando esa mentalidad se haya expandido, enseguida vendrá una últi­ma época que vamos a llamar prosaica: porque no sabrá siquiera hu­manizar lo sustancial de las pretéritas asimilando de ellas el claro en­tendimiento y los usos entrañables, antes bien revestirá lo más antiguo con las formas de la vulgaridad; y de esta manera destruirá completa­mente sentimientos ancestrales, creencias populares, credos sacerdota­les e incluso esa fe del intelecto que aún se siente capaz de suponer tramas maravillosas tras lo insólito. Esa época no puede durar mucho. Apremiado por la necesidad ante el cariz del mundo, el hombre da un salto hacia el pasado en busca de dirección certera; mezcla creencias primitivas, populares y sacerdotales; se aferra a tradiciones de acá y de allá; se hunde en lo misterioso, y sustituye la poesía por fábulas que convierte en artículos de fe. En lugar de enseñar con buen criterio e instruir serenamente, se siembra a capricho juntamente la cizaña con la buena semilla en todas direcciones; no hay ya un centro al que se pueda dirigir la mirada, pues cualquiera se siente autorizado a presen­tarse como jefe y maestro y ofrecer sus más perfectas necedades como una obra completa. Y es así como viene a perderse el valor de todos los misterios, y con ello a resultar profanada la fe popular. Cosas que antes se deducían unas de otras de modo natural vienen a comportarse como elementos antagónicos, y con ello aparece nuevamente el caos, pero no como aquel originario germinal y fecundo, antes bien como un caos de muerte y putrefacción del que difícilmente podrá otra vez crear el Espí­ritu divino un mundo que sea digno de ÉL”
Según lo que podemos alcanzar, no tiene paralelo en la historia la situación espiritual de nuestro tiempo. Incluso será inútil compa­rarla con las vicisitudes de otras culturas que ha descrito Spengler. La época convulsiva que, al declinar el barroco, se iniciara con la Revolución francesa y la irrupción del hombre autónomo puede sig­nificar el fin de la cultura occidental; pero el hecho es que, merced a los conocimientos alcanzados por la civilización técnica que es hija de esa cultura, el discurrir espiritual de Europa ha ganado resonan­cia universal. Hemos de preguntamos si el imperio de las ideologías y del hombre autónomo, ayudado por los medios de la civilización técni­ca, nos habrá de llevar a un existir de termitera, despojado de fe y hundido en la barbarie, o si, por el contrario, nos conduce a una etapa transitoria de retorno a la fe, a la humildad y a la moderación. La respuesta depende de la gracia, pero también del temple moral de cada uno. Carl Carstens ha invitado a distinguir con claridad las tendencias a la emancipación del concepto cristiano de la libertad, y ha pedido humildad, modestia y veracidad; humildad sobre todo en la manera de tratar las cosas creadas y la vida humana.


Importa especialmente esa humildad en el comportamiento del hombre con la vida, incluyendo la vida no nacida y atendiendo a los límites mo­rales de la biomedicina y la técnica genética. Hans Jonas ha escrito que «nuestra humanidad actual exenta de tabúes tiene necesidad de crear otros voluntariamente a fin de proteger lo que es "sagrado". Me refiero con esto a un valor último intangible. Tal es la "imagen del hombre", nuestra naturaleza genérica. Me acojo a este concepto ante la circunstancia de que el hombre se convierta en objeto de su propio poder científico y técnico y su capacidad de producir modifi­caciones. Se impone una actitud de mesura, que sólo se tendrá cuando se reavive algo así como un temor último, ése que primiti­vamente se situaba en el plano religioso efectivo y que, por la razón indicada, no debería ser barrido por una mentalidad que mira sola­mente a las cosas de este mundo»>?'.

Pero es harto dudoso que este mundo enteramente secularizado sea capaz de establecer tales tabúes y límites para sus actuaciones, una vez que ha dejado de ver en cada ser humano la imagen de Dios. Más rea­lismo parece demostrar Solzhenitsyn cuando escribe: “A esa loca ilusión de los dos siglos últimos, que nos ha conducido hacia la nada y hacia la muerte atómica y no atómica, podemos oponer únicamente la búsqueda constante de la mano que Dios tiende y que de un modo tan necio y arrogante hemos venido rechazando. Un torbellino azota a nuestros cinco continentes; pero el alma del hombre muestra sus más excelentes facultades precisamente en tribulaciones como esas. Si hubiésemos de hundimos y perder el mundo, nuestra sería solamente la culpa”.
Motivos de esperanza nos da el hecho de que precisamente las cien­cias de la naturaleza parezcan estar dejando atrás la época marcada por un materialismo tosco y por la fe en que todos los enigmas del universo podrían explicarse. Recordemos lo que el papa Pío XII dijera ya en el año 1951 a los participantes de un congreso que la Academia Pontificia de las Ciencias había convocado para tratar el tema de las pruebas de la existencia de Dios a la luz de las modernas ciencias: «Frente a lo que de un modo liviano se afirmara con ante­rioridad, la ciencia verdadera hace el descubrimiento de Dios, y tan­to más lo hace cuanto más adelantan sus progresos: como si Dios se hallara esperando detrás de cada puerta que la ciencia abre. Pascual Jordan llega a la conclusión de que cuantas barreras y obstáculos puso la vieja ciencia en los senderos de la religión han desaparecido ya. Max Planck piensa que los copiosos éxitos de la investigación científica refuerzan en nosotros la esperanza de ir profundizando sin cesar en el vislumbrar de la obra de una razón omnipotente que rige por encima de la naturaleza. Y Hermann Staudinger viene a reconocer que no es posible explicar de una manera exhaustiva la vida por medio de la ciencia: la vida es un prodigio.

(Contra Torrentem. Hans Graf Huyn).

jueves, 2 de diciembre de 2010

Libro del mes(diciembre 2010): Seréis como dioses.


El autor del libro es Hans Graf Huyn, diplomático y político, realizó estudios de Derecho, Ciencias Políticas, Filosofía e Historia. Como miembro del Servicio exterior alemán participó en 1956 en las negociaciones del tratado de la Comunidad Económica Europea. Ha prestado servicios en las embajadas alemanas de Túnez, Dublín, Tokio y Manila. Sus numerosas publicaciones y colaboraciones periodísticas giran fundamentalmente en torno a la historia y las relaciones internacionales. En este libro resalta las consecuencias negativas que para el hombre de nuestro tiempo ha tenido su pretensión de total autonomía. Para el autor del libro, la crisis de Occidente viene a revelarse como la propia del hombre autónomo. Es un libro imprescindible sobre el que cimentar el futuro de Occidente.
Veamos un fragmento:

“Desde Rusia, la voz de Dostoyevski señalaba los límites con que ha de tropezar la rebelión del hombre autónomo contra Dios. Cuando los hombres -dice- hayan llegado incluso «a derrumbar los tem­plos y cubrir con un baño de sangre la tierra», caerán en la cuenta finalmente de que son «unos rebeldes deleznables, incapaces de aguantar su propia rebeldía-". Hombre cristiano en su indagar sobre Dios, Dostoyevski se muestra convencido de que «la naturaleza del hombre no soporta la blasfemia contra Dios y acaba siempre infli­giéndose un castigo por ella»
Por aquellos mismos años, Friedrich Nietzsche -también bus­cador de Dios, si bien atormentado por su lucha interior entre la fe y el descreimiento- anunciaba una «muerte de Dios» determinada por la “hybris”, la soberbia de los hombres. “Hybris” y nada más es hoy nuestra postura ante la naturaleza, nuestra dominación de ésta con ayuda de las máquinas y de cuantos hallazgos proporciona una in­ventiva técnica e ingenieril desenfrenada. Hybris es nuestra postura respecto a Dios, esto es, frente a cualquier supuesta araña de finali­dad y de moral que pudiese alentar tras la textura de la red comple­jísima de la causalidad'". Lobreguez y tinieblas en la vida humana vislumbraba Nietzsche como la consecuencia del negar a Dios: «Ese magno acontecimiento de los últimos tiempos, esa idea de que "Dios ha muerto", de que la fe en el Dios de los cristianos ha perdi­do toda credibilidad, comienza ya a proyectar su sombra sobre Eu­ropa. Pocos son, pero algunos hay al menos que, mirando el espec­táculo con ojos preñadas de profundo recelo, ven un sol precipitarse en el ocaso, una antigua y arraigada confianza convertirse en duda. Para ellos, este antiguo mundo nuestro se vuelve cada día más hos­co, más sombrío, más extraño, más "viejo".
Pero hay algo más grave. Tal es la magnitud del hecho, y tanto escapa el mismo a la facultad de comprensión de la gran mayoría, que ni siquiera la noticia de su existencia ha logrado aún prender en ellos. Mucho menos abundan quienes puedan hoy saber exactamente lo que ha sucedido y, más aún, todo lo que mañana habrá de hundirse, arrastrado a sepultarse con la fe que le servía de cimiento, de refuerzo y de sustancia nutri­tiva: por ejemplo, toda nuestra moral europea. De la espesa sucesión de ruinas, destrucciones, hundimientos y subversiones que anuncia su llegada, ¿quién podría entrever hoy lo suficiente para ser el maestro y oráculo que explique la lógica brutal de tanto horror?

lunes, 1 de noviembre de 2010

11º Comentario de Filosofía: El cientifismo.



El Gran Diseño llega a España el 15 de Noviembre publicado por Crítica y jaleado por un intenso debate mediático. Los gurús de la editorial Bantam Dell tuvieron el acierto de publicitar la obra, distribuida en inglés a principios de septiembre, no por lo que tiene de ciencia (está escrito en colaboración con otro físico, el norteamericano Leonard Mlodinow), sino por lo que tiene de filosofía. Y la estrategia funcionó.

“Dios no creó el universo” machacó la CNN resumiendo la tesis de Sthephen Hawking. Y ya fue imposible no seguir la punta de ese capote. Casi nadie había leído el libro, casi nadie era capaz de interpretarlo……, pero ya teníamos de nuevo el mundo dividido, de conveniente manera, en sabios (ateos, agnósticos, o escépticos) y creyentes (pobres diablos), éstos últimos buscando perdón para sus convicciones religiosas alegando que sin ellas nada tiene explicación. Argumento perdedor, cuando precisamente el debate se centra en si tal explicación puede existir.
Y sin embargo, son los cientifistas los equivocados. “Sencillamente sus filosofías no han estado a la altura de su ciencia”, explica Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular, para quien el científico puede hablar de “la verdad final de lo que conoce por la ciencia positiva”, pero “a condición de que acepte que hay otra forma de conocer rigurosa y segura cuyo cultivo le exige, al menos, el mismo rigor que le exige la investigación científica”

Porque el error de los cientifistas no está en lo que saben sobre su disciplina, sino en creer que, cuando salen de ella, su autoridad permanece. Sus respuestas (entre otras, a la cuestión de Dios) “dependen en gran medida, no tanto de los datos conocidos por las ciencias, sino de la filosofía que sirve de matriz intelectual para la interpretación de esos datos”, afirma Moratalla.

No entremos, pues, al trapo: no siempre que se habla de Dios es la fe lo que está en juego. Nos hemos olvidado de que la teología natural o teodicea es una parte de la metafísica, y de que existe un conocimiento puramente racional de Dios que no precisa de la Revelación ni para concluir su existencia ni para descubrirle como Creador.
Es tan sencillo como explicarle a los Stephen Hawking o a los Richard Dawkins de turno que, cuando hablan de Dios, su adversario no son piadosos pero irracionales sentimientos religiosos, sino las poderosas y aristotélicas “cinco vías” de Santo Tomás de Aquino, cuya Summa Theológica tiene tanto de “lógica” como de “teo”. “Los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19,1), anuncia el salmista. Pero no hace sino colorear con poesía lo que la inteligencia, severa y fría, deduce del estudio del ser en cuanto tal.
O, como lo expresa Juan Luis Lorda, “llegar a la idea de un Dios creador está más allá de los datos científicos. Es una deducción posible al contemplar el conjunto de la realidad. Para nosotros, los cristianos, esa deducción viene reforzada por nuestra fe”.
Reforzada y punto.


Y Lorda, quien a su condición de sacerdote y profesor de Teología une la de ingeniero, señala algo más: “Nunca hemos tenido una idea tan unitaria de la realidad. Las gentes de otras épocas vivían en un mundo lleno de misterios distintos. Había muchas explicaciones parciales y muchos misterios desconocidos. Hoy, no lo sabemos todo, desde luego, pero sabemos que todo está relacionado: todas las estructuras de la materia y todos los organismos vivos. Todo se ha hecho a partir de un punto original y todo está hecho de lo mismo”, con un orden interno que apela a la inteligencia.
En esto último incidió Benedicto XVI en su encuentro de Abril de 2006 con los jóvenes de Roma y del lacio, al recordar la naturaleza matemática (es decir, racional) de la realidad: “Me parece casi increíble que coincidan una invención del intelecto humano y la estructura del universo: la matemática inventada por nosotros nos da realmente acceso a la naturaleza del universo y nos permite utilizarlo. Por tanto, coinciden la estructura intelectual del sujeto humano y la estructura objetiva de la realidad: la razón subjetiva y la razón objetivada en la Naturaleza son idénticas”.
Podrá discutirse si el instrumento matemático lo abstraemos de la Naturaleza o si es una creación nuestra que, sorprendentemente, sirve después para encajar en él los datos experimentales……………..

O como apuntaba Paul Dirac (1902/1984) Premio Nobel de Física en 1933, “hay que emplear todos los recursos de las matemáticas puras para generalizar y perfeccionar el formalismo matemático que forma la base actual de la física teórica, y después de cada éxito en esta dirección, intentar interpretar la nueva matemática en términos de entidades físicas”. La interrelación es casi absoluta. Todo un misterio.

Pero ¿tiene todo esto algún significado, aparte del profundo valor indiciario que señala el Papa?

-Es el momento de acudir a la biografía de Pirre Duhen (1861/ 1916) físico célebre y notable en su tiempo, ferviente católico y plumista correoso contra el positivismo y el laicismo. Además, sus diez tomos de investigaciones y hallazgos documentales reivindicaron los avances científicos en la Edad Media, contribuyendo a derruir el mito de su oscurantismo. Para sofoco de Dan Brawn, desveló las fuentes medievales en las que bebió Leonardo da Vinci.

Duhen fue capaz de defender una primera tesis doctoral sobre termodinámica ante tres genios (Gabriel Lippmann, Charles Hermite, Émile Picard) verla rechazada por espurios celos académicos y, como el “hombre” del poema de Kipling levantarse para defender con éxito una segunda tesis doctoral sobre magnetismo ante tres nombres no menos apabullantes (Edmond Bouty, Gaston Darboux, Henri Poincaré), iniciando una carrera brillante no sólo como científico, sino como filósofo de la ciencia.
“Siempre que se cite un principio de física teórica para apoyar una doctrina metafísica o un dogma religioso, se estará cometiendo un error”, sentencia Duhen en un texto capital, “La teoría física”.

Es el error que comete Hawking. Pero también, aunque con inmejorable intención, el de quienes buscan en la ciencia un apoyo que la filosofía o la fe no necesitan, salvo como auxiliares de sus motivos de credibilidad. López Moratalla lo llama: “introducir el misterio por la puerta de atrás” ¿Un caso? El de quienes presentan “la incapacidad, más o menos aparente, de la ciencia positiva de explicar de dónde proviene el sentido del yo de los humanos como una prueba científica de la existencia del alma inmortal.

¿Por qué? Porque como sostiene Duhen, “las doctrinas metafísicas y religiosas son juicios que se refieren a la realidad objetiva, mientras que los principios de la teoría física son proposiciones relativas a ciertos signos matemáticos que carecen de existencia objetiva”. La teoría física “es una forma matemática que sirve para resumir y clasificar las leyes constatadas por la experiencia. Ese principio no es ni verdadero ni falso por sí mismo, sino que simplemente da una imagen más o menos satisfactoria de las leyes que pretenden representar”.

No hay que tener complejos, pues, cuando los científicos se meten a filósofos, pero tampoco convertir la ciencia en oráculo de lo sagrado. Como resumió Duhen “la iglesia católica ha contribuido mucho, en muchas circunstancias, y sigue contribuyendo todavía con gran fuerza a mantener la razón humana en el buen camino, incluso cuando esta razón se esfuerza en el descubrimiento de verdades de orden natural”.

Libro del mes (noviembre 2010): Tauroética


Traemos, este mes, a nuestro blog el libro recientemente publicado por el filósofo Savater, Tauroética. En lugar de redactar sólo un fragmento del mismo libro, lo hacemos acompañado de una crítica de José Javier Esparza.




De toros, ministras y filósofos.


Sobre la polémica actual acerca de los toros, nadie ignora su verdadero fondo: es una ofensiva del separatismo catalán contra todo cuanto huela a español. En ese plano, el asunto tiene poco más recorrido. Ahora bien, la polémica subsiguiente ha abierto un campo de reflexión muy interesante, a saber: ¿tienen derechos los animales? ¿Cuáles y por qué? ¿Y pueden los derechos de los animales equipararse a los derechos de los humanos?
En esa estela, Fernando Savater acaba de publicar un librito muy interesante: “Tauroética”, que aporta enfoques sugestivos.
Es interesante repasar los argumentos de los antitaurinos en las jornadas prohibicionistas del parlamento catalán. Jorge Wagensberg, por ejemplo, es un sabio al que los lectores habituales de los “metatemas” de Tusquets debemos muy buenos ratos, pero su discurso ante el Parlament fue de una simpleza y un ternurismo más propio de modistillas. Otro tanto puede decirse de Jesús Mosterín, filósofo de la ciencia que en este trance prefirió razonar como un contertulio de “Sálvame”. Ambos piensan que hay que extender a los animales los derechos que adornan a los humanos. Mosterín, concretamente, es un destacado promotor del Proyecto Gran Simio. Curiosamente, ambos son partidarios del aborto libre; es decir, que niegan a los humanos el derecho que otorgan a los animales. En esto es particularmente primario el amigo Mosterín: “Los derechos no existen, se crean” afirma el sabio. Y, naturalmente, los crea él.
Lo que hay en el fondo es un viejísimo problema: cómo pensar nuestra relación con la materia. Desde Descartes , la relación la pensamos con dos términos “res cogitans”, que son las cosas del intelecto, y “res extensa”, que son las cosas de la materia. Las cosas del intelecto son superiores a las de la materia y, por tanto, deben dominarlas. Esas cosas del intelecto tienen, por supuesto, un aliento divino. Descartes era un católico irreprochable y su sistema es una aplicación estricta de la literatura bíblica, que prescribe a los hombres la misión de dominar la Tierra. El problema es que basta con quitar a Dios de ese paisaje para que el resultado sea un materialismo desbocado. Por eso Marx decía que Descartes fue el primer materialista.
Después, al compás de la industrialización y la consiguiente crisis ecológica, se hizo urgente replantear el problema: necesitamos una nueva forma de pensar nuestra relación con la naturaleza y ahí surgieron perspectivas generalmente bienintencionadas, pero que en realidad seguían atadas al viejo materialismo, porque lo que hacen es extender a la naturaleza los prejuicios humanos.





Incapaces de ver la materia como algo autónomo, de puro dominada que está, los hombres empezamos a verla como prolongación de nuestra propia humanidad. Y, por eso, en vez de seguir dándole martillazos, nos permitimos darle derechos. Eso no deja de ser una ilusión porque, a fin de cuentas, la materia no cambia de cualidad- y nosotros tampoco.
La argumentación animalista es, en rigor, puro antropocentrismo; es decir, una visión de la realidad deformada por el hombre que proyecta su ego sobre todo cuanto existe. Así, terminamos atribuyendo a la naturaleza, por ejemplo al toro, cualidades humanas. Es la actitud propia de un hombre que ya no tiene que luchar contra la naturaleza. Desde que el hombre se hizo hombre, ha tenido que enfrentarse a la naturaleza para sobrevivir: matar animales para comer y vestirse, dominar el fuego para vencer al frío, talar árboles para construir refugios, horadar montañas, cambiar el curso de los ríos.

Lo más hermoso de esta guerra sin cuartel es que, en su transcurso, nació una forma propiamente religiosa de entender la naturaleza, y esto no es solo cosa de los tiempos paganos: los más veteranos hemos alcanzado a ver nuestros campesinos trazando una cruz en un árbol antes de talarlo o llevando el ganado a la iglesia el día de San Antón. Naturalmente, eso no impedía coger el cochino el día de San Martín y degollarlo vivo ante la mirada de todo el pueblo. Aún hay un par de generaciones que guardan- guardamos- en nuestros oídos el horrísino chillido del cerdo cuando el matarife le corta el cuello. La relación del hombre con la naturaleza está-estaba- hecha de esa mezcla de amor y guerra. Pero, como dice Savater, para el hombre actual- el occidente moderno y urbano- nada de todo esto tiene ya sentido. Ese hombre ha nacido con calefacción y aire acondicionado. Tampoco tiene que matar animales para comer: los encuentra ya despiezados en el “súper” donde los recolecta como Adán y Eva debían de recoger los frutos del Paraíso. La naturaleza ya no es algo contra lo que debemos luchar: la damos por vencida. Cuando un río se desborda no pensamos en la naturaleza como rival, sino que echamos la culpa al que diseñó la presa. En un animal no vemos a un competidor de nicho ecológico, sino a un ser cuyo destino natural es el ámbito doméstico o el zoológico. El proteccionismo es el lujo moral que se permite el vencedor. Pero, ojo, todo esto no es más que una ilusión del espíritu: la cualidad del hombre no ha cambiado, y tampoco la de la naturaleza. Y ahí es donde mete la “cuchara” Savater en Tauroética. Savater se hace la pregunta fundamental ¿Son los animales tan humanos como los humanos animales?
-La respuesta es no. El animalismo pretende atribuir a los animales derechos que no pueden tener.
¿Por qué no pueden?
-Por la conciencia: el titular de un derecho debe ser consciente de ello, pero los animales no pueden ser conscientes. Esto tiene su importancia cuando pensamos en el equilibrio entre derechos y deberes. Al animal no podemos exigirle otro deber que el del instinto.

Tengo que reconocer que he experimentado hacia Savater sentimientos más bien ásperos, pero lo cabal es reconocer la razón allá donde se despliega y, en ese sentido, estas páginas de Tauroética son impecables.







Dice Savater:
“La diferencia de los humanos con los animales es la forma en que vivimos. Nosotros renunciamos a nuestra animalidad en nuestra conducta; ellos no, y por eso nosotros podemos tener derechos y ellos no”.

¿Por qué, entonces, hay tanta gente dispuesta a conceder derechos a los animales?
-Savater subraya el efecto perverso de la domesticación: los animales “han pasado de ser bestias a pobres animalitos, el hombre ya es vencedor de antemano ante ellos, por eso no se comprende la batalla del hombre contra el toro.

¿Es esto un progreso?
-Savater cree que no, al revés: atribuir ese nuevo estatuto a los animales es tanto como degradar nuestra condición humana. En cuanto a los toros, dice algo sugestivo “lo que pasa en la plaza no es bárbaro; lo bárbaro es confundir la sangre del toro con la sangre del hombre.


Conclusión: está muy bien proteger a la naturaleza, toros incluidos, pero no perdamos de vista que hacemos eso porque somos humanos. Conceder a los animales el estatuto de los humanos es tanto como permitir a los humanos que se comporten como animales.